«Salvación y encarnación. Las mediaciones humanas de la salvación»
Ferrando, Miguel Ángel. «Salvación y encarnación: las mediaciones humanas de la salvación». Teología y Vida 42, n.os 1–2 (2001): 74–88. https://doi.org/10.4067/S0049-34492001000100005.
La pregunta central
El artículo de M. A. Ferrando plantea una dificultad:
si Dios quiere salvar a todos,
¿por qué hace llegar la salvación mediante Jesucristo, la predicación, los sacramentos y una Iglesia formada por personas limitadas y pecadoras?
¿Pueden los fallos de esas personas impedir que alguien conozca a Cristo?
La respuesta del autor gira en torno a la Encarnación.
Dios quiso acercarse a la humanidad haciéndose verdaderamente hombre en Jesús. Esa forma concreta e histórica de actuar continúa, de manera distinta, en las mediaciones humanas de la Iglesia.
1. ¿Qué significa «salvar» en el Nuevo Testamento?
Ferrando observa que «salvar» puede significar inicialmente librar de un peligro o curar una enfermedad, como ocurre en varios relatos evangélicos.
Pero el término adquiere una profundidad mayor:
Jesús salva del pecado y comunica una vida que supera la muerte.
Los distintos escritos del Nuevo Testamento expresan esta realidad con acentos propios:
Escritos | Acento principal |
Evangelios sinópticos y Hechos | Las curaciones y liberaciones son signos de una salvación más profunda, vinculada a Jesús. |
Evangelio de Juan | La salvación se expresa especialmente como vida eterna: participar en la vida que procede del Padre por el Hijo. |
Cartas paulinas | La salvación se relaciona con la gracia, la justificación, la redención y la muerte y resurrección de Cristo. |
La conclusión común es clara:
el Padre salva por Jesucristo,
y la persona está llamada a acoger ese don mediante la fe.
El artículo destaca, entre otros textos, Hch 4,10-12; Jn 3,16-17; Rm 3,21-26 y 1 Co 15,1-2.
2. La salvación llega a través de personas
La fe se escucha y se transmite.
Ferrando recuerda la pregunta de Pablo:
¿cómo creerán si nadie les anuncia el Evangelio? (Rm 10,14-17).
Por eso la predicación y la celebración de los sacramentos implican a personas concretas.
Ahí aparece el problema: los anunciadores pueden ser pocos, equivocarse o causar escándalo.
El autor no disimula esa dificultad.
Precisamente quiere entender por qué Dios ha querido contar con mediaciones humanas tan frágiles para comunicar un don tan importante.
3. Jesús asumió de verdad los límites humanos
El fundamento de la respuesta es que el Verbo se hizo carne (Jn 1,14).
Jesús no aparentó ser hombre: nació, creció, se cansó, habló con las personas que podía encontrar y vivió en la Palestina del siglo I.
Asumió tanto los límites propios de cualquier ser humano como los de una época y un lugar determinados.
Esto significa que, durante su vida terrena, su palabra y su cercanía física alcanzaron directamente solo a un número reducido de personas.
Ferrando subraya la paradoja:
la humanidad real de Jesús fue instrumento de salvación y, a la vez, supuso límites históricos para su acción visible.
El autor recuerda que algunos cristianos antiguos encontraron escandalosa esa humanidad y tendieron a restarle importancia.
Frente a ellos, las cartas de Juan insisten en confesar a Jesucristo venido en carne (1 Jn 4,2-3). Si su humanidad fuese solo aparente, también quedaría vaciada la realidad concreta de su vida y de su entrega.
4. La Iglesia continúa una forma de actuar encarnada
Cristo resucitado sigue actuando en la historia por medio de su Iglesia. Ferrando recoge la analogía del Concilio Vaticano II: así como la humanidad de Jesús sirvió a la acción salvadora del Verbo, la estructura visible de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo (Lumen gentium 8).
Es una analogía, no una identificación: la Iglesia no es Cristo sin más.
Sus miembros pueden fallar
y sus pecados pueden dificultar gravemente el anuncio del Evangelio.
El artículo lo muestra con el enfrentamiento de Pablo y Pedro en Antioquía (Gál 2,11-14). Pedro se apartó de la mesa compartida con los cristianos procedentes del paganismo, y Pablo lo corrigió públicamente porque su conducta no correspondía a la verdad del Evangelio.
Para Ferrando, el episodio muestra que incluso una autoridad apostólica podía necesitar corrección.
El texto bíblico relata la reprensión;
la reacción posterior de Pedro y las posibles consecuencias para otros creyentes son conjeturas del autor, no datos que Pablo proporcione.
5. Reconocer las «grietas» de la Iglesia
La Iglesia anuncia la resurrección, celebra el bautismo y la eucaristía y da testimonio de santidad.
Al mismo tiempo, sus miembros han cometido pecados y seguirán necesitando conversión.
Según Ferrando, reconocerlo y pedir perdón también forma parte de su fidelidad al Evangelio.
Por eso recuerda la petición de perdón de Juan Pablo II durante el Jubileo del año 2000. El reconocimiento de las culpas pasadas, sostiene el autor, debe ayudar además a examinar las responsabilidades presentes: también hoy puede haber conductas eclesiales que necesiten ser corregidas.
Ferrando extiende el mismo principio de la Encarnación a la Biblia, que comunica la palabra de Dios mediante lenguas y formas humanas (Dei Verbum 13), y a la vida religiosa, cuyo carisma toma forma en reglas y comunidades que necesitan revisión y conversión.
6. ¿Cómo vivir esta tensión? Tres actitudes
El artículo propone tres actitudes ante las mediaciones imperfectas de la Iglesia:
Espíritu crítico: descubrir, señalar e intentar corregir los errores y pecados reales. La crítica puede causar tensiones, pero es necesaria.
Humildad: reconocer también los propios límites y no suponer que uno tiene siempre toda la razón.
Fe: confiar en la presencia de Cristo prometida a su Iglesia (Mt 28,20), incluso cuando una situación concreta exige paciencia y conversión.
Las tres deben mantenerse juntas. La fe no excusa los fallos; el espíritu crítico tampoco elimina la necesidad de humildad.
7. ¿Quiénes se salvan finalmente?
Ferrando vuelve a la pregunta inicial y no pretende ofrecer una lista de salvados. Recuerda la voluntad de Dios de que todos se salven (1 Tim 2,4) y las perspectivas abiertas por Lumen gentium 14-17.
Su conclusión es que nadie se salva al margen de la acción del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, aunque Dios actúe en la historia respetando la libertad humana y sirviéndose de personas.
La Encarnación revela, además, la dignidad de todo ser humano: sin dejar de ser humano, está llamado a participar de la vida de Dios.
Para recordar:
Dios ofrece su salvación a todos por Jesucristo y la comunica en la historia mediante personas reales; sus límites exigen crítica y conversión, mientras que la Encarnación funda la esperanza de que la fragilidad humana no agota el poder salvador de Dios.
«Creo en Dios, pero no en la Iglesia»: permite entender por qué la mediación eclesial forma parte de la fe cristiana y, a la vez, por qué tomar en serio los pecados de la Iglesia es una exigencia de esa misma fe.













































































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