Un mediodía en Gubbio
- Fray Dino

- hace 2 días
- 4 min de lectura
Tras visitar el museo de la porciúncula, y Rivotorto
Salida de Asís hacia Ravena. Haremos una parada en Gubbio, para visitar su casco antiguo, la Basílica franciscana
Comemos por libre en Gubbio.
A las 16:00 nos encontramos en la iglesia de los franciscnaos, junto al lobo.
Cena y alojamiento en Ravena Grand Hotel Mattei****
1. Breve reseña histórica de Gubbio
Gubbio es una de las ciudades más antiguas de Umbría, asentada en la ladera del monte Ingino, con una belleza muy especial: piedra gris, calles empinadas, plazas medievales y una sensación de ciudad detenida en el tiempo. Su historia hunde las raíces en el pueblo de los antiguos umbros.
De esa época proceden las Tablas Eugubinas, siete placas de bronce de los siglos III-I a. C., importantísimas para conocer la lengua, la religión y la organización de los antiguos umbros; hoy se conservan en el Palazzo dei Consoli.
En época romana, Gubbio tuvo importancia urbana, como muestra su Teatro Romano, situado fuera del centro histórico. Tras la caída del Imperio, sufrió crisis, ataques y transformaciones, hasta consolidarse en la Edad Media como una ciudad poderosa, bella y orgullosa de sus instituciones comunales.
Su corazón medieval es la Piazza Grande, una especie de balcón monumental sobre el valle, presidida por el Palazzo dei Consoli. Gubbio es, por tanto, una ciudad perfecta para hablar de memoria, identidad y fe: una ciudad hecha de piedra, pero también de relatos.
2. San Francisco en Gubbio
Gubbio ocupa un lugar muy querido en la vida de san Francisco. Según la tradición, después de su ruptura con la vida anterior y de haber renunciado a sus bienes, Francisco llegó a Gubbio hacia 1206-1207. Allí fue acogido por la familia Spadalonga, que le ofreció alimento, cuidado y una túnica pobre y áspera, considerada por la tradición como uno de los primeros signos externos de la vida penitente franciscana.
Pero el episodio más famoso es el de Francisco y el lobo de Gubbio, narrado en Las florecillas de san Francisco. La ciudad vivía atemorizada por un lobo feroz que atacaba animales y personas. Francisco no responde con armas, sino con una audacia evangélica: sale al encuentro del lobo, lo llama “hermano lobo” y establece una especie de pacto de paz entre el animal y la ciudad. El lobo dejaría de hacer daño, y los habitantes se comprometerían a darle alimento. En el relato, el lobo pone la pata en la mano de Francisco como señal de promesa.
La tradición sitúa este encuentro en torno a la iglesia de Santa María della Vittorina, lugar vinculado desde antiguo a la memoria franciscana en Gubbio.
3. Reseña-catequesis: “Todos, incluso un lobo, podemos ser buenos si se nos da la oportunidad y las circunstancias”
La historia del lobo de Gubbio no es solo un cuento bonito para niños.
Es una catequesis sobre la mirada cristiana.
Francisco ve lo que los demás no ven.
El pueblo ve una amenaza.
Francisco ve una criatura herida, hambrienta, violenta quizá porque ha sido empujada a vivir así.
No niega el mal que el lobo ha hecho.
No dice: “No pasa nada”. Sí pasa. Hay víctimas, hay miedo, hay heridas.
Pero Francisco comprende algo muy evangélico:
la violencia no se cura solo con más violencia.
El santo no se coloca de parte del lobo contra el pueblo,
ni de parte del pueblo contra el lobo.
Se coloca de parte de la reconciliación.
Y eso es lo franciscano: ponerse en medio, allí donde todos tienen miedo de estar.
Nadie debe ser reducido para siempre a su peor momento.
Hay personas que han hecho daño, personas difíciles, jóvenes etiquetados, familias heridas, comunidades divididas.
Y a veces decimos: “Este no cambia”.
Francisco nos diría: “Quizá no ha encontrado todavía a alguien que le hable como hermano.
O alguien que le ame a pesar de todo.
Pero hay que matizar cristianamente la frase.
No somos buenos solo porque cambien las circunstancias.
Necesitamos también gracia, conversión, verdad y responsabilidad.
El lobo recibe una oportunidad para vivir de otro modo.
Y la ciudad también se convierte:
deja de actuar desde el miedo y la venganza
y aprende a cuidar al que antes consideraba enemigo.
En Gubbio, san Francisco nos enseña que la paz no nace cuando destruimos al lobo, aunque se lo mereciera, sino cuando somos capaces de transformar la relación con él. A veces el lobo está fuera: una persona difícil, un conflicto, una herida comunitaria. Y a veces el lobo está dentro: nuestro orgullo, nuestra ira, nuestra desconfianza, nuestra hambre de ser reconocidos.
Cristo no viene a disparar contra el lobo interior que lelvas en ti mismo,
sino a domesticarlo con su gracia.
Por eso Gubbio es una parada preciosa para preguntarnos:
¿A quién he dejado de mirar como hermano?
¿Qué “lobo” vengativo llevo dentro que necesita ser sanado?
¿A quién puedo dar una oportunidad real, no ingenua, sino evangélica?
Porque el Evangelio no dice que el lobo no exista.
Dice algo mucho más fuerte:
que tú tienes el poder de transformar lo malo en bueno
si tienes fe, si pones paciencia,
si el cariño gobierna tu existencia por encima de tus rencores.











































































Comentarios