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Mensajes del Papa para Recordar

*Alzad la mirada*

El pasado domingo 28 de junio, Alejandro nos compartió un resumen de palabras del Papa que deben quedar grabadas en nuestro corazón, en el corazón de la parroquia y que deben dar lugar a consecuencias fraternas.


A Continuación un resumen de lo que Alejandro nos compartió:


Los mensajes de la visita de León XIV a España:


Durante unos días de junio, España entera anduvo pendiente de un huésped. El papa León XIV recorrió Madrid, Barcelona y Canarias, y fue dejando por el camino un reguero de mensajes que cuesta quitarse de la cabeza. El domingo por la tarde nos juntamos en la parroquia para recogerlas con calma, porque las prisas de una visita no siempre dejan escuchar lo que de verdad se ha dicho.


Y se dijeron cosas grandes.

A los jóvenes les pidió en Madrid que no tuvieran miedo jamás de pensar en una vocación, y les recordó que la caridad cambia la historia más que ninguna otra cosa, que está en sus manos cambiarla y que lo hagan con amor.

En el Congreso dejó una idea que da que pensar, que una ley no alcanza su grandeza por el hecho de haber sido aprobada, sino cuando puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse, y habló de proteger toda vida, desde su comienzo hasta su final natural.

A los voluntarios les dijo que la gratuidad, ese dar sin esperar nada a cambio, es una levadura que hace crecer a toda la sociedad.

Y en Canarias, mirando a los migrantes que llegaban agotados del mar, recordó que no son números ni expedientes, sino personas con una familia y una casa dejada atrás, mientras que a quienes trafican con ellos les lanzó dos palabras sin anestesia, «deténganse, conviértanse».


Hubo también un momento que no fue luminoso, y que quizá sea el más necesario de todos. En Barcelona, ante miles de personas, el Papa dijo algo que cuesta decir y más cuesta vivir: que no hay que espiritualizar el dolor, despacharlo con un «Dios lo quiere así», porque eso lo minimiza. Dios no quiere el sufrimiento. Lo lleva con nosotros. No lo explica desde lejos, se mete en el barro a cargarlo al lado. Y muchas veces esa mano de Dios que nos saca del grito tiene forma de hermano. Ahí, sin grandes palabras, nuestra comunidad se reconoció. Es, al fin y al cabo, lo que llevamos tiempo intentando ser, gente que toma de la mano y no suelta.


No todo fueron grandes escenarios. En Montserrat pidió algo muy concreto y muy difícil, renunciar a las palabras hirientes, al juicio rápido, a la murmuración. En la cárcel de Barcelona recordó a los presos que el amor misericordioso de Dios está siempre por encima de cuánto bien o mal hayamos hecho, y que el pasado no condena el futuro. Y en el Bernabéu, ante un estadio lleno, lanzó una pregunta que sirve para una ciudad y también para una parroquia, qué herencia estamos dejando y qué tipo de comunidad estamos construyendo. Hasta el fútbol le valió para decir algo verdadero, que la vida no se juega en solitario, sino en equipo.


El lema de toda la visita era una frase del Evangelio, «Alzad la mirada». Jesús se la dijo a unos discípulos que andaban haciendo cuentas, eso de que aún faltaban cuatro meses para la siega, para recordarles que los campos ya estaban maduros. Hay un tiempo que se mide con el reloj y otro que no, el momento oportuno, el de Dios, el que no admite aplazamiento. La caridad, dijo el Papa en Madrid, no tiene sala de espera. Pero alzar la mirada es algo más que mirar hacia arriba. Es descubrir que antes ya nos miraban a nosotros.


A aquellos migrantes el Papa les dijo que Dios no había dejado nunca de mirarlos como alguien invaluable, algo cuyo valor es tan grande que no se puede calcular. El mundo los reducía a una cifra. Dios los miraba como lo que no tiene precio. Por eso, ya en la despedida, en la catedral de Santa Ana, dejó dicho lo que resume todo el viaje, que cuando encontremos dificultades alcemos la mirada y pidamos al Espíritu la gracia de vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad.


Eso nos toca muy de cerca, porque nosotros tampoco somos ajenos a las piedras que viajan. Nuestra parroquia de San Francisco fue fundada en 1214, ardió en un ataque inglés, llegó a usarse como prisión y en 1963 fue desmontada y traída piedra a piedra hasta donde hoy está. Si uno alza la mirada dentro de ella, sobre las columnas, encuentra hojas, piñas y aves talladas en los capiteles, un pequeño bosque de piedra sobre nuestras cabezas. Una iglesia que fue prisión y hoy es casa de hermanos. También para las piedras vale aquello que el Papa dijo en la cárcel de Barcelona, que el pasado no condena el futuro.


Y aquí es donde aparecieron dos hombres separados por ocho siglos. Hace ochocientos años, un joven de Asís entró en una iglesia medio derruida, se quedó mirando un crucifijo y oyó una voz, «repara mi casa». Francisco entendió lo que cualquiera habría entendido. Se remangó y empezó a acarrear piedras.


Tardó en darse cuenta de que Dios no le hablaba de paredes. Hace algo más de ciento cuarenta años, un arquitecto catalán empezó un templo que sabía que no vería terminado. Cuando le reprochaban la lentitud, Gaudí respondía sin inmutarse, «mi cliente no tiene prisa». Su cliente era Dios.


Los dos creyeron, al principio, que la obra de Dios era el edificio, la pequeña Porciúncula donde Francisco reunió a sus primeros hermanos, el templo 'imposible' de Barcelona. Pero ni una cosa ni la otra eran el proyecto. Eran el signo, el dedo que señala. Lo dijo el Papa en la propia Sagrada Família, con una frase que se nos quedó grabada, «no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, es Dios quien nos da un lugar». La obra de Dios no era de piedra. Eran ellos. Somos nosotros.

Hay un detalle de la basílica que lo resume todo. Es la iglesia más alta del mundo, ciento setenta y dos metros y medio. Pero Gaudí se detuvo ahí a propósito. La montaña de Montjuïc, que vigila Barcelona, mide algo más, y el arquitecto decidió que su templo jamás la superara, porque la obra del hombre no debe alzarse por encima de la obra de Dios. Medio metro de diferencia. Toda una teología en medio metro.


Quedó una pregunta flotando, de las que no se responden en una tarde. Si la obra de Dios somos nosotros, ¿qué está construyendo entre nosotros mientras creemos estar haciendo otra cosa? Francisco creía estar reparando un muro y fundó una fraternidad que recorrió el mundo. Gaudí creía levantar un templo y sigue evangelizando un siglo después. A lo mejor también nosotros andamos poniendo unas piedras pequeñas sin sospechar del todo qué casa quiere levantar Dios con ellas. No hay prisa por ponerle nombre. Hay, eso sí, ganas de seguir.


Lo dejó dicho san Agustín, y lo recordó Antonio Banderas ante el Papa durante aquellos días, «decís que los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores, vosotros sois el tiempo». No esperemos tiempos mejores. El momento es este. Y volveremos a encontrarnos el 13 de septiembre para seguir mirando hacia arriba, juntos.


Alejandro López

Catequista en la parroquia

Director de informativos en la TVG



Aquí puedes ver todos los discursos del Papa del mes de junio:



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