hace 1 hora
27 abr

Joseph Ratzinger escribió una reflexión profundamente actual:
¿Por qué permanezco en la Iglesia?
1. Permanecer en la Iglesia no es algo evidente hoy
Ratzinger reconoce que mucha gente tiene razones para marcharse de la Iglesia. Algunos porque la consideran anticuada o alejada del mundo; otros, precisamente, porque creen que la Iglesia ha perdido su identidad y se ha adaptado demasiado al mundo.
La crisis no es solo de fe sino, sobretodo, de confianza, identidad y sentido eclesial.
Vivimos un tiempo extraño para la fe. Mucha gente se pregunta hoy si merece la pena seguir creyendo, seguir esperando o seguir permaneciendo en la Iglesia. Las crisis, los escándalos, las divisiones internas, las tensiones ideológicas y el cansancio espiritual han provocado que muchos se marchen o se distancien.
2. La Iglesia vive una profunda confusión interna
Describe una Iglesia fragmentada:
entre progresismo y conservadurismo,
entre secularización y tradicionalismo rígido,
entre ruptura con la tradición y apego exagerado a lo externo.
Ratzinger ve peligroso reducir la Iglesia a ideologías: a “ser conservador o ser progresista”.
Para él, esa división empobrece el misterio real de la Iglesia.
Y lo más interesante es que Ratzinger no responde desde la ingenuidad. No habla como alguien que no ve los problemas.
Al contrario: ve con enorme lucidez las heridas de la Iglesia.
Percibe la confusión, las luchas internas, el peligro de convertir la Iglesia en una ideología o en una moda pasajera.
Él mismo describe una Iglesia dividida entre extremos:
unos quieren adaptarla totalmente al mundo moderno;
otros quieren encerrarla únicamente en formas del pasado.
Unos desprecian la tradición;
otros absolutizan lo externo.
Y en medio de todo eso, muchos creyentes sencillos sufren, callan y permanecen.
Ratzinger reconoce incluso algo muy fuerte: que hay personas tentadas de abandonar la Iglesia precisamente porque la aman. Les duele verla herida, debilitada o confundida. Como un enamorado herido que contempla cómo aquello que ama parece perder su belleza.
Sin embargo, él permanece.
Y aquí aparece la pregunta decisiva: ¿Por qué?
3. La verdadera Iglesia suele ser silenciosa
La primera respuesta de Ratzinger es sencilla y profunda:permanece porque la Iglesia no es simplemente una organización humana.
Si la Iglesia fuese solo una institución, un partido, una asociación cultural o un movimiento histórico, probablemente ya habría desaparecido hace siglos. O quizá no merecería la pena permanecer en ella.
Pero para Ratzinger la Iglesia es el lugar donde Cristo sigue actuando.
Y esto lo cambia todo.
Ratzinger no dice:“permanezco porque todo funciona bien”.
Tampoco dice:“permanezco porque todos los cristianos son ejemplares”.
No.
Permanece porque cree que Jesucristo sigue presente en medio de la pobreza humana de la Iglesia.
Permanece porque Cristo quiso necesitar mediaciones humanas:sacramentos,palabras,comunidad,tradición,rostros concretos.
Y eso significa aceptar un misterio difícil:que Dios actúa incluso a través de una realidad herida.
Ratzinger comprende que la Iglesia tiene pecadores, errores y límites.
Pero también comprende que abandonar la Iglesia porque hay pecadores sería parecido a abandonar el Evangelio porque los apóstoles fueron débiles.
Pedro negó a Cristo.
Los discípulos huyeron.
Tomás dudó.
Y, sin embargo, Cristo no destruyó la Iglesia naciente.
La sostuvo.
Aquí aparece otra idea central:
Ratzinger no separa nunca a Cristo de la Iglesia.
Hoy es frecuente escuchar: “Yo creo en Jesús, pero no en la Iglesia”.
Ratzinger diría que esa frase parece espiritual, pero en el fondo termina construyendo un cristianismo individualista, hecho a la medida de cada uno.
Porque Cristo no vino solo a transmitir ideas religiosas.
Vino a reunir un pueblo.
Vino a crear comunión.
Vino a formar un cuerpo.
Por eso permanecer en la Iglesia no significa simplemente conservar una tradición cultural.
Significa aceptar entrar en una comunión que nos supera.
La Iglesia no pertenece ni a los progresistas ni a los conservadores.
No pertenece a una ideología.
No pertenece a una época.
La Iglesia pertenece a Cristo.
Y quizá una de las intuiciones más bellas de Ratzinger es esta:
la verdadera Iglesia muchas veces no es la más visible.
Una de las intuiciones más bonitas del texto:
Ratzinger afirma que la verdadera Iglesia muchas veces no aparece en los debates públicos, sino en:
los creyentes sencillos,
la adoración,
la fidelidad cotidiana,
la paciencia,
la vida bajo la Palabra de Dios.
La Iglesia real no se identifica simplemente con el ruido mediático.
No siempre está en los titulares.
No siempre aparece en los debates.
No siempre domina las redes sociales.
La verdadera Iglesia vive muchas veces escondida:
en una anciana que reza el rosario;
en un sacerdote que celebra humildemente;
en una familia que sigue creyendo;
en unos jóvenes que adoran en silencio;
en una religiosa que sirve;
en una comunidad sencilla que escucha la Palabra de Dios.
4. La Iglesia es santa y pecadora a la vez
La Iglesia tiene pecados humanos, errores históricos,miserias visibles,
pero sigue siendo el lugar donde Cristo permanece actuando.
Ratzinger habla de esos creyentes silenciosos que sostienen el mundo sin hacer ruido.
La Iglesia no se sostiene principalmente por estrategias, estructuras o poder.
La Iglesia se sostiene por la santidad escondida.
También advierte de un peligro muy actual:
reducir la Iglesia a categorías políticas.
Como si todo pudiera dividirse entre “progresistas” y “conservadores”.
Ratzinger ve ahí una gran pobreza espiritual.
Porque el misterio de la Iglesia es mucho más grande que nuestras etiquetas.
La Iglesia nace de la Eucaristía.
Nace de la cruz.
Nace del Espíritu Santo.
No de los análisis sociológicos.
5. No se puede separar a Cristo de la Iglesia
Ratzinger no permanece por ingenuidad ni porque “todo vaya bien”, sino porque cree que Cristo no abandona a su Iglesia.
Para Ratzinger:
amar solo a “Jesús sí, Iglesia no” termina siendo una ilusión individualista.
Cristo quiso reunirse un pueblo, un cuerpo, una comunión visible.
La fe cristiana no es puramente privada.
Y finalmente, Ratzinger permanece porque sabe que fuera de la Iglesia no encontraría a Cristo del mismo modo.
Aquí está el centro de todo.
No permanece porque la Iglesia sea perfecta.
Permanece porque ama a Cristo.
Y porque sabe que Cristo ha querido permanecer en ella, incluso atravesando sus noches y sus heridas.
Permanecer en la Iglesia, entonces, no es un acto de comodidad.
Es un acto de fe.
Es creer que Dios sigue obrando incluso cuando nosotros vemos debilidad.
Es creer que el Espíritu Santo no abandona a su pueblo.
Es aceptar que la santidad de la Iglesia no nace de nuestra perfección, sino de la fidelidad de Dios.
Quizá hoy necesitamos redescubrir precisamente esto:
la Iglesia no vive porque nosotros seamos fuertes;
vive porque Cristo ha resucitado.
Y por eso, incluso en tiempos de crisis, sigue siendo posible permanecer, esperar y amar.
6. La Iglesia no pertenece a una época
Ratzinger critica dos tentaciones:
convertir la Iglesia en pura adaptación al mundo,
o congelarla en un museo del pasado.
La Iglesia debe permanecer unida a Cristo, no a las modas ni a nostalgias.
7. Permanecer es un acto de humildad y fe
Ratzinger no dice: “permanezco porque la Iglesia es perfecta”.
Más bien: permanezco porque fuera de ella no encontraría a Cristo de la misma manera.
La Iglesia es para él:
lugar de sacramentos,
memoria viva del Evangelio,
continuidad apostólica,
comunidad de salvación.
7. Permanecer es un acto de humildad y fe
Hans Urs von Balthasar defiende que el cristianismo sigue siendo verdadero porque:
Cristo es absolutamente único,
el Evangelio responde al deseo más profundo del ser humano,
la historia humana solo se entiende plenamente desde Cristo,
el acontecimiento de Jesús tiene un peso escatológico y definitivo.
“Sigo siendo cristiano y permanezco en la Iglesia no porque ignore sus crisis, sino porque en ella sigue estando Cristo”.
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