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28º T.O.: El Culmen de la Vida Cristiana

La montaña donde subimos, y donde Dios desciende para encontrarnos.

Hoy la liturgia nos propone un encuentro de amor, entre la divinidad y la humanidad. Con la imagen de la montaña santa de Dios.


a) Isaías, capitulo dos,

La montaña de Dios será elevada por encima de todas las montañas y colinas, y todas las tribus del Señor subirán.

Y en esa montaña sagrada, dice: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas”. Y no habrá más guerra en esa montaña.


b) capítulo once de Isaías.

En la montaña santa de Dios el león y el cordero pacerán juntos.

La vaca y la osa pastarán juntas.

El niño va a jugar al lado de la madriguera de la culebra, al lado de la víbora peligrosa, mortal.

“No harán daño ni estrago por todo mi monte santo, porque, así como las aguas colman el mar, así está lleno el país de la ciencia del Señor”.


Así estas parejas de opuestos del reino animal se juntan en armonía en la montaña santa de Dios.


c) nuestra lectura de hoy tomada del capítulo 25 de Isaías hace otra referencia a la montaña santa de Dios.

Escuchad: “el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos; un banquete con vinos exquisitos y manjares sustanciosos”.


tres referencias a la montaña sagrada.

la montaña en cuestión es el Monte Sion, que Isaías conocía, es la montaña de la ciudad de Jerusalén en cuya cima está el templo, el lugar de la alabanza correcta.

En esa montaña santa la humanidad asciende, la divinidad desciende, y en ese gran acto de alabanza correcta, la divinidad y la humanidad se conectan juntas.


Se está refiriendo también, no sólo a esa montaña particular de Palestina, sino también al místico Monte Sion —podría decirse el cumplimiento celestial de la alabanza correcta.

En el Monte Sion, aunque el templo está allí y la alabanza correcta está sucediendo, todavía es imperfecta.


No se consigue toda esta reconciliación y toda esta no violencia y paz .

Así que Isaías se está refiriendo a Sion, pero también está anhelando lo que simboliza el Monte Sion, es la montaña sagrada definitiva de nuestra unión celestial con Dios.


Entonces, ¿cómo son las cosas en la montaña mística?

¿Cómo luce el mundo cuando se le da todo el crédito a Dios?

El conflicto se desvanece.

¿Ves por qué?

Cuando estamos todos juntos apartando la mirada de nosotros mismos, de nuestros propios intereses, y estamos mirando juntos a Dios, qué más surge entre nosotros sino paz?

¿De dónde viene el conflicto?

Bueno, yo tengo mi interés, tú tienes tu interés, y por supuesto van a chocar en este mundo finito.

Pero cuando todos juntos nos enamoramos del bien trascendente de Dios, entonces surge la paz y podemos forjar arados de las espadas y podaderas de las lanzas, las armas de guerra convirtiéndose en medios para el cultivo, para el fin del conflicto.


Enemigos y oponentes tradicionales, simbolizados por estas clases de animales en disputa —el león y el cordero, la osa y la vaca, y demás—, se reunirán juntos en paz.


Cuando se da gloria a Dios en las alturas, y no para el interés propio de mi grupo, y tu grupo, defendiendo mi clase en contra de la tuya. Si juntos acudimos a Dios? El león y el cordero pacen juntos.

Ese es el místico Monte Sion.


En nuestra lectura de hoy:

En la montaña santa, mística, el lugar definitivo de la alabanza correcta, toda la humanidad será alimentada.


Así que utilizando todo este imaginario inspirado en la mesa —vinos exquisitos y manjares sustanciosos y todo eso— de lo que está hablando Isaías, finalmente, es del alimento del alma.


Agustín vio esto muy claramente: el hambre del corazón humano.

Todos la sentimos.

Tenemos hambre de Dios.

Nada en este mundo satisfará el más profundo anhelo del corazón.

Sólo, sólo la alabanza total y correcta a Dios me alimenta adecuadamente.

Ese es el vino exquisito y el manjar sustancioso.


Pero Isaías nos lleva aún más lejos, mientras acompañamos nuestra lectura de hoy. Escucha:


en esa montaña mística “el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño que oscurece a todas las naciones” será destruido.

¿De qué está hablando?

Esta es la pista: “Destruirá la muerte para siempre”.

¿Qué es el velo que cubre a todos los pueblos?

¿El que produce el ensimismamiento que nos lleva a la violencia?


El velo que cubre a todos los pueblos es el temor a la muerte.

Qué hermoso ahora que en este lugar celestial —el elevado místico Monte Sion, el lugar de la alabanza correcta— el miedo a la muerte será eliminado.


Y esa es la condición para la posibilidad del surgimiento de la más profunda paz.

En ese lugar celestial, somos inmortalizados.

Somos elevados a la participación en la forma de ser de Dios.


Hemos mirado al Monte Sion, Jerusalén, la Jerusalén que Isaías conoció:

el lugar donde, en efecto, cada año en la Pascua judía las tribus subirían;

el lugar donde intentarían dar a Dios la mejor alabanza que pudieran.

Miramos a esa anticipación histórica, y luego miramos radicalmente adelante a su cumplimiento en el Monte Sion celestial.


La montaña de la que estoy hablando ahora es la Misa.

Es la Misa.

Tomad todo ese imaginario de Isaías aquí, y aplícadlo a lo que hacemos nosotros los Católicos —al menos una vez por semana por obligación, todos los días por invitación.


En cada Misa, subimos a la montaña santa.

Salimos del mundo del trabajo diario, y conscientemente elevamos nuestras mentes y nuestros corazones hacia Dios.

Y en la Misa, Dios viene a encontrarse con nosotros.

Viene a reunirnos, a pronunciar su palabra y a alimentarnos.


Qué hermoso que mientras comienza la Misa, cantamos juntos.

No es sólo para decoración, no es sólo música para el recorrido del sacerdote que llega al altar.

El canto de la comunidad reunida, la elevación armoniosa de sus voces en una plegaria común, es el signo de que el león y el cordero están paciendo juntos.


Es el signo de que, al menos por ese momento, hemos forjado arados con las espadas y podaderas con las lanzas.

En nuestra plegaria común a Dios, encontramos esta hermosa comunidad.

Normalmente gente y grupos antagónicos, por así decirlo, pacen juntos, mientras rezan. Y entonces, qué hermoso: Isaías nos dice que en el místico Sion, seremos alimentados con la mejor comida.


¿Qué pasa en cada Misa, sino que Jesús mismo nos regala su Cuerpo y su Sangre?

El vino exquisito y el manjar sustancioso

Esos son símbolos del alimento que comemos en cada Misa, que es el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús.

No somos nunca mejor alimentados que en la Misa —por eso es trágico, que el 70% de los Católicos permanezca alejado de lo que el Vaticano II correctamente llamó “la fuente y culmen de la vida Cristiana”.


¿Quieren encontrar paz en sus corazones?

¿Quieren encontrar paz en el medio de sus congéneres seres humanos?

¿Quieren ser alimentados con la comida más exquisita? Allí es adonde van.

Allí es donde la encuentran.

Todo el antiguo Israel subía al Monte Sion para la alabanza correcta de Dios.


Mientras comemos y bebemos el Cuerpo y Sangre de Cristo, ¿qué nos sucede, de paso? Somos inmortalizados.

La Eucaristía es alimento para la jornada, eso es verdad, pero es también una clase de preparación para nuestras mentes, nuestros corazones, y sí, nuestros cuerpos para vivir la vida inmortal del cielo.

La Eucaristía nos dispone. Nos prepara para vivir en ese espacio.


En otras palabras, todo lo que Isaías vio en su profética visión mística, que un día sería plenamente realizado en el cielo, está presente ahora en la Misa.


Feliz día de Santa Teresa de Jesús.

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