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Santa Clara y la prioridad de Cristo


Santa Clara, cuya fiesta celebra la Iglesia el 11 de agosto, nació en 1193 en el seno de una familia acomodada. Cuando tenía dieciocho años, Francisco de Asís predicó una serie de sermones cuaresmales en la iglesia de San Jorge de Asís. Sus palabras tocaron profundamente el corazón de Clara. La joven terminó abandonándolo toda ambición y proyecto material para hacer realidad en su propia vida la llamada de Francisco a abrazar a Cristo en una vida de pobreza evangélica.

La adhesión de Clara a la visión espiritual de Francisco dio origen a una comunidad de hermanas que sería la expresión femenina de la fraternidad franciscana. Clara y sus hermanas llevaron su opción por la pobreza hasta consecuencias radicales: compartían todas las cosas, dormían en el suelo y renunciaban incluso al calzado. No querían aceptar nada que pudiera disminuir su compromiso con la pobreza evangélica.

Si semejante radicalidad nos sorprende o incluso nos provoca, está cumpliendo precisamente su misión.


¿Qué significa realmente la pobreza de Clara?


La pobreza evangélica no consiste simplemente en carecer de cosas. Su significado profundo es pertenecer enteramente a Jesucristo.

Para que Cristo pueda ocupar el primer lugar es necesario desprenderse de aquellos deseos que pretenden definir nuestra identidad. El mundo nos repite continuamente que somos aquello que poseemos, el dinero que acumulamos, nuestras propiedades, nuestra posición social, nuestra seguridad o nuestra capacidad de controlar las circunstancias. Que nuestra vida es la suma de nuestros propios planes.

Frente a todo esto, la relación con Cristo proclama algo completamente diferente:

por encima de todas esas realidades pasajeras, medios que nos da el Señor para servirnos mutuamente, está nuestra identidad eterna como hijos de Dios en Cristo. 


Por eso, la pobreza evangélica es un camino espiritual misterioso. Todos los cristianos están llamados a considerar seriamente su significado, aunque solamente algunos reciben la vocación de vivirla en su forma más radical.

Y esta pobreza es mucho más que negarse a vivir para solo comprar y vender, tener y acumular; constituye un carisma profético que recuerda a la humanidad que este mundo no es la realidad definitiva.

El problema no son las cosas creadas por Dios. El problema aparece cuando queremos poseerlas como si fueran nuestro absoluto, olvidando que toda la creación está destinada a conducirnos hacia la participación en la vida divina.


El fruto de la pobreza es el amor

Es una de las intuiciones más hermosas de Santa Clara.

La consecuencia práctica de la pobreza evangélica es el amor.

Cuando elegimos tener menos, hacemos posible que otro tenga más. Al renunciar voluntariamente a determinadas cosas, educamos nuestro corazón para descubrir que dar tiene un valor mayor que recibir.

Pero existe otro gran fruto: la humildad.

La pobreza evangélica obliga a renunciar a honores, recompensas y reconocimientos. Nos lleva a dejar de buscar nuestro lugar entre los poderosos para situarnos como servidores de los pobres y de quienes sufren.

Y de ahí nace paradójicamente una gran libertad interior.

Quien necesita conservar constantemente sus bienes, su prestigio o su seguridad vive con el miedo de perderlos. El discípulo que ha aprendido a desprenderse puede vivir con una paz que el mundo difícilmente comprende.


La gran enseñanza de Clara: Cristo basta

El testimonio de Santa Clara recuerda que la fe cristiana debe ser llevada hasta sus últimas consecuencias.

Dios nos ha entregado a su Hijo amado.

Y este don posee un valor incomparablemente superior a cualquier cosa que podamos encontrar en el mundo.

Por eso, cuando Cristo entra verdaderamente en la vida de una persona, todos los demás deseos y apegos quedan relativizados.

En Cristo lo tenemos todo.

Y todas las demás cosas encuentran su lugar correcto únicamente cuando se ordenan respecto de la prioridad de Cristo.

Pido que Cristo nos permita hacernos pobres como Santa Clara para poder participar, como ella, de la riqueza de su propia vida divina. Y amar a Dios sobre todas las cosas.

Este es el sentido de «la prioridad de Cristo»: Clara pudo dejar mucho porque había encontrado el Todo.

Liturgia de la fiesta de Sta Clara:

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