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Dios Ha Hablado; ¿Estás escuchando? - Domingo XVTO


La primera lectura del capítulo 55 de Isaías nos habla sobre la naturaleza de la palabra de Dios.

“Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca”.

¿Qué se está describiendo aquí?

La palabra de Dios no es descriptiva. La palabra de Dios es creativa.


Nuestro lenguaje suele ser pasivo, descriptivo, describe lo que ha pasado o hemos visto.


Pero otras veces, el lenguaje tiene una cualidad performativa. Un oficial de policía diciendo: “Estás arrestado”. Esas palabras mismas ponen a la persona bajo arresto.

O la palabra de un árbitro que cambia el partido y determina los resultados. El lenguaje puede entonces afectar la realidad.


La palabra de Dios nunca es descriptiva. Porque Dios es el que hizo todas las cosas.

La palabra de Dios es creativa. La palabra de Dios produce lo que dice.

Es por eso que aquí, cuando caen la lluvia y la nieve, no regresan sin haber realizado su propósito haciendo lo que se les mandó hacer.

La palabra de Dios cambia las cosas.


Cambia, en primer lugar, la realidad.

Dios dijo, “Que exista la luz”. Y así sucedió.

Dijo Dios, “Que haya un firmamento en medio de las aguas”. Y así sucedió.

Esa poesía refinada del Génesis está destinada a expresar esta verdad, de que el mundo entero ha sido traído a la existencia por medio de un acto de inteligencia.

Esta es exactamente la razón por la que las ciencias pueden despegar del suelo.


Ya sea que seas un psicólogo, un biólogo, un químico, un físico, estás asumiendo que el mundo que sales a conocer está marcado por un patrón y estructura inteligible. No es fruto de casualidades continuas.


Existe un artículo maravilloso escrito en 1960 por un físico judío llamado Eugene Wigner. Lleva el título “La Inadmisible efectividad de las Matemáticas en la Ciencias Físicas”. Este no es un hombre religioso, sino un físico nuclear. Estaba llamando la atención sobre el hecho de que cuando los físicos realizan su trabajo, utilizan el nivel más elevado de las matemáticas para describir la realidad.

La matemática más elevada describe el mundo con precisión porque hay una inteligibilidad extraordinariamente compleja, que enmarca cuanto se va descrubriendo.


Por medio de la alianza, y de la Torá y de la profecía, por medio de la ley Dios le dio a conocer su palabra a Israel. Y luego, en la culminación de los tiempos, Dios pronunció su Palabra misma. Pronunció la Palabra. "En el principio existía la palabra, y la palabra estaba con Dios, y la palabra era Dios". La palabra por la cual se crearon todas las cosas, la palabra que se pronunció mediante los profetas, viene ahora en persona, es pronunciada en plenitud.

Estamos hablando, por supuesto, de Jesús. En Él está el poder de la palabra divina.

Cuando permites que la palabra divina entre a tu vida, te cambia.

No puedes leer la Biblia. —la Torá, la alianza, los profetas, el Antiguo Testamento, y por supuesto, leer sobre el Señor Jesucristo— no puedes leer la Biblia sin que te cambie.

Si solo abres un poquito tu mente y tu corazón a esta palabra, esta palabra que ha hecho el universo, no serás la misma persona después.


El Vaticano II quería que recobráramos y redescubriéramos este poder de la palabra divina.


En el Evangelio. Jesús cuenta esta parábola extraordinaria, que ha cautivado la mente de la gente a lo largo de los siglos de la Cristiandad: La parábola del sembrador.


El sembrador de las semillas es Cristo mismo.

Es la Iglesia, a lo largo de los tiempos, sembrando la semilla, que es CRisto.


Jesús nos da esta comparación:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, . . . unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; ... y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos ... Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta”.


¿De qué está hablando? El sembrador de las semillas es Cristo mismo.
¿Qué está sembrando? La palabra divina, que es poderosa.

Pero nuestro Dios respeta nuestra libertad.


La palabra divina, ciertamente es poderosa, sí, afecta lo que dice.

Pero la palabra de Dios no nos oprime.

Nos invita a responder.

En cierto modo, es una verdad terrible. Porque existe una cierta carga sobre nosotros:

Que, ante la presencia de esta palabra, tenemos que decidir.

Tenemos que responder.


¿Cómo incorporamos la sagrada palabra de Dios?

El evangelio de hoy es raro en Mateo, porque Jesús explica la parábola. Y casi nunca hace esto. Habitualmente cuenta la parábola, y luego nos deja que la descifremos nosotros. Pero en esta, les dice a sus discípulos exactamente lo que significa.


A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón::: ¿acaso no describe nuestro tiempo?

¡Cuántas personas han intentado entender la física y la ciencia y las matemáticas y la economía, las relaciones humanas sobre su propio y único entendimiento personal. ‘Voy a utilizar mi poderosa mente para comprender toda clase de cosas, pero no voy a ocupar nada de tiempo con la palabra de Dios.’

¿Cuánta gente, mientras desarrollan sus conocimientos en todo tipo de áreas, permanece en un nivel de primaria en lo referido a la religión? ¿qué sucederá con esta poderosa palabra divina? No se plantará en nosotros. El diablo se la llevará.


“Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces”.

Y cuando viene una tribulación o persecución, entonces sucumbe.

Cuando uno descubre la fe o la vocación, La palabra de Dios echa sus primeras raíces, Pero el entusiasmo inicial siempre va a desaparecer, siempre ocurre; Hasta los santos pierden el entusiasmo inicial o tienen sus tiempos de duda.

Tenemos que resistir ahí.

Tenemos que cultivar esa semilla, incluso cuando no estamos entusiasmados.

Incluso cuando ha pasado el entusiasmo inicial.

Tienes que cultivar la semilla en temporada y fuera de ella.

Cuando es divertido hacerlo, cuando no es divertido hacerlo.

De otro modo se esfumará.


“Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto”.

Eso sucede a todas horas.

¡Cuánto nos distraemos con las cosas del mundo.

Oímos la palabra divina, que es poderosa, está destinada a cambiar nuestras vidas, revolucionar tu vida. Pero luego llega la pompa y glamour del mundo.

Y comenzamos a prestar atención a todo lo que reluce y toda esta superficialidad, ahoga la palabra en nosotros.


¿A qué le estás prestando atención?
Esa es la pregunta aquí.

¿A qué le estamos dedicando nuestra mente y nuestro corazón?

¿A las cosas del mundo que relucen, que pasan, que se desvanecen?

O a esta palabra de Dios, que está destinada a echar raíces profundas.

El Señor dice,

“En cambio, lo sembrado en tierra buena, representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

Créeme.

Si permites que la palabra de Dios entre en tu mente y tu corazón, te cambiará.

Si le prestas la atención que se merece, la riegas, la cultivas, crecerá en ti. Y dará frutos, treinta, sesenta, ciento por uno.

Te hará más generoso.

Te dará alegría y serenidad y confianza en Dios.

La palabra de Dios, entonces, logra su propósito, si se lo permitimos.

Si cooperamos con ella.


R.Barron

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