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LA VIDA CONSAGRADA,TESTIGO DE FRATERNIDAD EN PERIFERIAS Y FRONTERAS. Cristóbal. Arz. Rabat

INSTITUTO TEOLOGICO DE VIDA RELIGIOSA

49-50 SEMANA DE LA VIDA CONSAGRADA


INTRODUCCIÓN

Agradezco a los organizadores la invitación a participar de esta Semana de la Vida Consagrada, porque me ha obligado a repensar mi experiencia de vida religiosa personal, me ha ayudado a rezar y me da ahora la oportunidad de compartir.

No soy teólogo ni menos especialista en vida religiosa; tampoco soy filósofo ni sociólogo ni nada que se le parezca; eso sí, soy un cristiano religioso, hijo de Don Bosco, salesiano, y, por tanto, educador por vocación; también comunicador y

divulgador al servicio de la educación y de la evangelización.


¿Por qué me invitan, pues?

Seguramente porque soy cardenal, y así como queda bien un florero encima de la mesa, también viste y decora un cardenal en medio de la semana, más aún si se le añade el toque exótico de estar en Marruecos.


“No tengan miedo a las periferias, porque el Espíritu habla desde allí”, dijo el Papa

Francisco hace dos días cuando intervino en la apertura de esta Semana.


1.-“YO SOY YO Y MIS PERIFERIAS”.

El tema que se me pidió tiene como título “La vida consagrada, testigo de fraternidad en periferias y fronteras”  Debo comenzar explicitando desde qué periferias hablo Hablo desde la periferia de la emigración: siendo aún bebé, mi familia emigró desde Andalucía a Cataluña; de manera que siempre fui andaluz en Cataluña y catalán en Andalucía; como luego me tocó ser español en Paraguay, Bolivia y Marruecos y paraguayo o marroquí en España. El ser emigrante me ha ayudado a comprender que todos somos peregrinos en este mundo, que nuestra patria verdadera y definitiva es el Reino y que, mientras tanto, toda patria es la nuestra. “Mi casa es el mundo; mi familia, la humanidad”, es un eslogan que me ha iluminado y guiado durante toda mi vida desde la juventud.


Hablo desde la periferia de los barrios de extrarradio, barrios populares y obreros de grandes ciudades: el Santo Cristo en Badalona, donde pasé mi infancia, y la Verneda en Barcelona, que me acogió durante 11 años como joven salesiano, donde fui ordenado sacerdote y viví mis primeros cinco años como tal.


Hablo desde la periferia económico-social-étnica de los barrios y ambientes marginales: 11 años de convivencia y trabajo con los gitanos de La Perona-Barcelona (pegado a La Verneda), el barrio más degradado y miserable que he conocido, incluyendo los que he visto en África y América.


Hablo desde la periferia del Tercer Mundo: América Latina, concretamente Paraguay y Bolivia. Misma lengua, misma religión… pero distinta cultura (religiosidad popular, afectividad a flor de piel, amistad y hospitalidad, pobreza, desigualdad e injusticia, corrupción)


Hablo desde la periferia eclesial de Marruecos y el norte de África: cristianos en minoría absoluta en medio de una aplastante mayoría musulmana; 30.000 católicos entre 37 millones de musulmanes, no llegamos a ser el 0,08% Lógicamente todas estas periferias han ido moldeando mi identidad y mi personalidad, de manera que, cuando hablo, hablo desde ellas aun sin pretenderlo.


Todos somos hijos de nuestra experiencia y de nuestra historia, de manera que, parafraseando a Ortega y Gasset, puedo decir “yo soy yo y mis periferias… y si no las salvo a ellas, no me salvo yo”.

La educación (por cierto, educación religiosa congregacional, salesiana concretamente), funcionando como ascensor social, me dio la posibilidad y los instrumentos como para saltar desde la periferia al centro, escapando de situaciones que producen marginación y exclusión. Pero he de reconocer y proclamar que la vida consagrada religiosa me ha dado la motivación, la vocación y la posibilidad de volver voluntariamente a esas periferias en las que muchos paisanos y algunos familiares míos han permanecido obligatoriamente.


Mi vocación “misionera”, aparte de tener raíces bíblicas y religiosas, tiene también un fuerte componente social, una motivación sociológica: unir mi destino al de los excluidos, no al de los que excluyen; estar al lado y sufrir si hace falta con los que sufren la inequidad y las desigualdades, y no apoyar a quienes las causan. Porque, lo repito, “yo soy yo y mis periferias, mis circunstancias… y si no las salvo a ellas, no me salvo yo”.


Gracias, Vida Religiosa, por haber despertado y potenciado en mí el espíritu crítico y la solidaridad, la rabia ante la injustica y las desigualdades, así como las ganas y la decisión de hacer algo, de trabajar por mejorar el mundo, de dar la vida por construir el Reino de Dios. Y de hacer todo esto motivado por la fe en Cristo, con la

alegría que da la esperanza y por amor a mis hermanos, especialmente los más pobres.

(Entre paréntesis: ¿no es esto evangelizar?)


2.-ALGUNAS CONVICCIONES QUE LAS PERIFERIAS HAN FORJADO EN MI

-52 años de vida religiosa (hice mi primera profesión con 16 años, nada raro en ese tiempo)

-la experiencia de haberla vivido largos años en España, Paraguay, Marruecos y Bolivia, así como en períodos cortos en Francia, Italia y diversos países de América

Latina,

-y la pluralidad de tareas educativo-pastorales ejercidas (enseñanza a todos los niveles, formación profesional, promoción social, educación en el tiempo libre, educación de la fe, asociacionismo juvenil, comunicación social y 24 largos y estupendos años en la animación y gobierno de comunidades y provincias religiosas), me han ayudado a ir sedimentando, sobre todo en los últimos años, algunas convicciones que quiero compartir ahora y aquí.


2.1.-La vida consagrada vale por lo que es, no por lo que hace

Salimos a la vida apostólica como jugador reserva de fútbol que salta al campo para jugar los últimos 15 minutos: dispuestos a encarrilar el partido, a arreglar el mundo, a transformar la realidad, a corregir el rumbo incluso de los astros celestes si falta hiciere.

Y hacemos muchas cosas, y buenas… Pero nunca es suficiente; el mal parece tener una especial capacidad de reproducirse; las desgracias y catástrofes, físicas o de origen humano, siguen pegándose o cayendo, como pulgas en perro flaco, sobre la piel de los pobres. Pasan los años… y tenemos que reconocer, humildemente, que todo está por hacer todavía, que no nos hemos comido el mundo. Y demos gracias si el mundo no se nos ha comido a nosotros: nuestra salud, nuestro tiempo, nuestra juventud, nuestras fuerzas y energías, nuestro optimismo y entusiasmo, nuestras ilusiones y utopías…

Hemos de dar gracias a Dios si conservamos la esperanza: es verdaderamente un regalo de Dios, porque motivos para desesperar no faltan.

Hemos hecho la experiencia de que “no podemos comernos el mundo; y que, a veces, el mundo nos come”

Pero esta experiencia sangrante de nuestro límite, de nuestra pobreza, de nuestra ineficacia, además de mantenernos o hacernos humildes, nos ayuda a descubrir que el valor de la vida consagrada no está en lo que hace y consigue sino en lo que es y testimonia

.

“La Vida Consagrada no es un ejército de especialistas”

No somos el GEO de la Iglesia. Los salesianos, para los jóvenes; las hermanitas de los desamparados, para los ancianos; los dominicos para la predicación; los jesuitas para la formación de las élites; las misioneras de la caridad, para los moribundos y los más pobres, etc.

Dejemos de definirnos por lo que hacemos; es más importante lo que somos, lo que vivimos y cómo lo vivimos.

"Sólo por tu amor, por tu amor únicamente, te perdonarán los Pobres el pan que tú les das”, decía San Vicente de Paúl a sus hijas.

“La obra realizada continuará, o quizás no continuará. Pero lo que queda para siempre es el testimonio de amor que habréis podido dar en nombre de Cristo. El Espíritu de Dios enraiza en el corazón de aquellos con quienes vivís el amor que les demostráis con los actos concretos de cada día, el amor que os anima al trabajar en toda obra humana en este país” (Juan Pablo II, Casablanca, homilía el 19 de agosto de 1985)

A la pregunta sobre qué hacía cada religiosa de una comunidad en Marruecos, la mayor de ellas, que llegó cuando todas habían respondido relatándome sus actividades, me dijo: “Antes que nada, yo estoy aquí para hacer fraternidad, comunidad”. Después me dijo que trabajaba en la enfermería de la escuela, que lavaba los purificadores y ornamentos de la parroquia, etc.

El valor de nuestro modo de vida está en ser como Dios, uno y trino. La Vida Consagrada es una realidad única, pero con tres dimensiones inseparables e indispensables: la altura de la consagración, la anchura de la comunión y la profundidad de la acción transformadora. Todo ello vivido en el amor y por amor.


2.2.-El objetivo es el Reino; lo demás son medios

“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura”

Dejemos de identificar la misión con las actividades que realizamos.

Hablemos de la Misión con mayúscula, que es la misma para todos: ser signos del Reino; diría más, ser sacramentos (signos eficaces) de ese Reino cuyo anuncio, inauguración e instalación constituyó y constituye la misión de Jesucristo. Hace 2000 años la realizó el Cristo, la Palabra del Padre, encarnada en Jesús de Nazaret; hoy la sigue haciendo el Cristo vivo a través de su Cuerpo que es la Iglesia, que somos cada uno, que somos todos.

Que cada congregación o instituto realice la Misión única a través de actividades o misiones diferentes es algo sumamente enriquecedor, porque nadie puede encarnar al Cristo completo por sí solo. Pero todos participamos de su ser, de su vocación y de su misión.

Para escandalizar a algunos timoratos, suelo divertirme diciendo que yo, como obispo, no trabajo por la Iglesia y para la Iglesia. Ante su extrañeza, les aclaro que trabajo en Iglesia y como Iglesia que soy… en favor del Reino y por el Reino de Dios.

La Iglesia es signo e instrumento de ese Reino, pero no es el Reino; la Iglesia es la servidora del Reino. Si María respondió al ángel diciendo “aquí está la servidora del Señor”, la Iglesia, de la que María es madre y arquetipo, debe decir también “aquí está la servidora del Señor y de su Reino”

Fue la Iglesia de Marruecos la que me posibilitó descubrir vivencialmente este principio de que el objetivo es el Reino, y no el engordar o inflar el globo de la Iglesia.

Y me hizo pensar que hay lugares en los que hay “mucha Iglesia, pero poco Reino”; y que podría haber otros lugares donde exista “poca Iglesia, pero bastante Reino”. ¡Qué alegría la mía al escuchar al Papa Francisco, años después, formular todo esto diciendo que la Iglesia no puede ser, no tiene ser que autoreferencial! El punto de referencia es el Reino; la Iglesia no trabaja para sí misma, no se mira el ombligo… y lo mismo debe afirmarse de cada Congregación, de cada comunidad y de cada cristiano.

Todo esto tiene consecuencias concretas, y aquí va mi tercera convicción.


2.3.-El valor del signo no reposa sobre la cantidad

“Menos preocupación por las obras, ninguna por el número”

Sí, dejemos de preocuparnos excesivamente, dejemos de angustiarnos por las obras.

Nuestro objetivo no es resolver todos los problemas educativos o sanitarios del mundo o de un determinado territorio. Cristo mismo curó a unos cuantos leprosos y ciegos, pero no a todos; sus milagros, que muy llamativamente San Juan designa siempre como “signos” y no como milagros, no son sólo ni principalmente curaciones puntuales que resuelven el problema de una persona, sino actos cargados de un mensaje de alcance universal. Son signos, expresiones de algo que va más allá de la realidad material. Dando la vista a un ciego, Jesús nos dice: “Yo soy la luz del mundo”… (y también “vosotros sois la luz del mundo”). Resucitando a Lázaro o al hijo de la viuda de Naim, Jesús nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida”

Podemos preguntarnos: ¿De qué mensaje van cargados nuestros actos? ¿De qué

son signo nuestras actividades? ¿Qué mensaje pueden leer nuestros contemporáneos en nuestras obras?

Por poner un ejemplo: que tengamos en España 1000 centros educativos o 500 no debería preocuparnos en exceso. La pregunta y la preocupación es si esos centros, muchos o pocos, son significativos, es decir, si son signos, si lanzan un mensaje a la sociedad.


Y la significatividad puede venir por diversas razones y caminos:

-Por estar al servicio de los más pobres

-Por ofrecer una educación alternativa y de calidad, siendo ejemplo y propuesta

para otros

-Por ser un centro generador e irradiador de vida, de comunión, de cultura, de

fraternidad, de familia… allí donde están enclavados.

-Por lanzar a la sociedad sucesivas generaciones de ciudadanos honrados y a la

Iglesia de buenos cristianos.


Lo mismo puede decirse de otro tipo de obras: sanitarias, sociales, culturales… y religiosas, como las parroquias.

Sí, dejemos de preocuparnos excesivamente por el número y preocupémonos por

la autenticidad de nuestra vida.

Juan Pablo II solía invitar a comer a los obispos que hacían la visita ad límina para concluirla. Estando a la mesa con los obispos de la CERNA (Conferencia Episcopal de la región norte de África), les decía: “Yo les comprendo a ustedes, los cristianos del norte de África, que están viviendo en minoría en un ambiente musulmán; porque la Iglesia es antes que nada signo, y de un signo lo que se espera es que sea bello y auténtico, no que sea grande. Un enamorado, para expresarle su amor a su enamorada, no necesita regalarle un camión de rosas; basta una, pero que sea bella y, sobre todo, que responda a un sentimiento auténtico”.

No somos dueños ni podemos controlar la cantidad de seguidores que podamos

tener; no está en nuestra mano. No se nos pedirá cuenta de algo (el número de “vocaciones”) que no depende exclusiva ni principalmente de nosotros. Pero sí se nos pedirá cuenta de si hemos vivido o no con autenticidad, con coherencia y con

radicalidad la vocación a la que hemos sido llamados.

Al fin y al cabo, y hablando de vocaciones, si hay algo que estira a otros, es nuestro testimonio de vida, la alegría constante expresada en un rostro sonriente, el entusiasmo en el hablar de lo nuestro, el amor que transpiramos en torno, el testimonio de una vida consagrada, entregada y ofrecida, una comunidad fraterna y gozosa; en resumen, estira el ver personas felices… y echaría para atrás el ver solterones y solteronas coexistiendo en ambientes cerrados y malsanos y llenos de viejos cascarrabias y malhumorados.


Ya hace muchos años (46 concretamente), el ahora San Pablo VI decía: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio"; (Evangelii Nuntiandi 41)

Y esta frase me da pie para pasar a la cuarta convicción.


2.4.-La evangelización es, antes que cualquier otra cosa y durante todo su proceso, una cuestión de testimonio

Sí, la Buena Nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio. Me permito ofreceros otro hermoso texto de Pablo VI en el mismo y maravilloso documento, la Evangelii Nuntiandi. Dice así:

“Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno.

Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar.

A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización. Son posiblemente las primeras preguntas que se plantearán muchos no cristianos…, Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores” (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 21)


La evangelización no es una cuestión oral, sino vital; no es cuestión de llevar el evangelio o la Biblia en verso debajo del brazo, sino de llevar la Palabra, la Buena Nueva, encarnada en el pensamiento, en el sentimiento y en la acción.

Se trata, dice la Evangelii Nuntiandi, de “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad” (EN 19) Y añade: “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: "He aquí que hago nuevas todas las cosa"(EN 18)

Me indigno cuando algunos –curas y monjas incluidos-, en Marruecos, dicen:

“Porque, ya sabemos, aquí no podemos evangelizar” Doy un puñetazo en la mesa y

digo: “El que esté convencido de que aquí no podemos evangelizar, que se vaya;

porque una Iglesia que no evangeliza, ni es Iglesia ni es nada”

Y les cuento lo que mi predecesor, Monseñor Vicente Landel, nos decía muchas

veces a los cristianos de Marruecos: “Acordaos que vosotros sois el único Evangelio

que los musulmanes leerán: un evangelio vivo. Ellos no comprarán una Biblia

seguramente, pero en vuestra vida deben poder leer y ver el evangelio de Jesús”

La Vida Consagrada es signo y testimonio de comunión, de fraternidad, de los

valores del Reino, de ese Reino que prefiguramos y anticipamos ya aquí con nuestra

vida. Y esto me enlaza con la quinta convicción.

2.5.-“Yo soy tu Evangelio, Señor; yo soy tu Palabra viviente”

Yo soy tu Evangelio, Señor; yo soy tu Palabra viviente;

Que lea en mi vida la gente, tu claro mensaje de amor:

yo soy tu Evangelio, Señor.

(Letra de la aclamación que se canta frecuentemente en Paraguay antes del Evangelio, en las

misas de Cuaresma, cuando obviamos el aleluya)

Evangelizar consiste en impregnar con esa Palabra viviente todas las realidades

humanas, para transformarlas a la luz del Evangelio y según el Evangelio. Cuando hablo

de realidades humanas me refiero a la política, la economía, el mundo empresarial, los

sindicatos, el arte, la cultura, la comunicación, el deporte, la familia, las relaciones

sociales, el mundo asociativo, la educación, el comercio, el turismo, la sexualidad y la

vida afectiva, las amistades…

Cuando hacemos eso, ocurre como dice el salmo: “El cielo proclama la gloria

de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje,

la noche a la noche se lo susurra” Y entonces ocurre lo extraordinario con nuestro

testimonio, con nuestras obras: que “sin que hablen, sin que pronuncien, sin que

resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su

lenguaje”

Definitivamente: no se evangeliza con la boca, al menos sólo con la boca. Lo

que decimos sólo tiene sentido y eficacia si va precedido, acompañado y sostenido por

lo que hacemos y, más aún, por lo que somos.

2.6.-La Encarnación es un proceso en acto permanente e inacabado, no tanto una

estrategia puntual.

Dios, cuando tuvo que rehacer su plan en relación a la humanidad y a la

creación, eligió el camino de la encarnación para salvarnos. Envió a su Hijo al mundo,

no para condenarlo, sino para salvarlo. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre

nosotros.

Desde ese momento, la Encarnación es un principio teológico que inspira toda la

vida cristiana y debe impregnar toda acción evangelizadora y pastoral.

Algunos, y yo estoy entre ellos, gustan de presentar la Encarnación no solo como

un acontecimiento puntual que tuvo lugar en un momento de la historia y en un lugar

geográfico, sino como un proceso permanente e inacabado, por el cual Dios, lejos de

quedarse encerrado en sí mismo y alejado de su creación, tomó cuerpo en Jesús de

Nazaret y lo sigue tomando en todos y cada uno de nosotros. ¿No nos dijo Jesús, acaso,

que el Padre y Él vendrían y harían morada en nosotros? ¿No creemos acaso que

nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? ¿No hablan los teólogos de inhabitación

trinitaria?

En todo caso, lo que hizo Dios para salvar al mundo, tenemos que seguir

haciéndolo nosotros: debemos encarnar a Dios en nosotros, en nuestra cultura, en

nuestra sociedad, en nuestro mundo… si queremos contribuir a su salvación.

La vida consagrada está particularmente llamada a encarnar el Evangelio allí

donde está, y su vocación es la de estar en las periferias y en las fronteras. Por eso

surgió, como un camino de renovación de la vida consagrada, el movimiento de

comunidades insertas en medios pobres o populares, que, en América Latina, pero no

sólo, ha hecho mucho camino.

El consagrado se encarna, se incultura, se inserta… Aprende la lengua, conoce la

cultura, la geografía y la historia, ama al pueblo con el que comparte la vida, se hace en

todo igual a él… menos en el pecado. ¿No es eso lo que hizo la Palabra que se hizo

carne, el Consagrado por excelencia, que es Cristo? Y ello sin dejar de ser lo que era,

sin perder su identidad, sin transformarse en otro sino siendo siempre igual a sí mismo.

2.7.-Hay que hacer éxodo para vivir en la periferia.

La vida consagrada debe estar siempre en salida hacia la frontera.

Estar en las periferias, lugar natural de la vida religiosa, no es una cuestión

geográfica. No es necesario desplazarse físicamente para vivir en la periferia. Es

cuestión de actitud interior y de opción personal. Se puede estar físicamente en el peor

lugar del mundo sin encarnarse en él… y se puede vivir físicamente en el centro

teniendo el corazón y la mente en las periferias.

Es fundamental vivir en actitud de salida, de apertura, de encuentro con el otro…

Hacer de nuestra vida una historia de encuentros personales y profundos a la

espera del Encuentro definitivo, para el que debemos llegar debidamente entrenados y

preparados.

Nos puede venir bien meditar sobre Abraham (“Sal de tu tierra”); sobre Moisés y

el éxodo del pueblo de Israel; sobre Jonás, su misión en Nínive y su “espantá”; sobre la

Sagrada Familia emigrando, perseguidos y refugiados, a Egipto; sobre Jesús recorriendo

los caminos polvorientos de todo su país; sobre Pablo, el itinerante de Cristo.

Sólo si hacemos éxodo, si abandonamos nuestra zona de confort, si estamos

dispuestos a soltar amarras y a echar lastre por la borda, seremos constructores de esa

Iglesia en salida de la que el Papa Francisco no para de hablar.

3.-PROPUESTAS Y DESAFÍOS

3.1.-Recuperar la esencia de la vida consagrada

Una vida religiosa que valora lo que es para el mundo:

-un testimonio de fraternidad y de comunión;

-un compromiso de servicio a los más pobres;

-una experiencia radical de vivencia del Evangelio y de ser para los demás: para

Dios y para todos.

Comunión, consagración y servicio, el trípode unitario de la vida religiosa y

consagrada.

Testimonio de comunión, porque la comunión es el signo más eficaz de la

evangelización. Testimonio de fraternidad vivida más allá de cualquier nacionalismo,

diferencia de edad y de formación, manera de pensar o incluso de actuar. Testimonio de

servicio generoso y gratuito, porque la caridad nos urge y los pobres nos necesitan.

Testimonio de entrega y abandono totales en las manos de Dios, porque es el único

Señor de nuestra vida.

“La cara más reconocida de la Iglesia es la acción social y en este empeño

estamos la mayoría de las congregaciones... La cercanía a los pobres es el

testimonio más visible y convincente del Evangelio. Sigamos por esta vía y

vivámosla con la profundidad y el sentido que le da nuestra relación con Dios y

con Cristo en la oración y la Eucaristía y con la coherencia de una vida fraterna

sólida y reconfortante” (Conchi Villarino, Hija de la Caridad de Ksar-l-Kibir,

Marruecos)

Sí, fundemos la vida religiosa en lo esencial, no en el éxito humano o en la eficacia

Seamos testimonio de éxodo y de esencialidad; vivamos y mostremos nuestro

ser peregrino, nuestro ser signo de los bienes futuros, indicadores del camino a seguir,

anticipo y degustación de lo que nos espera a todos y de lo que todos esperamos.

3.2.-Aumentar la autoestima en relación a nuestra vida consagrada

A este fin, debemos educar la mirada, el sentimiento y el pensamiento.

Habituarnos a mirar la realidad, toda realidad, con una mirada benevolente y positiva; a

mantener el corazón abierto, generoso y amoroso; y a generar pensamientos críticos,

creativos y constructivos.

Si esto lo aplicamos a la vida consagrada, sabremos apreciar toda la hermosura

de este género de vida (hace años leí un artículo del entonces presidente de la Confer y

ahora obispo, Luis Ángel de las Heras, sobre la belleza de la vida consagrada; valdrá la

pena recuperarlo)

-Descubriremos en ella la maravilla de la comunión y la fraternidad, testimonio y

signo para un mundo dividido, fragmentado y fracturada.

-Contemplaremos estupefactos el heroísmo de un amor universal y fraterno,

inclusivo y gratuito, testimonio y signo frente a un mundo individualista, en el que el

egoísmo excluye y destruye.

-Apreciaremos la belleza de una vida vivida en la simplicidad y la pobreza,

testimonio y signo frente a un mundo en el que imperan los antivalores de la

acumulación, la ostentación y la apariencia.

-Valoraremos la libertad que genera vivir en obediencia a Dios, dejándose llevar

por Él, en total disponibilidad, testimonio y signo para un mundo que, invocando una

falsa libertad, se deja esclavizar por el individualismo egoísta.

Veamos en la vida consagrada más su hermosura que su eficacia; valoremos más

el ser que el hacer. Veamos una vida religiosa que es un dechado de belleza, una rareza

preciosa, una vida de la que nos sentimos sanamente orgullosos… porque es un milagro

de la “naturaleza”, como un árbol que crece sobre la roca… donde nadie diría que algo

puede germinar y crecer…

3.3.-Incorporar la cruz, vivir la Pascua

No hay resurrección sin muerte, no hay triunfo sin pasión. La Pascua, el

dinamismo pascual, es el componente esencial de toda vida cristiana; con mayor razón,

de la vida consagrada.

Siempre estuvo presente en la vida religiosa esta fuerza generadora y motora de

toda existencia cristiana, pero a veces tomó connotaciones que rayaban en el

masoquismo. Habrán caído en desuso expresiones y realidades como hacer sacrificios y

mortificaciones, practicar penitencias y ayunos y darse disciplinas y azotes; estaban

desenfocadas (fuera de foco) y desenganchadas de la realidad que podía darles sentido:

la Pascua, el lavatorio de los pies, la entrega total a los demás.

Hemos de recuperar el sentido del sufrimiento y del dolor, que no es otro que el

amor. Incorporar a nuestra vida, sí, la cruz; cargarla y llevarla, asumir nuestros límites y

deficiencias, nuestros fallos y pecados, y el pecado de los otros, el pecado del mundo;

sufrir con el que sufre, ser compasivos con todos, amar hasta que duela. Sólo así

podremos vivir la Pascua de la resurrección y de la alegría, del amor y de la paz.

Nuestra vida consagrada tiene que ser una vida pascual.

3.4.-No pidamos ser más, pidamos ser mejores

Es cierto que Jesús nos dice en el Evangelio “pidan al dueño de la mies que

envíe obreros a su mies”. Pero, ¿quién nos ha dicho que esos obreros son sólo los

religiosos y sacerdotes? ¿No están los laicos llamados a trabajar en esa mies?

Teóricamente diremos que sí, pero, si somos sinceros, cada vez que escuchamos la

palabra vocación y esa cita evangélica pensamos en “nuestras vocaciones”, las que van

a engrosar nuestro pelotón y dar continuidad a nuestras obras y comunidades.

Dejemos atrás una pastoral vocacional egoísta, raquítica y miope. No seamos de

aquellos fariseos que recorren cielo y tierra para conseguir un prosélito, y cuando lo

consiguen, le cargan encima todos los fardos que ellos no quieren mover. También

nosotros corremos detrás de algún o alguna joven para, cuando lo tenemos en el bote,

cargar sobre sus hombros las obras que nosotros hemos construido durante 150 años.

No pidamos ser más: pidamos ser mejores, más consecuentes, más coherentes

con la vocación a la que hemos sido llamados. Busquemos el Reino de Dios y su justicia

… y lo demás se nos dará por añadidura.

“El problema no es ser poco numerosos, sino el no ser significativos, ser sal que

no tiene ya el sabor del Evangelio, éste es el problema, o ser una luz que no ilumina ya

nada” (Papa Francisco en Rabat, a los sacerdotes y religiosos, el 31.03.19)

3.5.-¿Por qué no te conviertes en fuego?

“He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero, sino que arda?” “Porque no

eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”

Nuestra vida consagrada anda necesitada de una buena dosis de entusiasmo, de

empatía y simpatía, de ardor y fervor…

Nos hemos instalado tantas veces en la mediocridad… Sí, es cierto, “in medio,

virtus”. Pero una cosa es no irse a los extremos, ser centrado y equilibrado, situarse en

el medio… y otra ser mediocre.

Cuenta la historia que un día el abad Lot fue a ver al abad José y le dijo:

– Padre, en lo que puedo, observo una regla sencilla, hago pequeños ayunos, practico

algo de oración y meditación, guardo silencio y, en la medida de lo posible, procuro

mantener limpio mi pensamiento. ¿Qué más debería hacer? El viejo monje se puso en

pie, alzó las manos hacia el cielo, y sus dedos se convirtieron en diez antorchas

llameantes. Entonces dijo: – ¿Por qué no te transformas en fuego?

Desde Rabat, 20 de mayo de 2021 +Cristóbal López, sdb

Arzobispo de Rabat

(Publicar este recuadro si hay espacio)

DECALOGO DE MONS. KLAUS HEMMERLE, OBISPO DE AQUISGRAN

SER, VIVIR, HACER… (Adaptación a la vida consagrada)

1.-Es más importante cómo yo vivo mi vida religiosa que lo que hago como religioso.

2.-Es más importante lo que hace Cristo a través de mí que lo que hago yo.

3.-Es más importante que yo viva la unidad en la comunidad que lanzarme solo, de cabeza, en

mi apostolado o en mis iniciativas.

4.-Es más importante el servicio de la oración y de la Palabra que el servicio de las mesas.

5.-Es más importante sostener espiritualmente a hermanos y laicos corresponsables que hacer

por mí mismo y solo la mayor parte de trabajos posibles.

6.-Es más importante hacerse presente en pocos puntos centrales con una presencia que irradie

vida, que estar en todas partes a medias y apurado.

7.-Es más importante moverse en unidad que aisladamente, por más capaz que uno sea.

Por lo tanto, más importante que trabajar es co-laborar; es más importante la

communio que la actio.

8.-Es más importante la cruz que los resultados concretos, porque la cruz es más fecunda.

9.-Es más importante la apertura a la totalidad (concretamente a toda la comunidad, a la

provincia, a la Congregación, a la Iglesia local y universal) que los intereses particulares por

más importantes que sean.

10.-Es más importante que sea testimoniada a todos la fe, que satisfacer todas las exigencias

tradicionales.

“El que trabaja por el Reino, hace mucho; el que reza por el Reino, hace más; el que sufre a

causa del Reino, hace todo”

Mons. Klaus Hemmerle (1929-1994), obispo de Aquisgrán, citado por el prof. Wilhelm

Breuning, de la Universidad de Bonn en una jornada de estudio de la Conferencia

Episcopal Alemana el 19.03.99)

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