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750ª de la muerte de San Buenaventura

Una voz todavía actual

CARTA DE LOS MINISTROS GENERALES DE LA PRIMERA ORDEN Y DE LA TERCERA ORDEN REGULAR en el 750° aniversario de la muerte de san Buenaventura


San Buenaventura 1274 - 2024

El aniversario setecientos cincuenta de la muerte del Doctor Seráfico, acaecida el 15 de julio de 1274, nos ofrece la oportunidad no sólo de recordar y celebrar el servicio que prestó a la Orden y a toda la Iglesia, sino también de volver a proponerlo como un don todavía válido para nuestra época.

1.- Buenaventura fue maestro de teología en la Universidad de París hasta 1257, año en que abandonó el cargo porque fue elegido 2.- Ministro General de la Orden, cargo al que fue reelegido ininterrumpidamente hasta el final de su vida.

3.- se reveló también como místico, tercer ámbito de su actividad en beneficio de la Orden y de la Iglesia, cuando puso su experiencia de Dios al servicio de los demás, proponiéndoles posibles itinerarios.


Maestro de teología: con la mente en camino hacia Dios

En 1235, gracias a las posibilidades económicas de su padre, fue enviado a París para estudiar artes libera[1]les. Allí conoció la Orden de los Frailes Menores, a la que decidió ingresar en 1243. Se le pidió que completara todos los estudios académicos de teología, siempre en París, donde en el año 1252/53 obtuvo el grado de magister theologiae en el estudio de los frailes de Francisco.


Grande fue su producción teológica.

Recordemos sólo algunos títulos:

los cuatro grandes volúmenes del Comentario a las Sentencias,

las Cuestiones teológicas junto con los Sermones teológicos,

el famoso opúsculo de 1259 del Itinerario de la mente a Dios,

tres series de Conferencias (Collationes) universitarias dictadas en París en los últimos años de su vida, de las cuales la más famosa es seguramente el Hexaemeron.


Sin embargo, la obra más interesante para repasar su teología es seguramente el Breviloquium, compuesto hacia 1257 como síntesis teológica ofrecida a sus alumnos y a todos los frailes. En él, en efecto, Buenaventura intenta “abreviar” y hacer más fácilmente accesible la descripción del plan de salvación presente en las Escrituras.


+la pasión al hacer teología requiere el esfuerzo del método: quien estudia teología debe poseer la disciplina de la mente, movida por un amor devoto, apasionado y ardiente. Así, entre los trabajos a los que el fraile está llamado se encuentra también el intelectual, tanto o tal vez más fatigoso y exigente que el manual. Se trata, en efecto, de pasar lo creíble (lo que se cree por fe) a lo inteligible, dando las razones de ello.


El Breviloquium pone de relieve otro elemento de la teología bonaventuriana: el cristocentrismo. Cristo aparece como la clave de la historia de la salvación, la “perfección del universo”, la fuente de nuestra re-creación. La vida cristiana se desarrolla, pues, entrando con inteligencia y amor en el misterio de la historia de la salvación, que en Cristo tiene su lógica definitiva.


Como verdadero hijo del poverello, Buenaventura contemplaba al Altísimo como misterio infinito de bondad, que se da a sí mismo a través de Cristo en todas las realidades. El Padre, fuente increada de bondad, comunica total e infinitamente su propia naturaleza divina a su Hijo amado, la “persona mediana” de la Trinidad. En el soplo recíproco de Amor entre ellos, se unen en el vínculo del Espíritu, el “don en el que fueron dados todos los demás dones”. Ello se expande luego a toda la creación y a toda criatura, llevando de nuevo todo a la plenitud del amor divino, que es el sumo Bien y el todo Bien.


El momento expresivo y productivo del Bien es el acto creador del cosmos que permanece en continua expansión, no sólo en términos de naturaleza, sino también de conocimiento. Tanto el ser como el conocer revelan el mismo origen y fin: la plenitud y la expansión del Bien. Ambos están escritos en el “Libro de la Creación” y pueden ser leídos por la inteligencia y el amor del hombre, llamado a reconocer y amar al Dios Uno y Trino en todas las cosas.


“El Verbo divino está en toda criatura y, por tanto, toda criatura habla de Dios” (Comentario al Eclesiastés, c. 1 ad resp.).


Buenaventura califica a la persona humana de “microcosmos”, no sólo porque es comparable al “macrocosmos”, sino también porque es su realización o, viceversa, su destrucción: la calidad de la vida humana condiciona la calidad del ambiente en el que vive.


Según Buenaventura, la inteligencia teologal debe convertirse en experiencia de Dios y pasión por este mundo, permitiéndonos descubrir en él un signo claro del amor divino. El Maestro de Bagnoregio nos interroga con fuerza sobre hasta qué punto la escucha, no sólo de las Escrituras, sino también del grito unido de la tierra y de los pobres, ilumina nuestra inteligencia y nuestro afecto, haciéndonos capaces de “sacar a la luz las cosas ocultas (de Dios)” y de ser un don para “todos los hijos de la Iglesia” y del mundo.



2.- Ministro de la Orden: un guía apasionado

El 2 de febrero de 1257, a la edad de unos 40 años, la vida de san Buenaventura cambió radicalmente. Durante el capítulo celebrado en Roma, en la iglesia de AraCaeli, donde se reunieron un centenar de frailes representantes de las treinta y tres provincias de la Orden, los frailes, a sugerencia también del general saliente, Juan de Parma, eligieron a un fraile que no participaba en el capítulo y se encontraba en París: Buenaventura de Bagnoregio.


En su primera carta circular, escrita in]mediatamente después de su elección, en abril de 1257, llama a los hermanos a la conversión de mente y corazón sobre diversos puntos de la vida minorítica, y les recuerda cual era su vocación dentro de la Iglesia: “ser espejo de santidad plena” (Carta I, 1: en Obras de san Buenaventura: Opúsculos franciscanos/1, vol. XIV/1, Roma 1993, 113).


Su primera obra son unas Constituciones Generales para aunar las normas jurídicas que regulen la Orden. En el Capítulo de Pisa en 1263, la asamblea de frailes acogió y oficializó la segunda obra producida por Buenaventura: La Leyenda Mayor y La Leyenda Menor de San Francisco, textos con los que quedaba fijada para todos y para siempre la narración definitiva sobre la santidad de Francisco. Con las dos obras, la jurídica y la narrativa, Buenaventura ofrecía a los frailes una serie de indicaciones, doble y complementaria: las normas jurídicas a seguir y el modelo de vida a imitar.


Consciente de la inadecuada preparación de los hermanos para el oficio de la predicación, Buenaventura, con sus sermones, quiso no sólo recordarles la importancia de esta tarea, sino también ofrecerles una herramienta que les ayudara a desempeñar mejor su servicio.


23 de mayo de 1273: Gregorio X le nombró cardenal, obispo de Albano, pidiéndole que se comprometiera en la preparación del II Concilio de Lyon, que habría de ser celebrado en mayo del año siguiente. Le sustituye en el gobierno de la Orden: Jerónimo de Ascoli, futuro Papa Nicolás IV.


Ante la pregunta de cuáles son los procesos que hacen posible “la experiencia de Dios”, Buenaventura, partiendo también de su propia vivencia, ofrece una respuesta deslumbrante, propuesta al final del célebre opúsculo Itinerarium mentis in Deum: “Si tratas de averiguar cómo sean estas cosas, pregúntalo a la gracia, pero no a la doctrina, … no al entendimiento... no a luz, sino al fuego que inflama totalmente y traslada a Dios” (Itinerarium VII 6).

El proceso, sin embargo, parte de un presupuesto antropológico: el hombre es el “ser de los deseos” (vir desideriorum) que tiende por naturaleza hacia el objeto único y último que es el único que puede saciar su búsqueda: Dios. 



En este viaje de retorno afectivo, Pascua mística, Cristo es así el medio, el centro no sólo del misterio trinitario, sino también de la dinámica del corazón humano en su deseo de Dios: Él es el único Mediador “para conducir a los hombres de nuevo a Dios” (De reductione 23).


3. Mística relacional,

ordenada hacia el Otro, es decir, en camino hacia Dios, a través de la carne humana de Aquel que, por exceso de amor, se hizo uno de nosotros para hacernos uno con Dios.

Caminar humano acompañado de la humanidad de Cristo como único camino hacia el Padre.


El árbol de la Vida: en el centro está la contemplación afectiva de Cristo revelado en ese árbol de la vida que fue la cruz;


La triple vía: la meditación sobre tres momentos de la experiencia humana, tres caminos para gustar ante todo la paz (mediante la purificación de los deseos), luego la verdad (mediante la iluminación del intelecto) y finalmente la caridad (mediante el Espíritu que inflama el alma para unirla al amor crucificado y esponsal con Cristo).

 

Conclusión: el triple legado que nos dejó Buenaventura

Como maestro de teología, Buenaventura nos enseña el camino de la inteligencia sapiencial por el que podemos pasar de la confusa oscuridad del bosque a una comprensión más profunda de nuestra fe (iluminación), sacando “las cosas ocultas a la luz”.

Como ministro de la Orden, nos recuerda nuestro compromiso de hacer de nuestra vida un testimonio animado por la disposición a la renovación (purificación) de modo que, incluso en circunstancias temporales y culturales radicalmente distintas, nuestra vida de minoridad siga siendo un “espejo luminoso de santidad”.

Como místico, nos muestra el centro desde el que todo se origina y se realiza, es decir, Cristo Crucificado, que desde la cruz otorga “el fuego del Espíritu Santo” por medio del cual alcanzamos nuestro fin último: “ser trasladados” y “transformados en Dios”, el Uno que llena todas las cosas y las hace buenas y bellas. Paz y todo Bien.



Fr. Massimo Fusarelli, OFM Ministro General

Fr. Carlos Alberto Trovarelli, OFM Conv Ministro General

Fr. Roberto Genuin, OFM Cap Ministro General

Fr. Amando Trujillo Cano, TOR Ministro General

Conferencia de Ministros Generales de la Primera Orden Franciscana y de la TOR 1274 2024

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