Suprimimos la 'Primera Comunión' del programa de la parroquia
Imagínate!!!!.
Que cada uno decidiera hacerla o no cuando sea mayor de edad.
Si suspendiéramos el recibir la Primera Comunión, como decisión de parroquia.
Que todos los niños dejaran de recibir el regalo más grande, que es Jesús y su compañía en todos los años de su crecimiento y formación.
Pues eso es lo que han hecho tantas y tantas familias.
Suprimir la Primera Comunión del programa y proyecto de vida de la familia.
Durante muchos años, en España,
la Primera Comunión era uno de los acontecimientos más importantes de la infancia. Las familias se preparaban, los abuelos se emocionaban, las parroquias se llenaban de niños y la sociedad entera reconocía que aquel día sucedía algo extraordinario. En los pueblos era día de fiesta para todo el pueblo.
Hoy estamos viviendo una realidad diferente.
Cada vez hay más niños que no hacen la Primera Comunión. Más familias que ni siquiera se plantean que sus hijos comiencen la catequesis.
Más padres que, aun habiendo sido bautizados, consideran que recibir a Jesús en la Eucaristía no es algo importante, frente al futbol, el inglés, el ajedrez, etc.
Y lo más preocupante no es que nuestras iglesias tengan menos niños. Lo verdaderamente preocupante es que muchos niños están creciendo VACÍOS DE DIOS, sin descubrir que Dios los ama, que Jesucristo está vivo y que desea encontrarse personalmente con ellos.
No estamos aquí para reprochar nada a los padres.
Al contrario, somos conscientes de que no estamos dejándoles ver la riqueza de este sacramento.
Estamos aquí porque creemos que tenemos algo maravilloso que ofrecer.
Y porque, cuando uno posee un tesoro, no puede permanecer indiferente ante quienes todavía no lo conocen.
1. Una generación que corre el riesgo de no conocer a Jesús
Durante siglos, la fe se transmitía en nuestras familias casi de manera natural.
Los abuelos enseñaban a rezar, los padres llevaban a sus hijos a misa, las fiestas cristianas marcaban el calendario y los niños crecían escuchando hablar de Jesús.
Hoy esa cadena de transmisión se ha debilitado.
Muchos padres jóvenes fueron bautizados, algunos hicieron la Primera Comunión y otros incluso recibieron la Confirmación. Pero después se alejaron de la vida cristiana.
No necesariamente porque rechazaran a Dios. En muchos casos, sencillamente, porque no tenían quien les hablara en Él, con pasión.
Y ahora tienen hijos.
Los quieren profundamente. Se preocupan por su educación, por su alimentación, por sus amistades, por sus actividades deportivas, por sus idiomas y por su futuro profesional. PERO NO POR SU ALMA.
Nos preocupa que tengan buenos amigos, pero ¿nos preocupa que conozcan al Amigo que nunca los abandonará, ni siquiera en la adolescencia?
Nos preocupa que tengan oportunidades para triunfar en la vida, pero ¿les estamos ofreciendo la oportunidad de descubrir para qué merece la pena vivir?
No se trata de elegir entre una cosa y otra.
Se trata de comprender que nuestros hijos necesitan mucho más que conocimientos, experiencias y oportunidades.
Necesitan descubrir que su vida es preciosa, que no son fruto de la casualidad, que tienen una dignidad infinita y que hay un Dios que los conoce por su nombre.
Y todo eso comienza a revelarse cuando conocen a Jesucristo.
2. ¿Sabemos realmente lo que se están perdiendo?
Si alguien nos dijera que existe un regalo capaz de acompañar a nuestros hijos durante toda su vida, de sostenerlos en sus sufrimientos, de fortalecerlos en sus dificultades, de enseñarles a amar y de abrirles las puertas de la eternidad, ¿no querríamos ofrecérselo?
Pues ese regalo existe.
Y tiene un nombre: Jesucristo en la Eucaristía.
La Primera Comunión es algo infinitamente más grande que una tradición.
Es el día en que un niño recibe por primera vez, sacramentalmente, a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, bajo las especies del pan eucarístico.
Detengámonos un momento ante esta VERDAD.
El Dios que creó el universo, que sostiene las estrellas, que conoce los secretos de nuestro corazón, ha querido hacerse tan cercano que podemos recibirlo como alimento.
¡Dios ha querido convertirse en pan para nosotros!
No hay amor humano capaz de imaginar una cercanía semejante.
Cuando una madre abraza a su hijo, quisiera protegerlo de todos los males.
Cuando un padre mira a su pequeño, quisiera acompañarlo siempre, incluso cuando él ya no pueda estar a su lado.
Pues bien, en la Eucaristía, Dios ofrece a nuestros hijos una presencia que ninguna madre y ningún padre pueden garantizarles por sus propias fuerzas: su presencia fiel, incluso en medio del sufrimiento, la soledad y la muerte.
Jesús dijo:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51).
¿Somos conscientes de la grandeza de estas palabras?
No estamos hablando de un simple símbolo de amistad.
Estamos hablando de que Jesucristo quiere entregarles su propia vida.
Y, sin embargo, muchos niños están creciendo sin que nadie les anuncie esta posibilidad.
No porque sus padres sean malas personas.
Sino porque, quizá, nadie les ha ayudado todavía a descubrir la belleza de este misterio.
3. Los padres pueden dar muchas cosas a sus hijos, pero hay una que no deberían olvidar
Vosotros habéis regalado la vida a vuestros hijos.
Habéis pasado noches sin dormir, habéis renunciado a muchas cosas y habéis hecho sacrificios que seguramente nadie llegará a conocer.
Los amáis más de lo que las palabras pueden expresar.
Precisamente por eso, la parroquia, todas las parroquias, os invitan a pensarlo.
Hay regalos que duran unas semanas.
Nuestra cáritas está llena de juguetes que ya no significan anda para el niño.
Hay experiencias que emocionan durante unos días.
Pero existe un regalo que puede transformar toda una existencia: ayudar a un hijo a descubrir que es amado por Dios y que puede vivir en amistad con Jesucristo.
Quizá vuestro hijo, cuando tenga veinte años, atraviese una crisis.
Quizá a los treinta experimente un fracaso.
Quizá un día pierda a una persona querida.
Quizá se enfrente a la enfermedad, a la soledad o a preguntas para las que nadie tenga respuestas fáciles.
Vosotros querréis estar siempre a su lado.
Pero habrá momentos en los que no podréis resolver sus problemas.
Y entonces, ¡qué bueno que aquel hijo sepa que Dios está con él!
Que existe un Dios que lo ama.
Que existe un lugar, la Eucaristía, donde puede encontrar a Cristo, entregar sus preocupaciones y recibir la fuerza de su gracia.
Eso es lo que queremos regalar a nuestros niños.
No una ceremonia.
No una fotografía.
No una fiesta.
Queremos entregarles la posibilidad de vivir toda su vida acompañados por Jesucristo.
4. Pero ¿cómo vamos a ofrecer un tesoro que nosotros, padres, hemos olvidado?
Aquí tenemos que detenernos y hacer examen de conciencia como Iglesia.
Porque sería demasiado fácil señalar a las familias que no traen a sus hijos a catequesis.
Nuestras comunidades se han acostumbrado a perder a los niños tras la primera comunión y a no seguir cuidando a cada familia.
NECESITAMOS FAMILIAS QUE QUIERAN ACOMPAÑAR A OTRAS FAMILIAS A VIVIR LA FE CON AMOR Y PASIÓN.
Necesitan experimentar la alegría de formar parte de una comunidad cristiana.
Queremos construir una parroquia donde los padres encuentren en la parroquia un lugar donde sean acogidos, escuchados y acompañados.
Nos exige que nuestros niños descubran que ser cristiano no significa vivir una serie de obligaciones aburridas, sino entrar en una aventura extraordinaria: aprender a amar como Jesús.
5. Un primer paso:
Hemos hecho un pequeño libro para compartir el significado de la Primera Comunión.
La intención es no darlo masivamente, sino solo a quienes lo pidáis y queráis hablarle de la Primera Comunión a vuestros niños o a las familias amigas.
¿TE animas a trabajarlo con tus hijos, o con otras familias amigas?


ABUELOS: retomad, abuelos, vuestra hermosa misión
¡Cuánto debemos a nuestros abuelos!
En muchas familias son ellos quienes más conservan viva la oración.
Son quienes enseñan a hacer la señal de la cruz.
Quienes recuerdan las fiestas religiosas.
Quienes hablan de la Virgen María.
Quienes rezan por sus nietos.
Abuelos, no tengáis miedo de hablar de Jesús a vuestros nietos.
No se trata de imponerles nada.
Se trata de dar testimonio de lo que ha sostenido vuestra vida.
Un abuelo que enseña a su nieto a rezar está sembrando una semilla que puede florecer muchos años después.
San Francisco de Asís comprendió que el Evangelio no es una carga triste, sino una noticia capaz de llenar de alegría la existencia.
6. Una última palabra a los padres
Queridos padres:
Quizá alguno de vosotros todavía no haya pensado en que su hijo haga la Primera Comunión.
Quizá os habéis alejado de la Iglesia.
Quizá vuestra propia fe está llena de preguntas.
No importa.
Quisiera pediros solamente una cosa:
No cerréis a vuestros hijos la posibilidad de conocer a Jesús antes de que hayan tenido la oportunidad de descubrir quién es.
Dejad que escuchen su Evangelio.
Dejad que conozcan su vida.
Dejad que aprendan a hablar con Él.
Dejad que descubran la belleza de una comunidad que los quiere.
Y, si llega el momento en que desean recibirlo, acompañadlos con alegría en su preparación.
Porque tal vez, dentro de muchos años, cuando vosotros ya no podáis acompañarlos, cuando la vida les presente sus pruebas más difíciles, cuando necesiten una esperanza que nadie más pueda ofrecerles, recordarán que un día sus padres les abrieron el camino para encontrarse con Jesucristo.
Y entonces os agradecerán la grandeza de aquel regalo.
on nosotros para siempre.
Ese es el tesoro de la Primera Comunión.
Y ese es el tesoro que no deberíamos dejar de ofrecer a nuestros niños.
Muchas gracias.
«¿Y si le estás privando del mejor regalo de su vida?»
Un niño no puede desear a un Jesús que todavía no conoce.
Ayúdanos a presentárselo.
Parroquia San Francisco de Asís · A Coruña
«¿Y si la Primera Comunión fuera el comienzo de algo maravilloso para toda nuestra familia?»








































































Comentarios