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¿De dónde nos viene la doctrina de la Trinidad? ?Qué creemos cuando creemos en Dios Trinidad?

DIOS PADRE

Jesús habla del Padre que lo envió.

Abraham o Jacob o Isaías, Jeremías, Moisés o Ezequiel también hablaron de Dios como padre que los envió en una misión. Hasta aquí, es todo común.


Pero en Jesús hay un significado diferente:

aunque él es alguien distinto de este Padre que lo envió en una misión, Jesús habla y actúa en la persona misma del Dios de Israel.

“Habéis escuchado que se dijo en la Torá . . ., pero Yo os digo . . .”.

¿quién puede afirmar ese tipo de autoridad sino Dios mismo?

tal como: “Hijo mío, tus pecados te son perdonados”.

¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios, mostrando su dominio incluso sobre los elementos de la naturaleza, caminando sobre el agua y calmando la tormenta?

“A menos que me améis más que una madre y a un padre, más que a vosotros mismos, no sois dignos de mí”.

Ningún profeta diría eso. Eso sería el súmmum de la arrogancia.

Sólo el Bien supremo en persona podría decir eso.

Así que ese era su dilema.


Jesús es enviado por el Padre, pero parece ser él mismo el Dios de Israel.

Todos los domingos afirmamos esta verdad cuando, con el Concilio de Nicea, decimos que él es Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, y recordad, consustancial con el Padre.

Esa es la versión en Español de “homoousios”; ese era la palabra griega para “uno en el ser, consustancial”.

Este era el dilema que enfrentaban.

Jesús es alguien distinto al Padre pero, aún así, es consustancial con el Padre.

Esta idea fue transmitida por la gran tradición.


DIOS ESPÍRITU SANTO

“El Padre y yo”, dice Jesús en el Evangelio de Juan la noche antes de morir, “el Padre y yo os enviaremos un Paráclito. Os enviaremos el Espíritu Santo”

–escuchad ahora— “que os conducirá a toda la verdad”.

El Espíritu Santo interpretará para vosotros la persona de Jesús y los conducirá a toda la verdad.

¿Qué ser humano, o poder simplemente creado, podría conducirnos a la verdad?

El Espíritu Santo, en otras palabras, es también uno en el ser con el Padre y el Hijo.

El Espíritu Santo comparte la divinidad con el Padre y el Hijo.

¿Y acaso no experimentaron esto en Pentecostés, cuando el poder del Espíritu Santo vino a ellos de un modo divinizante?


DIOS TRINIDAD

Estas fuentes bíblicas dan origen a esta idea.

Encontramos en la primera carta de Juan esta afirmación tan peculiar de que Dios es amor.

todas las religiones, filosofías de la religión, hablarán del amor que tiene Dios.

Que el amor es un atributo de Dios, que Dios ama a algunos, o que ama como una típica actividad o lo que sea.

Pero no existe ninguna religión ni filosofía que realice la verdaderamente extraña afirmación de que Dios es amor excepto el cristianismo.

Bueno, si ese es el caso, entonces Dios, en su misma naturaleza, debe ser un movimiento entre amante, amado y amor compartido.

Si Dios tiene amor, lo que cualquier religión podría afirmar, no tendría que decir eso.

Simplemente diría que el único Dios tiene esta actividad, que ama.

Pero la afirmación Cristiana es muchísimo más radical.

Amor es lo que Dios es, ineludiblemente, siempre, desde toda la eternidad.

No es simplemente algo que él hace; es lo que es.

Por lo tanto, tiene que existir esto. No puedes tener amor sin un amante y un amado.

No puedes tener amor sin el amor que el amante y el amado comparten.

Y por lo tanto hablamos del Padre (el amante), el Hijo (el amado) y el Espíritu (el amor que ellos comparten).

Todo esto fue transmitido por la tradición, y algunas de las personas más brillantes en el primer siglo de la Iglesia intentaron darle sentido a esto.


DIOS UNO y TRINO

Recuerda la plegaria “Shemá” del sexto capítulo del Deuteronomio.

“Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor”.

La unicidad de Dios, la unidad de Dios, se afirma a lo largo y ancho de la tradición bíblica.

Nadie quiere negar eso.

Pero lo que les fue transmitido era como acertijo: que el único Dios subsiste como tres personas, como un movimiento de Padre, Hijo y Espíritu Santo, de amante, amado y amor compartido, del Padre e Hijo consustanciales, que enviarán al Espíritu que es consustancial con ellos.

De allí es de donde proviene la doctrina de la Trinidad.


SAN AGUSTÍN

Ahora, uno de los mejores lugares para mirar si aún están intentando obtener un modelo para comprender todo esto es el gran San Agustín.

Agustín fue, con Aquino, el mayor teólogo en la historia de la Iglesia, y su logro clave intelectualmente fue esta analogía que nos dio para la Trinidad. Habló sobre mente, conocimiento de sí mismo y amor a sí mismo.

Pero quiero colocar esto en tal vez un lenguaje contemporáneo dándoles una analogía que nos sea más familiar. Cualquiera que haya atravesado terapia u orientación o dirección espiritual, o incluso una conversación profunda con un amigo cuando están intentando resolver algo en sus vidas, ¿qué es lo que hacen?

Bueno, con la ayuda de un terapeuta o director espiritual podrían plantear su vida como un objeto, como un asunto, como algo a ser examinado.

Y dirán, “De acuerdo, ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué estaba pensando cuando hice esto, eso o aquello? O cuando era niño ¿qué sucedía en mí?”.

Ven lo que está sucediendo, tal vez con la ayuda de tu director espiritual, eres tú que te estás mirando. Te estás examinando como un objeto.

Ahora, a menos que hayas perdido la cordura, nadie en ese proceso pensará, “Oh, me dividí en dos cosas”. Nadie va a decir, “Ey, me convertí en dos personas diferentes”. No, no, eres a la vez sujeto y objeto.

La única persona, tú, eres a la vez sujeto y objeto.


Ahora profundicemos un poco más.

Porque Agustín llama a este tercer movimiento amor a sí mismo.

Habiendo atravesado aquel proceso, estás examinándote y llegas a una comprensión más profunda.

Llegas a una valoración más profunda de lo que estuviste haciendo, o de las presiones bajo las que estuviste, o qué amistades tuviste o no.

Y en ese proceso, llegas por tanto a una mayor auto aceptación o a un mayor amor a ti mismo.

Existe alguien que conoce. Existe alguien que es conocido.

Y luego existe un amor que se obtiene entre el que conoce y el conocido.

Y todo esto acontece en este proceso ordinario de tal vez charlar con el terapeuta o el director espiritual.

No te has convertido en tres cosas. No te has dividido en tres.

Existe, sin embargo, una especie de movimiento, un movimiento trinitario, dentro tuyo. Eso es lo que vio Agustín.


Regresemos a su vocabulario: mente, conocimiento de sí mismo, amor a sí mismo. Eso se rige en todos nosotros.

La Biblia dice que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios.

Y Agustín dijo que tal vez sea eso.

Cuando vas a lo profundo de tu interioridad, encuentras ciertamente esta extraordinaria “imago Dei”, esta extraordinaria imagen de Dios, en este movimiento Trinitario que existe incluso dentro de nuestras psiquis. Es razonable.

El Padre —esa es la gran mente.

El Hijo —allí está el gran conocimiento de sí mismo.

El Espíritu —el amor compartido entre el Padre y el Hijo.


Fulton Sheen adaptó la analogía de Agustín.

Dijo que desde toda la eternidad, el Padre mira al Hijo, su propia imagen.

El Hijo, que es consustancial con el Padre —tiene todo lo que tiene el Padre, es la imagen perfecta del Padre— regresa la mirada y ve pura perfección.

Y los dos mirándose, suspiran su amor por el otro.

Ese es el “Spiritus Sanctus”, el soplo divino. Padre, Hijo, Espíritu Santo.


“Dios tanto amó al mundo” —mirad esto— “que envió a su único Hijo al mundo, para que todo el que creyera en él pudiera tener vida en su nombre”.


¿Adónde envía al Hijo?

A bajar a nuestra humanidad ordinaria.

“Cristo, siendo Dios, ” —este es Pablo ahora— “no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres”.

Ahora, más aún, por obediencia aceptó incluso la muerte —una muerte de cruz.

El Padre envía a su amado Hijo todo el camino descendente.


¿Por qué? Para traer a aquellos que hemos deambulado lejos de él.

Eso es lo que significa el pecado.

Significa alejarse de Dios.


El Padre envió entonces al Hijo todo el camino descendente hasta los límites del abandono de Dios, para que pudiera, observen esto, reunirnos a todos de regreso en el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el amor que conecta al Padre con el Hijo, incluso cuando el Hijo está en el punto más bajo.

El Hijo recorrió todo el camino hasta la muerte misma, pero aún está conectado por el amor del Espíritu Santo, y en ese amor, el Padre llama al Hijo de regreso en la Resurrección y Ascensión, llevando en principio a todos nosotros pecadores con él.


¿Ven ahora cómo toda esta explicación abstracta sobre la Trinidad —Padre, Hijo, Espíritu, consustancialidad— todo ese asunto se vuelve muy visceralmente auténtico?


Es porque Dios es un movimiento Trinitario de personas para que podamos ser salvados.

No solo fuera de Dios suplicando por misericordia sino que ahora, a través de la gracia de Dios, dentro de la dinámica de la vida de Dios, reunidos por el Hijo en el poder del Espíritu Santo.


Allí está toda la vida Cristiana. Esa es toda la vida espiritual.

Pensad en esto cada vez que hacen este gesto.

Con cada señal de la cruz estás diciendo que Dios amó tanto al mundo que envió a su único Hijo todo el camino descendente, para que pudiéramos ser reunidos en el Espíritu Santo, el amor que los conecta.

Esa es la Trinidad.

Eso es lo que celebramos en el domingo de la Trinidad.





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