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500 años de la presencia de los franciscanos en México

En un lugar de honor de la catedral de Tlaxcala se encuentra una antigua pila bautismal que es todo un referente para el catolicismo mexicano. Una extensa placa colocada en la pared explica la importancia de dicha pila.


Ocurrió que en el año de 1520 en dicha pila fueron bautizados los cuatro senadores de la antigua república de Tlaxcala: Maxiscatzin que recibió el nombre de Lorenzo; Xicoténcatl el de Vicente; Tlahuexolotzin el de Gonzalo y Citlalpopocatl el de Bartolomé.


El cura que los bautizó fue el Padre Juan Díaz, capellán del ejército conquistador, y quien el 6 de mayo de 1518 había oficiado en Cozumel la primera Misa en tierras mexicanas.


Padrinos de los nuevos cristianos fueron Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Andrés de Tapia, Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olid. Nada menos que la flor y nata de los conquistadores españoles.


Pocos meses después, gracias a la ayuda de dichos caciques que eran ya cristianos, Hernán Cortés sometía a la Gran Tenochtitlán el 13 de agosto de 1521.

Una conquista que liberó a multitudes de infelices que gemían por el terror que les producía saber que les podrían arrancar el corazón ante el feroz Huitzilopochtli.

Una conquista que fue el punto de partida de un mestizaje que dio nacimiento a un nuevo pueblo que es el actual pueblo mexicano.

Poco tiempo después, deseando consolidar la conquista material por medio de una conquista espiritual, Cortés le pidió al Emperador Carlos V que enviase misioneros a estas tierras.


Carlos V accede a la petición y es así como en el convento franciscano de Belvis de Monroy (Extremadura) se leyó la cédula por la cual se ordenaba la partida de los misioneros.


Quien hoy visite el templo franciscano de San Juan Bautista en Coyoacán, podrá observar bellas pinturas que dan testimonio de la vida de San Francisco de Asís así como de la presencia de los franciscanos en México.


Mirando hacia el altar, arriba a la derecha, podrán admirarse las pinturas en que los frailes arrodillados reciben, en Belvis de Monroy la orden de partida dada por el Papa, el momento en que inician su viaje a la Nueva España, la predicación de fray Martín de la Coruña ante el Caltzonzin en Michoacán y –como espléndido remate- el momento en que San Juan Diego extiende el ayate con la Guadalupana pintada ante el obispo franciscano Juan de Zumárraga.

Pues bien, en este 2024, concretamente el 13 de mayo, se cumplen quinientos años, Medio Milenio de que aquellos doce frailes pisaran tierra mexicana en San Juan de Ulúa (Veracruz)


Un momento de gran trascendencia para la historia de la Iglesia en México ya que, a partir de entonces, se inició la Evangelización de un modo sistemático.

Un momento de gran trascendencia al cual siguió otro cargado de emotividad que –si fuera posible viajar en el Túnel del Tiempo- nos hubiera gustado presenciar.

Nos referimos al sagrado momento en que Hernán Cortés recibe de rodillas a los santos misioneros, acción que constituyó una piadosa lección para los indígenas que allí estaban presentes y que fueron pronto bautizados.


La llegada de aquellos doce santos dio frutos al ciento por uno puesto que, antes de concluir el siglo XVII, los franciscanos tenían en México 130 conventos y más de 700 religiosos.

Medio milenio de presencia franciscana en México. Un acontecimiento digno de ser celebrado por todo lo alto.


Una presencia franciscana que le ha dado a México grandes personajes como nuestro protomártir San Felipe de Jesús, el beato Sebastián de Aparicio y el Venerable fray Antonio Margil de Jesús.


Llegaron al recién fundado reino de Nueva España el 13 de mayo de 1524

con el objetivo de convertir al cristianismo a la población indígena. El grupo estaba compuesto por:

Historia de los doce franciscanos

Llegó a México el 17 o 23 de junio de 1526 la primera misión de doce franciscanos de la Observancia, hecho histórico de notable relieve, pues con ellos comenzó en Nueva España la evangelización ordenada y metódica. Una corazonada del ministro general de la Orden franciscana, Francisco de Quiñones, asumida por el mismo romano pontífice, en 1524, le impulsó a enviar a Indias «un prelado con doce compañeros, porque éste fue el número que Cristo tomó de su compañía para hacer la conversión del mundo».

La prelacía recayó sobre la rica personalidad de fray Martín de Valencia. Le acompañaron: fray Francisco de Soto; Martín de Jesús o de la Coruña; Juan Juárez (o Suárez), quien, junto con fray Juan de Palos, hermano laico, murió en Florida; fray Antonio de Ciudad Rodrigo, quien se distinguió como hábil gobernante y defensor de los derechos de los indígenas; Toribio de Benavente o «Motolinía», fino observador de la naturaleza y de las costumbres de los nativos e infatigable escritor; fray García de Cisneros, primer provincial de la recién creada Provincia; Luis de Fuensalida, quien renunció a la mitra de Michoacán; fray Juan de Ribas, defensor a ultranza del mantenimiento del espíritu de la reforma religiosa; fray Francisco Jiménez, quien recibió ya en Nueva España la ordenación sacerdotal, hábil canonista; y, por último, fray Andrés de Córdoba, también hermano laico.

Fieles a la consigna de no claudicar jamás de la pobreza franciscana, al desembarcar después de la larga travesía recorrieron a pie y descalzos las sesenta leguas que separan el puerto de Veracruz de la ciudad de México. Hernán Cortés los recibió con muestras de veneración y los agasajó solemnemente. Los franciscanos fueron un aldabonazo para los españoles y un descubrimiento para los indios. El contraste resultaba llamativo. Les seguían y les rodeaban los indios sin parar, hablando en el idioma local, del que los piadosos hijos de San Francisco no sacaban en limpio más que una constante repetición de la palabra «motolínea».

La insistencia de los nativos les picó la curiosidad y preguntaron qué significaba aquel vocablo. Les contestaron que quería decir «pobre» o «pobres». El impetuoso fray Toribio de Benavente, llevado de su entusiasmo, hizo de aquella palabra india su propio apellido. Una vez asentados en la región, pidieron a los caciques y principales que les enviasen sus hijos para educarlos en la fe cristiana. No les resultó fácil convencer a los respectivos progenitores, pero no se desalentaron, y los colegios franciscanos resultaron una institución de primer rango en el México cristiano. Además, se convencieron pronto de que era necesario dominar el idioma de los nativos y llegaron a ser maestros en un menester tan humanista. Celebraron un Capítulo franciscano y dividieron la extensa región en cuatro provincias, que fueron la base de la definitiva organización franciscana en tierras mexicanas.


La provincia franciscana de S.PEdro y S.Pablo de Michoacán fue erigida canonicamente hacia 1565 pero su origen está en la llegada de los frailes franciscanos, encabezados por Fray Martín de la Coruña, hacia el año 1525, a la región de Michoacán. Tan sólo 40 años más tarde, al separarse de la Provincia del Santo Evangelio, de la cual era custodia dependiente, se constituyó la Provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán.

El 30 de octubre de 1523, doce franciscanos, seleccionados por el General de Orden y por el emperador Carlos V, se reunieron en el convento de Santa María de los Ángeles  de la provincia de San Gabriel de Extremadura, España. Aquí reciben instrucciones precisas de la misión evangelizadora a la que estaban siendo enviados.


Esta evangelización consistía en catequizar con su propio ejemplo cristiano, mostrando el verdadero amor de Cristo. La misión era comandada por Fray Martín de Valencia.

Una vez embarcados en la misión evangelizadora partieron de San Lúcar de Barrameda el 25 de enero de 1524; el 4 de febrero arribaron a la Isla Canaria de Gomera; el 5 de marzo a Puerto Rico; el 13 de ése mismo mes a la isla de la Española o Santo Domingo; el 30 de abril a la Villa de la Trinidad. Finalmente llegan al puerto de San Juan de Ulúa el 13 de mayo de 1524, un día antes de la vigilia del Espíritu Santo.

Cuando Hernán Cortés se disponía para su expedición hondureña, después de desembarcar en Ulúa el 13 ó 14 de mayo de 1524, llegó a México el 17 ó 18 de junio del mismo año, llevando consigo la primera nutrida misión de doce franciscanos de la Observancia, hecho histórico de notable relieve, pues con ellos comenzó en Nueva España la evangelización ordenada y metódica. Una corazonada del Ministro General de la Orden franciscana, Francisco de Quiñones, asumida por el mismo Romano Pontífice, en 1524, le impulsó a enviar a Indias «un prelado con doce compañeros, porque éste fue el número que Cristo tomó de su compañía para hacer la conversión del mundo».


Los doce apóstoles de México, también conocidos como los doce apóstoles de Nueva España, fue un grupo de doce misioneros franciscanos que llegaron al recién fundado virreinato de Nueva España en mayo de 1524 con el objetivo de convertir al cristianismo a la población indígena. La prelacía recayó sobre la rica personalidad de fray Martín de Valencia. Le acompañaron: fray Francisco de Soto; Martín de Jesús o de la Coruña; Juan Juárez (o Suárez), quien, junto con fray Juan de Palos, hermano laico, murió en Florida; fray Antonio de Ciudad Rodrigo, quien se distinguió como hábil gobernante y defensor de los derechos de los indígenas; Toribio de Benavente o «Motolinía», fino observador de la naturaleza y de las costumbres de los nativos e infatigable escritor; fray García de Cisneros, primer Provincial de la recién creada Provincia; Luis de Fuensalida, quien renunció a la mitra de Michoacán; fray Juan de Ribas, defensor a ultranza del mantenimiento del espíritu de la reforma religiosa; fray Francisco Jiménez, quien recibió ya en Nueva España la ordenación sacerdotal, hábil canonista; y, por último, fray Andrés de Córdoba, también hermano laico.

Fieles a la consigna de no claudicar jamás de la pobreza franciscana, al desembarcar después de la larga travesía recorrieron a pie y descalzos las sesenta leguas que separan el puerto de Veracruz de la ciudad de México. Hernán Cortés los recibió con muestras de veneración y los agasajó solemnemente. Los franciscanos fueron un aldabonazo para los españoles y un descubrimiento para los indios. El contraste resultaba llamativo. Les seguían y les rodeaban los indios sin parar, hablando en el idioma local, del que los piadosos hijos de San Francisco no sacaban en limpio más que una constante repetición de la palabra «motolínea».


La insistencia de los nativos les picó la curiosidad y preguntaron qué significaba aquel vocablo. Les contestaron que quería decir «pobre» o «pobres». El impetuoso fray Toribio de Benavente, llevado de su entusiasmo, hizo de aquella palabra india su propio apellido. Una vez asentados en la región, pidieron a los caciques y principales que les enviasen sus hijos para educarlos en la fe cristiana. No les resultó fácil convencer a los respectivos progenitores, pero no se desalentaron, y los colegios franciscanos resultaron una institución de primer rango en el México cristiano. Además, se convencieron pronto de que era necesario dominar el idioma de los nativos y llegaron a ser maestros en un menester tan humanista. Celebraron un Capítulo franciscano y dividieron la extensa región en cuatro provincias, que fueron la base de la definitiva organización franciscana en tierras mexicanas

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  El primer religioso que vino a Michoacán fue Fr. Martín de Jesús o de la Coruña, uno de los“Primeros Doce Apóstoles Franciscanos” que llegaron a nuestra patria en el año de 1524, enviados por el Ministro General Fr. Francisco de los ángeles Quiñones ofm, a petición del papa Adriano VI (1522-1523), con la intención de hacer la fundación de la Iglesia católica en la recién conquistada Nueva España (México).

Fray Martín de la Coruña encabezó la primera misión franciscana en Michoacán, la cual se convertiría posteriormente en la Provincia de San Pedro y San Pablo. Fr. Martín nació en Galicia en la penúltima década del siglo xv y se hizo fraile franciscano en la provincia española de Santiago y después pasó a la de San Gabriel buscando mayor rigidez de vida. Vino a la Nueva España como uno de los «Doce» frailes menores que venían a las órdenes de fray Martín de Valencia. Aquí se le encomendó que se trasladara a Tlaxcala y después a las recién conquistadas tierras de Michoacán. Se estableció en Tzintzuntzan, en donde fundó el primitivo convento de su orden, y desde allí fue a misionar entre los pueblos que vivían en las riberas del lago de Chapala, como los cocas y otros.Después, intentó, junto con otros hermanos de su orden,  como fray Martín de Valencia y Fr. Toribio Motolinia, ir a China en una expedición organizada por Hemán Cortés hacia 1533, la cual se malogró, por lo que los frailes quedaron en las actuales costas de Michoacán y Colima. Posteriormente acompañó a Cortés en otra expedición por el golfo de California. A su regreso fue elegido guardián del convento de Cuemavaca (1536), endonde vivió un tiempo de sosiego, ya con 55 años de edad.

De nuevo pasó a Michoacán y Jalisco, región que se había convertido ya en Custodia dentro de la orden franciscana. Fue custodio y después guardián del convento de


Muchipila (actual estado de Zacatecas), población habitada por los belicosos cazcanes que preparaban en esa época (1541) su participación en la Gran Rebelión o Guerra del Mixtón.


Los inicios de la evangelización de Michoacán no fueron fáciles como suele creerse, pues era natural que se diera una resistencia de parte de los indígenas para aceptar una nueva religión, después de haber practicado una fe secular. Los que más indocilidad pusieron fueron los mismos sacerdotes purépechas, quienes no estuvieron de acuerdo con el sometimiento del Caltzontzin. En señal de protesta, convencieron a muchos para que no aceptaran el cristianismo, usando de artimañas y otras suertes de amenazas para alejar a los purépechas de los misioneros:

No creían nada de los que les decían los religiosos, ni se osaban a confiar dellos. Decían que todos eran unos, los españoles y ellos. Pensaban que ellos habían nacido ansí, los frailes, con los hábitos, que no habían sido niños. Y duroles mucho esto, y aún agora, aún no se si les acaban de creer que tuvieron madres.

Cuando decían misa, decían que miraban en el agua, que eran hechiceros. No se osaban confiar ni decían verdad en las confisiones, pensando que los habían de matar, y si se confesaba alguno, estaban todos acechando, como se confesaba, y mas si era mujer…ALCALÁ, Fray Jerónimo de, libro III, Cáp. XXVII

A base de perseverancia, sacrificio y convencimiento, los primeros misioneros lograron atraerse hacia sí a los primeros neófitos y establecer un pobre convento (misión) en un de los barrios de la antigua ciudad de Tzintzuntzan, o Huitzitzilan (lugar de colibríes) como la llamaban los aztecas. El primitivo convento estuvo dedicado a la Señora Santa Ana, madre de la Santísima Virgen María. Por haber sido construido de materiales deleznables y pobres, hoy de él solo se sabe el lugar donde posiblemente fue asentado.




Martín de la Coruña

vio las primeras luces justamente en La Coruña, España, en 1484. Formó parte de los primeros doce apóstoles franciscanos que llegaron a México al inicio de la conquista, el 13 de mayo de 1524, y a los cuales se les conoce como Los Doce Apóstoles de Nueva España o Los Doce Apóstoles de México. Su tarea principal consistía en evangelizar a los indígenas. Estos frailes recibían el nombre de Fray Martín de Valencia, Andrés de Córdoba, Juan de Palos, Francisco Jiménez, Juan de Ribas, Luis de Fuensalida, García de Cisneros, Toribio de Benavente, Antonio de Ciudad Rodrigo, Juan Juárez, Francisco de Soto y Martín de Jesús este último llamado también Martín de la Coruña.


Nuestro fraile evangelizó en 1525 en Michoacán, poco después en la región de Tehuantepec, y exploró junto con el capitán Cortés la Nueva Galicia, fue nombrado superior del convento en la ciudad de Cuernavaca y, más tarde, regresó a Michoacán para seguir con su labor evangelizadora.


En el importante poblado de Tzintzuntzan, fray Martín fundó el primer convento de Michoacán, cuya construcción la hacía aparecer como si fuera una ermita, pues era muy sencilla, elaborada con adobe y techo de palma y a la que se llamó Convento de Santa Ana, en honor a la madre de la Virgen María. Para poder fundar tal convento fray Martín habló con el último cazonci, Zinzicha – ya evangelizado y llamado Francisco por bautizo, en honor a San Francisco de Asís-  con el fin de que le asignara un lugar en donde construir una iglesia y una casa. Zinzicha no puso reparos a tal petición, pues el mismo había solicitado a fray Martín de Valencia que mandase algunos religiosos para convertir a sus antiguos súbditos. Obviamente, los trabajadores que la construyeron fueron los indios sometidos, como quedó consignado en el testimonio de fray Alonso de Larrea:

Ya en este tiempo, como anteriores nuestros frailes a los demás ministros, tenían fundados conventos y cada día los iban fundando hacia el oriente, que era la Provincia del Santo Evangelio, cuando el rey de Michoacán, Sinzincha, fue en persona a México, conmovido de la noticia que tenía de los grandes ministros del evangelio, a pedirlos al santo fray Martín de Valencia, para que lo predicasen en su reyno, siendo él el primero que bajo la cerviz al yugo de su profesión, lavándose con las aguas de la regeneración y llamándose Francisco en el bautismo, por pagar las primicias con el nombre a nuestro seráfico patriarca (San Francisco de Asís) 


En tal iglesia San Martín llevó a cabo la primera misa con instrumentos musicales indígenas, según afirman algunas fuentes como la Relación de Michoacán. Acompañaban a Martín en su tarea los frailes Antonio Ortiz y Antonio de Córdoba. Sin embargo, la creencia popular afirma que la primera misa celebrada en esta modesta iglesia, la llevó a cabo Vasco de Quiroga.


La tarea de fray Martín consistía en catequizar y obligar a los indios a cumplir con los sacramentos de la religión católica, principalmente el bautizo y el matrimonio. A más de ello, el fraile, junto con sus colegas religiosos, efectuó una serie de obras sociales, pues se construyeron puentes, acueductos, caminos y escuelas para que los indios aprendiesen algunos oficios. Al mismo tiempo que aventaban al lago de Pátzcuaro dioses de oro y plata. La tarea era difícil, pues muchas veces se encontraron con la oposición de los naturales, lo cual ocasionó fuertes conflictos, muertes y la persecución de los indios. Sin embargo, la evangelización se llevó a cabo y, poco a poco, los indígenas se sometieron a la religión.


De la llegada de Fray Martín nos informa la Relación de Michoacán:

Y desde a poco hubo capítulo de los padres de San Francisco en Guaxaçingo y enviaron por guardián un padre antigüo, muy buen religioso, con otros padres, a la cibdad deMechuacan, llamado fray Martín de Jesús. Y holgáronse mucho los indios. Tomóse la primera casa en la Cibdad de Mechuacan, habrá doce años o XIII, y empezaron a pedricar la gente y quitalles sus borracheras, y estaban muy duros los indios. Estuvieron por los dejar los religiosos dos o tres veces. Después vinieron más religiosos de San Francisco y asentaron en Vicario, después en Çinápequaro y de allí fueron tomando casas. Y hízose el fruto que nuestro Señor sabe en esta gente. De tan duros como estaban se ablandaron, y dejaron sus borracheras y idolatrías, y cirimonias y bavtizáronse todos y cada día van aprovechando y aprovecharán con la ayuda de Nuestro Señor.

Fray Martín de la Coruña murió en Pátzcuaro en el año de 1552.


Web Actual de la Provincia de San Pedro y San Pablo:  http://www.ofmsanpedroysanpablomex.org/


Vicente Rodríguez, Fray Martín de la Coruña.

Fundador de la Iglesia en Michoacán. Ceaya, Gto. México, 1985.

Boletín Informativo, Provincia Franciscana de Michoacán, México, fue publicado, por Fr. Vicente Rodríguez un artículo sobre la actividad de Fr. Martín de la Coruña. Los números son 66, 67, 69. Todos del año 1981.


Y así decimos de este siervo de Dios, fray Martín de la Coruña (según lo que de su vida se pudo colegir) que fue varón de grande perfección en toda virtud. principalmente en la paciencia; porque sabía este siervo de Dios que dice Cristo, que cada uno poseerá su ánima en la paciencia que tuviere. Y el Eclesiástico 2 que así como el fuego es prueba de un vaso de barro. así también lo es a los hombres justos la tentación de la tribulación. Y así se mostraba pacífico y compuesto en la ocasión que por desmandada y rigurosa que viniese jamás le alteró el alma; antes. con demasiado sufrimiento, toleraba cualquier trabajo o tribulación que le venia; y no hubo hubo hombre, de cuantos le vieron y trataron, que dijese haberle visto alguna alguna vez impaciente, ni desasosegado, que es muy proprio de una alma que está llena de Dios; porque como Dios la hinche, no queda vacío donde quepa.

Era en la oración muy continuo. y andando por los caminos y sentado a la mesa. de ella. por ser la mejor parte que se puede escoger en la vida humana, como le dijo Cristo a Martaen favor de su hermana Magdalena. De este continuo orar le sucedió muchas veces salir fuera de sí, y quedarse extático y elevado, como le vieron muchos, y en muchas ocasiones. Esto certificaron varones santos y de mucho crédito. En especial se dice que siendo guardián de la Villa de Quauhnahuac, después que volvió de una larga y trabajosa jornada, que hizo con el capitán don Fernando Cortés a la California, un religioso, gran siervo de Dios, llamado fray Juan Quintero, morador de el dicho convento, lo haIló dos veces apartado en oración, encendido el rostro. a la manera que está el fuego del fervor con que oraba y estaba hablando con Dios.

Y no es maravilla que de tan continuo trato y comunicación con él, saliese tan encendido; pues de sola una vez que Moysén subió al monte a hablarle. bajó (como dice la Sagrada Escritura)4 con tanto resplandor en su rostro que para que pudiesen verle los hijos de Israel se lo cubría con un velo. Fue este bendito varón muy austero y riguroso para su cuerpo y hombre de grande penitencia. con que domaba la carne y la desflaquecía; porque así domada y vencida no hiciese guerra al espíritu. que tan peligrosa es a los que se dejan vencer de ella. Tuvo ferventísima caridad para con los prójimos; condición muy propria de el que tiene a Dios en su alma; porque el que ama a Dios. ama y quiere a su prójimo; y como el divino maestro dio su ánima y vida por él, así también el cristiano y apostólico discípulo debe desentrañarse a imitación suya, por su aprovechamiento. El santo fray Francisco de Soto daba testimonio de la grande santidad de este siervo de Dios. diciendo que lo tenía por tan santo. como a fray Martín de Valencia; que no es de poca consideración este testimonio; lo uno por ser de varón tan religioso. como en el capítulo de su vida dejamos dicho, y que siendo tal le pareciese fray Martín de la Coruña tan religioso en su vida y tan particular en sus obras. y lo otro por ser comparado a un varón como mi bendito padre fray Martín. de quien tanto dejamos dicho. Pero no hay que maravillar, pues también se verifica de él, lo que de el glorioso obispo y confesor San Martín, que partía la capa con el prójimo.

A este santo varón envió el dicho padre fray Martín, siendo custodio y primer prelado de esta indiana iglesia (como en otro lugar decimos) a la provincia y reino de Mechoacan, año de 1525, juntamente con el cacique, señor de aquella tierra. que vino a Mexico a pedir ministros. para la conversión y enseñanza de sus naturales. Y así fue el siervo de Dios fray Martín de la Coruña. el primero evangelizador de aquellas gentes, donde se mostró verdadero discípulo de Jesucristo, edificando iglesias, destruyendo templos idolátricos, quebrantando ídolos infernales, de los cuales juntó muchos, que eran de oro y plata y piedras de mucho valor; y haciendo montón de todos los echó en la profunda y honda laguna, que llaman de Cmzontzan, no estimando el oro que tanto entonces codiciaban nuestros españoles; porque con su menosprecio y ultraje fuera Dios más conocido y estimado y. todo lo que pudo quemar, echó en un gran fuego, que mandó hacer en medio de la plaza. Convirtió muchos a la fe, con la frecuencia de su santa doctrina y continuas predicaciones, que para esto trabajó mucho en aprender su lengua, viviendo entre ellos vida más angélica que humana. Muchos años antes de su muerte le quitó nuestro Señor los movimientos de la sensualidad, haciéndole tan señor de sí, que en estas cosas no parecía hombre; merced grande y soberana. la cual sabemos haber concedido al angélico doctor Santo Tomás de Aquino y que San Pablo (según muchos doctores) andaba pleiteando con ella, y rogó a Dios por tres veces que lo librase de sus continuas e inoportunas asechanzas; pero fuele respondido que confiase en la diVina misericordia que no le faltaría su gracia.


Continuó su apostólica vida en aquel reino de Mechoacán y murió en el convento de Pázcuaro, y está allí enterrado. Después de muerto quedó su cuerpo con grande fragancia de olor y suavidad y sus carnes tan hermosas y tiernas como las de un niño. que hasta en esto quiso Dios mostrar la santidad de su siervo, porque el olor y fragancia de Cristo, que dice el apóstol. que son los justos y santos obreros suyos. esa misma quiso que quedase en aquel santo cuerpo. para que así como lo sujetó al alma viviendo. después ~e muerto. le diese esa misma alma el suave olor que tenía en ser. de Cristo. Afirmaron los clérigos de aquella iglesia y otros vecinos del mismo pueblo de Pazcuaro, que un sábado de mañana. después de muerto y enterrado, lo vieron vestido de vestiduras blancas. puesto sobre un altar, en la iglesia donde está enterrado y con dos candelas encendidas en el mismo altar y otras cuatro sobre su sepultura. Lo mismo dicen que vieron otra segunda vez, en lo cual quiso mostrar nuestro Señor la gloria que éste su siervo gozaba, concediéndole lo mismo que dejamos dicho del bendito padre fray Martín de Valencia, que se apareció sobre su sepulcro, donde lo Vieron en pie y vestido de su hábito. Con que se confirma lo que el varón de Dios fray Francisco de Soto dijo, comparando la santidad del uno a la del otro. que quiso Dios que siendo ambos participantes de un nombre lo fuesen en la pureza de vida y se manifestasen en muerte: Él sea bendito para siempre por todo.


Tiene una calle dedicada en:

Calle Fray Martín de la Coruña, Heróica Puebla de Zaragoza. México.


Coruña, Martín de la. El Apóstol de Michoacán.

La Coruña, 1484 – Pátzcuaro (México) 25.IX.1558.

Religioso, misionero franciscano (OFM) y explorador.


Conocido también con el nombre de Martín de Jesús, en 1519 abandonó Santiago de Compostela para establecerse en San Miguel de Extremadura, desde donde pasó a México en 1524 formando parte de la expedición misionera conocida con el nombre de Los Doce Apóstoles Franciscanos de México.

En 1525 emprendió la evangelización de Michoacán y a partir del año 1531 siguió desarrollando su labor evangelizadora, junto a fray Martín de Valencia, en la comarca de Tehuantepec; en 1535 acompañó a Hernán Cortés en la exploración de Nueva Galicia y un año más tarde fue nombrado superior del convento de Cuernavaca, retornando en 1538 a Michocán.

Fundó en Tzintzuntzan la ermita de Santa Ana y emprendió la labor de conversión de los tarascos (indios establecidos en el Estado de Michoacán).

Por su santidad de vida y celo apostólico fue considerado El Apóstol de Michoacán por antonomasia.

Murió en el convento de Pátzcuaro, donde está enterrado.

Escribió una Relación de las ceremonias y ritos, población y gobierno de la provincia de Mechuacán, que entregó de propia mano al virrey Mendoza en 1541, que no fue impresa hasta 1875.

 

Obras de ~: Relación de las ceremonias y ritos, población y gobierno de la provincia de Mechuacán, Madrid, 1875.

 

Bibl.: F. Lanza álvarez, Dos mil nombres gallegos, Buenos Aires, Ed. Galicia, 1953; VV. AA., Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México, México, Editorial Porrúa, 1964; P. Borges, “Coruña, Martín de la”, en Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez, J. Vives Gatell (dirs.), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, vol. I, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1972, págs. 636-637.

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