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Homilía.28.05.2026

Jesús vino a ofrecer toda su vida al Padre

y a introducirnos dentro de esa ofrenda.

El sacerdote une dos mundos:

el cielo y la tierra,

Dios y el hombre,

la herida y la misericordia.


Toda la historia humana está llena de intentos fallidos de hacer esa unión.

Los hombres levantaron templos.

Inventaron sacrificios.

Buscaron mediadores.

Intentaron alcanzar a Dios.

Pero hoy la carta a los Hebreos nos revela algo impresionante:

No somos nosotros quienes subimos hacia Dios.

Es Dios quien baja hacia nosotros en Cristo,

Para obtenernos el perdón y el favor de Dios.


Jesús es el sacerdote perfecto

porque no ofrece algo externo.

No ofrece animales.

No ofrece oro.

No ofrece discursos.

Se ofrece a sí mismo.


La cruz no es un accidente.

Es el acto sacerdotal definitivo.

El pecado del mundo consiste en curvarnos sobre nosotros mismos.

Vivir para el ego,

para el control,

para el propio interés.


Y Cristo hace exactamente lo contrario:

convierte toda su existencia en entrega.


Y aquí está lo revolucionario:

Jesús vino a introducirnos dentro de su propio sacrificio.


Cada bautizado participa espiritualmente de esta ofrenda.

Y el sacerdote ministerial la hace visible sacramentalmente en la Eucaristía.


Por eso la misa es Cristo ofreciéndose al Padre por la salvación del mundo.

Y cuando el sacerdote levanta el pan y el vino,

Cristo sigue actuando.

Cristo sigue intercediendo.

Cristo sigue salvando.


Y hoy, en esta fiesta, debemos preguntarnos:

¿Vivimos nuestra vida como ofrenda… o como posesión?

Porque el verdadero sacerdocio de Cristo transforma también

nuestra manera de vivir.

Una madre agotada que ama.

Un enfermo que ofrece su dolor.

Un joven que lucha por la pureza.

Un sacerdote que se entrega aun cansado.

Una persona que perdona cuando humanamente no podría.

Todo eso, unido a Cristo, se vuelve sacerdotal.


San Francisco lloraba ante la Eucaristía.

Por eso pedía a los frailes cuidar los cálices, los altares y los corporales pobres.

Porque sabía que el tesoro del universo estaba escondido ahí.


Hoy el mundo necesita sacerdotes santos.

Pero también necesita cristianos que vuelvan a descubrir que la vida solo tiene sentido cuando se convierte en don.

Con ese sacerdocio, adquirido en el bautismo, que te permite ofrecer cada momento a Dios.

Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, no vino a quitarte la vida.Vino a enseñarte cómo entregarla para que arda eternamente.

Y ahí está el secreto de los santos:los que dejan de vivir para sí mismos empiezan a parecerse a Cristo.


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