27 abr
La Hermana muerte acompaña a F.
- Fray Dino

- hace 24 horas
- 2 Min. de lectura
Como en esta celebración somos todos franciscanos, nos vamos a referir a la hermana muerte, así, como San Francisco la recibió, como una hermana,
Al hablar de la hermana muerte, quizá sentimos un pequeño escalofrío.
No solemos invitarla a nuestras conversaciones.
Preferimos hablar de vida, de proyectos, de planes…
y, sin embargo, san Francisco de Asís la llamó “hermana”.
No enemiga. No verdugo. Hermana.
¿Y por qué pudo hacerlo?
Porque había descubierto algo inmenso:
que quien vive unido a Cristo no camina hacia la oscuridad,
sino hacia el abrazo eterno del Padre Dios.
El Evangelio de hoy nos regala una frase preciosa de Jesús:
“Permaneced en mi amor…
para que vuestra alegría llegue a plenitud.”
Qué extraño parece unir alegría y muerte.
Y, sin embargo, el cristiano no niega el dolor de la separación,
las lágrimas ni el vacío.
Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro.
La fe no nos vuelve de piedra.
Pero sí nos da una certeza: la muerte no tiene la última palabra.
es tan sólo un tránsito.
La hermana muerte nos recuerda que no somos eternos aquí.
Que la vida es un regalo prestado.
Que el tiempo no es para acumular cosas,
sino para aprender a amar y a perdonar.
Y eso es lo más importante.
Porque delante de Dios no contarán nuestros éxitos o fracasos,
Contará cuánto hemos amado.
Cuánto hemos perdonado.
Cuánto tiempo regalamos.
Cuántas heridas curamos.
La primera lectura nos mostraba a una Iglesia que aprendía a abrir puertas
y a quitar cargas inútiles sobre los demás.
Y eso también lo enseña la hermana muerte:
todo lo superficial cae. Solo queda el amor.
Y en nosotros el deseo de aprovechar el tiempo para amar y servir.
He visto a muchas personas despedirse de esta vida.
Y nadie dice: “Ojalá hubiera trabajado más.”
Sólo nos queda el deseo de haber amado y servido más.
“Ojalá hubiera perdonado antes.”
La hermana muerte tiene una extraña sabiduría:
nos abre los ojos para ver el mundo de sde los ojos de Dios,
con un poquito de Su sabiduría.
Y para nosotros, los cristianos,
el sentido de la muerte cambió para siempre
la mañana de Pascua.
El sepulcro de Cristo está vacío.
Cristo vive.
Por eso la muerte ya no es un final; sino una puerta.
Una puerta que, con nuestros ojos de carne, da miedo atravesar, sí.
Pero nuestra fe nos deja saber que tras esa puerta
Cristo ya nos espera, su gran abrazo.
Por eso san Francisco pudo cantar:
“Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la ningún hombre puede escapar, Dichosos aquellos que la muerte les encuentra en paz con el Señor.”
La hermana muerte es también para nosotros una caricia de Dios,
para invitarnos a vivir de otra manera:
con menos orgullo,
menos rencor,
menos prisas,
y más Evangelio.
Porque quien aprende a vivir en el amor… también aprende a morir dejando amor.
Amén






























































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