top of page

Filosofía Medieval, 9. San Buenaventura: un contrapunto. Juan Luis Lorda

San Buenaventura, contemporáneo de Santo Tomás de Aquino y figura cumbre de la tradición agustiniana en la escolástica. A diferencia del enfoque más aristotélico de los dominicos, Buenaventura representa la gran síntesis franciscana, donde el saber se orienta hacia la unión mística y el amor.


Vida, obra y pensamiento de san Buenaventura

El texto presenta una introducción a la figura de san Buenaventura de Bagnoregio, uno de los grandes maestros de la filosofía y la teología medievales. Se le estudia en relación con santo Tomás de Aquino, de quien fue casi contemporáneo. Buenaventura era probablemente algunos años mayor, aunque la fecha exacta de su nacimiento es discutida por los estudiosos y suele situarse entre 1217 y 1221. Ambos murieron en el mismo año, aunque santo Tomás falleció unos meses antes.


1. Formación de san Buenaventura en París

Su nombre de nacimiento era Juan de Fidanza, y procedía de Bagnoregio. Se trasladó a París para estudiar Artes, probablemente entre 1236 y 1242. La Facultad de Artes proporcionaba la formación filosófica previa a los estudios superiores de teología. Allí se estudiaban especialmente la lógica, la dialéctica y las disciplinas tradicionales del trivium y el quadrivium.

Durante su estancia en París, Buenaventura conoció a Alejandro de Hales, maestro inglés que había estudiado y enseñado en esa misma universidad. Buenaventura lo consideró siempre su maestro y, en cierto sentido, su padre intelectual.

Alejandro de Hales había ingresado en la Orden franciscana cuando ya era un hombre maduro, alrededor de los cincuenta años. Su entrada tuvo una gran importancia para la presencia académica de los franciscanos, porque llevó consigo la cátedra que ocupaba en la universidad. De este modo, el convento franciscano de París comenzó a contar con una cátedra teológica vinculada a la universidad.

Después de terminar sus estudios de Artes, Buenaventura ingresó también en la Orden de los Frailes Menores y comenzó su formación teológica bajo la dirección de Alejandro de Hales. Recorrió el itinerario académico habitual de la universidad medieval:

  • Primero fue bachiller bíblico, encargado de enseñar y comentar la Sagrada Escritura.

  • Después se convirtió en bachiller sentenciario, dedicado a explicar las Sentencias de Pedro Lombardo, manual fundamental de la teología escolástica.

  • Finalmente alcanzó el grado de maestro o doctor en teología.

Con el tiempo, Buenaventura sucedió a Alejandro de Hales en la cátedra franciscana de París.


2. Las disputas universitarias de París

La actividad académica de Buenaventura se desarrolló en un ambiente de fuertes tensiones. Tanto los franciscanos como los dominicos tuvieron problemas para consolidar su presencia dentro de la Universidad de París.

Los maestros y sacerdotes seculares que ocupaban las demás cátedras se resistían a que los religiosos mendicantes enseñaran en la universidad. Esta oposición provocó conflictos, huelgas y polémicas que duraron varios años. No se trataba únicamente de rivalidades personales, sino también de una discusión sobre el lugar de las nuevas órdenes religiosas dentro de la vida académica y eclesial.

Junto a estas tensiones institucionales se encontraba el gran debate filosófico relacionado con la entrada de las obras de Aristóteles en el mundo universitario occidental. Durante aquellos años aparecían nuevas traducciones y comentarios sobre sus escritos.

Santo Tomás de Aquino recibió ampliamente el pensamiento aristotélico y lo utilizó para desarrollar su filosofía y su teología. Sin embargo, la recepción de Aristóteles provocaba también muchos interrogantes, especialmente por las interpretaciones de Averroes, conocidas como averroísmo.

Entre las cuestiones discutidas estaban:

  • El origen o la eternidad del mundo.

  • La naturaleza del alma humana.

  • La existencia de una sola alma o entendimiento común para todos los seres humanos.

  • La posibilidad de una inteligencia separada.

  • El modo en que se produce el conocimiento humano.

Aunque algunas de estas interpretaciones quizá no correspondieran exactamente al pensamiento de Aristóteles, sus textos podían dar pie a ellas y provocaron intensos debates.

San Buenaventura se mantuvo más distante del aristotelismo que santo Tomás. Pertenecía fundamentalmente a la corriente agustiniana, inspirada en san Agustín y, en último término, en el trasfondo platónico y neoplatónico.

Esto no significa que ignorase completamente a Aristóteles. La lógica, la dialéctica y muchos conceptos aristotélicos ya estaban incorporados a la enseñanza universitaria. Sin embargo, Buenaventura fue más prudente respecto a la utilización de la física aristotélica, su doctrina sobre el alma y algunas de sus explicaciones metafísicas.


3. Ministro general de la Orden franciscana

Después de enseñar durante aproximadamente nueve años en París, san Buenaventura fue elegido ministro general de la Orden franciscana. Este nombramiento interrumpió en buena medida su actividad académica, pues tuvo que dedicar muchos años al gobierno de la Orden.

En aquel momento, los franciscanos atravesaban una situación complicada. Existían tensiones internas sobre la interpretación de la pobreza, la identidad de la Orden, la fidelidad a san Francisco y la relación con la Santa Sede.

Buenaventura aparece en el texto como una persona ponderada, sabia y profundamente cercana al espíritu de san Francisco. Gracias a su equilibrio consiguió encauzar muchas de aquellas tensiones. Su tarea no consistió solamente en resolver conflictos, sino también en dar unidad intelectual y espiritual a la familia franciscana.

Una de sus aportaciones más importantes fue la elaboración y consolidación de planes de estudio para los franciscanos. Los dominicos habían prestado desde el principio una gran atención a la formación académica, mientras que los franciscanos todavía no contaban con una organización educativa igualmente desarrollada. Buenaventura comprendió que la misión evangelizadora de la Orden necesitaba una formación teológica sólida.


4. El Segundo Concilio de Lyon

El papa pidió tanto a santo Tomás de Aquino como a san Buenaventura que participaran en el Segundo Concilio de Lyon. Santo Tomás murió durante el viaje y no llegó a participar en las sesiones.

San Buenaventura, en cambio, llegó al concilio, trabajó intensamente en él y desempeñó un papel teológico muy destacado. El texto lo presenta como el gran teólogo de aquella asamblea. Uno de los objetivos principales del concilio fue intentar la reconciliación y la unión con los cristianos bizantinos.

Buenaventura murió después de haber participado activamente en las sesiones conciliares. Así, el final de su vida quedó unido a un esfuerzo por la comunión de la Iglesia y por la reconciliación entre Oriente y Occidente.


5. Principales obras

La producción escrita de san Buenaventura fue menor que la de santo Tomás de Aquino. Esto no se debió a una falta de capacidad, sino a que tuvo menos tiempo para la enseñanza y la investigación, pues fue llamado relativamente pronto al gobierno de la Orden.

Entre sus obras principales se mencionan las siguientes:

Comentario a las Sentencias

Como todos los grandes maestros medievales, escribió un comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo. Esta obra recoge gran parte de su pensamiento teológico y filosófico y corresponde a la etapa de su formación y actividad universitaria.


Breviloquium

El Breviloquium ofrece un recorrido sintético por los misterios de la fe cristiana expresados en el Credo. Trata también cuestiones como la condición de las criaturas y la relación de la creación con Dios. Por eso, aunque es una obra teológica, contiene elementos de gran interés filosófico.

Cuestiones disputadas

Buenaventura escribió varias quaestiones disputatae o cuestiones disputadas. Eran cursos monográficos desarrollados mediante el método dialéctico de la universidad medieval. Se formulaba una cuestión, se presentaban argumentos a favor y en contra y, finalmente, el maestro ofrecía una solución razonada.

Estas cuestiones solían desarrollarse durante varias sesiones y trataban principalmente asuntos teológicos, aunque inevitablemente incluían problemas filosóficos.


Reductio artium ad theologiam

Esta breve obra, cuyo título puede traducirse como «Reducción de las artes a la teología», explica cómo los diferentes saberes humanos se relacionan con la teología.

El término “reducción” no significa eliminar las demás ciencias, sino conducirlas hacia su fundamento y finalidad última. Buenaventura intenta mostrar que los conocimientos adquiridos en la Facultad de Artes —lógica, filosofía, disciplinas del trivium y del quadrivium— pueden integrarse dentro de una visión unitaria del saber iluminada por Dios.

En la universidad medieval existían diferentes ámbitos del conocimiento, como la filosofía, la teología, el derecho y la medicina. Buenaventura considera que todos ellos poseen su valor propio, pero que encuentran su sentido más profundo cuando se orientan hacia la sabiduría teológica.


Itinerarium mentis in Deum

La obra de mayor interés filosófico y espiritual es el Itinerario de la mente hacia Dios. En ella Buenaventura describe el camino que sigue la mente humana para elevarse desde el mundo creado hasta Dios.

No es simplemente un tratado abstracto sobre la existencia divina. Es un análisis de la interioridad humana y, al mismo tiempo, un camino espiritual. Su antropología está profundamente inspirada en san Agustín: el ser humano puede descubrir la presencia de Dios no solamente contemplando el universo exterior, sino entrando dentro de sí mismo.


6. Influencia de san Agustín y del Pseudo-Dionisio

El pensamiento de Buenaventura recibe dos influencias fundamentales.

La primera es san Agustín, de quien toma la importancia de la interioridad, la iluminación divina, la primacía del amor y la búsqueda de Dios dentro del alma.

La segunda es Dionisio Areopagita, conocido actualmente como Pseudo-Dionisio. Este autor se presentó como si fuera un personaje del siglo I, pero sus escritos aparecen documentados por primera vez en Siria hacia comienzos del siglo VI.

Su pensamiento depende en buena medida del neoplatonismo de Proclo. Dionisio desarrolló una teología mística en la que la mente se eleva hacia Dios mediante un proceso de afirmación, purificación y superación.

En un primer momento, la persona se apoya en:

  • Las realidades materiales.

  • Las comparaciones espirituales.

  • Los nombres atribuidos a Dios.

  • Las expresiones de la Sagrada Escritura.

Pero, a medida que asciende, debe reconocer que Dios supera todas esas imágenes y conceptos. La mente tiene que ir prescindiendo progresivamente de ellos, porque ninguna representación humana puede expresar plenamente el misterio divino.

Buenaventura recibe esta tradición, aunque la desarrolla de manera original y específicamente cristiana y franciscana.


7. El estilo intelectual de Buenaventura

Una característica llamativa de san Buenaventura es su gusto por las divisiones, las correspondencias y las estructuras numéricas. Divide sus explicaciones en tres, cuatro o más partes y relaciona unas realidades con otras.

Algunas de estas divisiones pueden parecer artificiosas, pero muchas resultan luminosas. Le permiten mostrar la unidad del universo, del alma y de la revelación. Para Buenaventura, la realidad no es un conjunto desordenado de elementos, sino una creación llena de relaciones, símbolos y correspondencias que conducen hacia Dios.

Este modo de pensar aparece especialmente en el Itinerario de la mente hacia Dios, organizado como una subida progresiva mediante diversos grados o escalones.


8. El itinerario de la mente hacia Dios

El Itinerarium describe un camino compuesto por siete etapas o escalones. El texto no desarrolla detalladamente cada uno, pero presenta sus grandes movimientos.

El punto de partida consiste en contemplar las huellas o vestigios de Dios en el universo. La creación material no es Dios, pero procede de Dios y conserva alguna semejanza con su Creador.

Después, la mente contempla esos vestigios en el mundo sensible, es decir, en las cosas que conocemos mediante los sentidos. La belleza, el orden, la proporción y la existencia misma de las criaturas remiten a una causa superior.

El siguiente movimiento consiste en entrar en la interioridad humana. Allí encontramos la inteligencia, la voluntad, la memoria y la libertad. En el ser humano ya no se habla solamente de vestigio, sino de imagen de Dios.

Desde la interioridad, el pensamiento se eleva hacia la unidad de Dios. Buenaventura considera el nombre divino revelado en el Éxodo: «Yo soy el que soy». El ser expresa la unidad, la plenitud y la estabilidad de Dios.

Posteriormente se pasa a la contemplación de la Santísima Trinidad, cuyo nombre se relaciona con el bien. Buenaventura, siguiendo la tradición agustiniana y platónica, concede una enorme importancia al bien. El bien tiende a difundirse, comunicarse y entregarse; por eso ayuda a comprender la vida trinitaria como comunión y don.

Finalmente se llega al éxtasis, es decir, a la superación de la actividad puramente discursiva. La inteligencia ha recorrido todo lo que podía recorrer y llega un momento en que debe descansar. Ya no puede seguir avanzando mediante conceptos, razonamientos o comparaciones.

Entonces el afecto, el deseo y el amor entran en Dios. No se trata de despreciar la inteligencia, sino de reconocer sus límites. El amor puede alcanzar personalmente a aquel que la razón solo puede comprender de manera parcial.


9. Las criaturas como vestigios de Dios

Una idea central de Buenaventura es que toda obra conserva alguna semejanza con su autor. Cuando una causa produce algo, deja en su efecto algún reflejo de sí misma, aunque sea lejano e imperfecto.

Así sucede con la creación. Las cosas materiales son un reflejo lejano de Dios. No poseen la plenitud divina, pero su existencia, belleza y orden pueden interpretarse como vestigios del Creador.

Dios es la causa última que explica que las criaturas existan. Por eso, contemplar el mundo puede convertirse en el primer paso de un camino hacia Dios.

Esta visión posee un profundo sentido franciscano. El universo no es un obstáculo que deba ser rechazado, sino una creación que habla de su Autor. Las criaturas se convierten en signos que invitan a la alabanza, la admiración y el reconocimiento de Dios.


10. El ser humano como imagen de Dios

Cuando se pasa de las criaturas materiales al ser humano, ya no basta hablar de vestigio. El hombre es imagen de Dios, porque posee capacidades espirituales que reflejan de un modo más profundo al Creador.

Entre esas capacidades se encuentran:

  • La inteligencia.

  • La voluntad.

  • La libertad.

  • La capacidad de amar.

  • La posibilidad de entrar en la propia interioridad.

Esta afirmación tiene una inspiración teológica, pues procede de la doctrina bíblica de la creación del hombre a imagen de Dios. Sin embargo, también plantea una cuestión filosófica: ¿cómo explicar que en el mundo existan seres dotados de inteligencia y libertad?

Buenaventura considera que la existencia de una inteligencia y de una libertad humanas remite a una causa proporcionada, es decir, a una causa que sea también inteligente y libre. La imagen de Dios en el ser humano no es solamente una afirmación religiosa, sino también una clave para comprender filosóficamente la dignidad y la estructura espiritual de la persona.


11. Relación entre fe y razón

El texto destaca que los autores escolásticos distinguían entre la fe y la razón, pero no las separaban. No confundían la filosofía con la teología, pues sabían que cada una utiliza principios y formas de argumentación diferentes.

La razón natural conoce mediante:

  • La experiencia.

  • La evidencia.

  • La demostración.

  • La argumentación filosófica.

La fe, en cambio, recibe las verdades comunicadas por la revelación divina.

Por ejemplo, la estructura de la interioridad humana puede estudiarse filosóficamente. Sin embargo, la vida íntima de Dios y el misterio de la Trinidad pertenecen a la revelación y a la teología.

La unión entre ambos saberes no es una mezcla desordenada. Buenaventura sabe cuándo argumenta filosóficamente y cuándo parte de la fe. Pero considera que las dos fuentes proceden del mismo Dios y, por tanto, no pueden contradecirse verdaderamente.

En san Buenaventura, la fe ocupa una posición prioritaria. Su actitud se aproxima a la de san Anselmo: primero somos creyentes y después utilizamos la razón para comprender mejor aquello que creemos. La filosofía ayuda a profundizar, aclarar y ordenar intelectualmente la fe.

Esta prioridad de la fe no elimina la filosofía. Precisamente al intentar comprender racionalmente la fe, Buenaventura desarrolla una auténtica reflexión filosófica.


12. Inteligencia y amor en el conocimiento de Dios

En la parte final del itinerario aparece la relación entre conocimiento y amor. Cuando la mente se aproxima a Dios, la inteligencia alcanza un límite. Puede conocer muchas cosas verdaderas acerca de Dios, pero no puede abarcar su misterio infinito.

El amor, en cambio, puede llegar directamente a la realidad amada. Una persona puede amar algo o a alguien sin comprenderlo completamente. Aplicado a Dios, esto significa que la inteligencia llega hasta donde puede, mientras que el amor establece una unión personal con Él.

Esta posición suele asociarse a la tradición agustiniana y franciscana, que subraya la primacía del amor. La tradición tomista concede una especial importancia a la inteligencia. Sin embargo, el texto advierte que la oposición no debe exagerarse.

También santo Tomás reconoce que el amor llega de algún modo donde la inteligencia no alcanza, porque el amor se dirige al objeto mismo, mientras que el conocimiento lo recibe según la capacidad limitada del sujeto.

Por tanto, inteligencia y amor no se excluyen. No se puede amar completamente lo que no se conoce en absoluto, pero tampoco basta conocer intelectualmente a Dios. El camino culmina cuando el conocimiento se transforma en amor, adhesión y comunión.


Síntesis general

El texto presenta a san Buenaventura como un pensador en quien se unen de manera excepcional la vida franciscana, la teología escolástica, la filosofía agustiniana y la experiencia mística.

Fue maestro en París, discípulo de Alejandro de Hales, ministro general de los franciscanos y teólogo destacado del Segundo Concilio de Lyon. Dentro de la Orden logró encauzar tensiones internas y establecer una formación académica más sólida.

Filosóficamente se distanció de una aceptación amplia del aristotelismo y se situó principalmente dentro de la tradición de san Agustín, enriquecida por la influencia del Pseudo-Dionisio. Su pensamiento no busca construir un sistema filosófico separado de la vida cristiana, sino mostrar cómo todos los saberes, todas las criaturas y todas las capacidades humanas encuentran su origen y su plenitud en Dios.

Su gran aportación consiste en presentar la existencia como un itinerario de regreso a Dios:

  1. El ser humano contempla las huellas de Dios en el universo.

  2. Descubre esas huellas en las cosas sensibles.

  3. Entra dentro de sí mismo y reconoce la imagen divina en su inteligencia, libertad y voluntad.

  4. Se eleva hasta Dios como ser absoluto y fundamento de todo.

  5. Contempla a Dios como bien supremo y comunión trinitaria.

  6. Purifica sus conceptos y representaciones.

  7. Finalmente, la inteligencia descansa y el amor entra en el misterio divino.

Para Buenaventura, conocer no consiste solamente en acumular conceptos. El verdadero saber debe conducir a la sabiduría, y la sabiduría culmina en la unión amorosa con Dios. La creación es camino, la interioridad es santuario, la razón es instrumento, la fe es luz y el amor constituye la meta definitiva.




En la página ⁠⁠https://www.juanluislorda.com/⁠⁠ se pueden encontrar otros vídeos, audios, un amplio conjunto de artículos sobre teología del siglo XX, presentaciones y libros.


Comentarios


bottom of page