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Visita del Ministro General a la Provincia. 26Sept2026

hace 13 horas
19 min de lectura

1.- Formación permanente

Cesare Vaiani. Definidor CEM


La formación permanente no son los encuentros.

La formación permanente somos nosotros. 

Mi formación permanente soy yo.

Con esto quiero decir que es importante subrayar que el primer protagonista de la propia formación es el mismo fraile.

Nuestra Ratio Formationis lo afirma desde el inicio.

Así dice: «El hermano menor, bajo la acción del Espíritu Santo, es el protagonista principal de su propia formación, responsable de asumir e interiorizar todos los valores de la vida franciscana, capaz de autonomía y de iniciativa personal».

Me parece que esta afirmación del papel del fraile como protagonista principal de su propia formación, unida a la precisión «bajo la acción del Espíritu Santo», nos hace comprender que el verdadero formador es el Espíritu Santo, al cual el fraile debe abrirse en primera persona, es decir, como protagonista.

Nadie puede hacerlo por mí, ni el mejor moderador ni el mejor formador.

También la atención a la autonomía y a la iniciativa personal de la que habla la Ratio es un desafío importante hoy.


Si yo soy el protagonista de mi formación,

¿qué signos concretos hay de esa iniciativa en mi vida?

¿Qué hago yo personalmente para cuidar mi vocación?

Porque no basta con asistir a un par de encuentros al año.


La formación permanente se juega en la vida cotidiana:

en cómo rezo cada día,

cómo vivo la fraternidad,

cómo participo en el capítulo local,

cómo comparto la misa,

cómo realizo el servicio pastoral.

Ahí se ve la calidad de nuestra vida franciscana, es decir, la formación permanente.

Por eso quiero invitaros, y me lo digo también a mí mismo, a retomar la iniciativa; a pasar de una cierta pasividad formativa, esperando que otros nos propongan cosas, a una actitud más activa.

Soy yo quien decide cuidar mi formación.

Yo os invito a hacerlo teniendo en cuenta el momento que estáis viviendo aquí, en España y Portugal, como camino hacia la federación y la futura unión.

Son años de cambios importantes.

A algunos nos pueden dar miedo; a otros, ilusión.

Pero, en cualquier caso, el cambio ya está en marcha.


Como decía el papa Francisco:

«No vivimos solo una época de cambios, sino un cambio de época».


La formación permanente nos ayuda a vivir este cambio con dignidad y serenidad. Pero para eso no puedo esperar a que otros me digan qué hacer. Tengo que empezar yo, desde ahora, como verdadero protagonista de mi camino.


Que el Espíritu del Señor nos acompañe, hermanos, con su santa operación, y despierte en nosotros el deseo y la disponibilidad para dotarnos de los medios necesarios para vivir en el mundo como hermanos menores.

 

2.- Fidelidad y futuro de la Orden

Máximo Fusarelli. Ministro General


Antes de hablar del futuro, quiero reconocer el camino recorrido.

Fray César nos ha ayudado a enfocar la formación permanente.

Para mí hay una palabra clave: hemos recibido una vocación, una llamada.

Habéis respondido a ella durante muchos años.

También hemos escuchado un poco de la historia de la provincia: una historia de fidelidad.

Quiero comenzar dando gracias.

Muchas veces me parece que pensamos en los problemas y no damos gracias por el don de la fidelidad al Evangelio y a la fraternidad.

Y muchas veces esa fidelidad está escondida: no la conocemos ni la valoramos, incluso entre nosotros. Esto es muy importante.

Algunos de vosotros tenéis una edad venerable. He escuchado que uno de vosotros fue misionero durante 55 años en Venezuela. ¡Cuánta historia, cuánta fidelidad! Claro que también hubo dificultades. Nadie permanece fiel siempre del mismo modo: la vida conoce sus vicisitudes, sus cambios. Pero por todo ello quiero dar gracias.

Tengo que decir que este servicio como ministro general me ha ayudado a sentir más gratitud. Al encontrarme con tantos hermanos en el mundo, puedo ver, escuchar y tocar muchas historias de fidelidad.

Al mismo tiempo, a la luz de la gratitud, hemos de reconocer nuestra llamada, que sigue siendo actual hoy.

Fray César nos ha dicho que somos responsables de cuidar nuestra llamada para que siga siendo una fuente de inspiración y de vida para nosotros.


En segundo lugar, tenemos que mirar la realidad sin miedo, sin negar las dificultades.

Es interesante ver cómo muchas veces tenemos esa defensa, un poco psicológica, de no querer ver la realidad: «Ah, pero en otros tiempos… Sí, pero al final todo irá bien».

No es fácil mirar la realidad: menos hermanos, edad avanzada, mucho peso sobre algunos y riesgo de aislamiento de los pocos hermanos más jóvenes.

No debemos cerrar los ojos ante la realidad.

Hay cansancio. Encuentro mucho cansancio entre los frailes, y no solo en las provincias de edad avanzada. También en provincias jóvenes encuentro frailes cansados, con un cansancio más profundo, en un oficio, en un servicio, y las responsabilidades son cada vez más pesadas.

Pero la verdad no es solo la que vemos en los datos: es la verdad que nos hace libres cuando la miramos delante de Dios. Necesitamos, entonces, realismo, verdad y libertad. Los números y los hechos que vivimos no nos dicen, por sí solos, cuál es su sentido.

Muchas veces nos decimos: «Somos pocos, somos débiles», y nos quedamos ahí. No. Una disminución numérica no determina el valor de una fraternidad. Tenemos que creerlo, si somos hombres de fe.

Los números describen hechos, eso está claro, y tenemos que verlos y afrontarlos. Pero el sentido viene de la fe, y ese paso no es automático.

Veo que tampoco en las provincias y entidades donde los números son altos basta con eso. Tenemos entidades en África y en Asia con muchos hermanos. Pensad que la provincia de Vietnam tiene ahora unos 110 profesos temporales.

Tiene una gran apertura misionera.


Los números no son suficientes: hay que interpretarlos, hay que hacer un discernimiento.

El sentido viene de la fe.

Hay que leer este momento a la luz del Evangelio.

El discernimiento es muy importante.

Puedo decir que, cuando fui secretario para la formación, entre 2003 y 2009, encontraba más pesimismo que hoy. No sé qué ha cambiado en muchas partes del mundo, pero ahora ya no percibo tanto aquel sentimiento de: «Bueno, somos los últimos; apagamos la luz y todo termina». Ahora encuentro un espíritu un poco diferente.

Hay lugares donde esto no sucede. Por ejemplo, la gran provincia de Holanda y Flandes tenía 2.000 frailes en 1960; hoy son 65. Pero no están desanimados.

Aquí estamos dispuestos a vivir nuestra vocación con mucha gratitud, sobre todo por la misión. Los frailes de Irlanda y de Estados Unidos, hermanos que viven en las enfermerías que tienen allí, me han preguntado dónde hay vocaciones, dónde está creciendo la Orden. Están animados, y eso es muy bueno.

El discernimiento es muy importante.

¿Cómo leer el tiempo que vivimos como una oportunidad, como un tiempo de salvación, y no como la última etapa?

Todo esto podemos leerlo a la luz del Tránsito de san Francisco.

El octavo centenario no puede quedarse solo en arqueología, en memoria o en una imagen más: debe ayudarnos a interpretar el momento que vivimos.


El Tránsito, lo sabemos, es un paso que Francisco dio.

Francisco aprende a no retener, a no mantener las manos cerradas.

Las abre desde el comienzo de su conversión: ante los leprosos, para abrazarlos; ante su padre, para decirle: «Aquí está tu ropa, aquí está tu dinero; yo soy libre».

Abre las manos para acoger a los primeros hermanos.

Y las mantiene abiertas hasta el final, cuando muere desnudo sobre la tierra desnuda.

La pobreza siempre abre un futuro diferente.

Podemos imaginarlo juntos y, como fraternidad, leer, interpretar y discernir este tiempo que vivimos, sobre todo aquí en Occidente, en Europa y Norteamérica, donde disminuye el número de frailes.

Pero esta situación también ha llegado a Sudamérica y a algunas partes de África. En Sudáfrica, la provincia está disminuyendo mucho. En Asia, provincias como las de Japón y Taiwán viven una gran crisis. No es solo Europa.

¿Cómo vivir este momento?

¿Cómo leerlo desde esa clave?

La pobreza puede abrir un futuro.

Francisco no se aferró a nada, ni siquiera a sí mismo.

Y en su momento de mayor pobreza, la muerte, en el encuentro con la hermana muerte, siguió confiando.

Por eso me pregunto, como ya pregunté a los provinciales y a los definitorios hace unas dos semanas, durante el encuentro de Madrid:

¿qué nos pide Dios comenzar hoy?

Nuestra pregunta muchas veces es cómo conservar todo lo que hemos recibido, qué hacer con tanta historia.

Creo que la pregunta central debería ser otra:

¿qué nos pide Dios comenzar hoy?

¿Qué necesita nacer?

¿Qué debemos entregar?

Y no solo entregar porque no tengamos otra opción, sino decidir qué queremos entregar.

El futuro nace de nuestra fe.

No estamos llamados solamente a administrar un declive.

Ese es el gran peligro: administrar un declive y dejar de ser protagonistas de nuestra historia.

Estamos llamados a discernir un nuevo comienzo.

Sé que una voz dentro de mí, y quizá dentro de muchos de nosotros, dice:

«Sí, padre, son palabras bonitas, pero ahí está la realidad, ahí están los números». Lo repito: los números no expresan el sentido profundo de lo que estamos viviendo. ¿Qué sentido tiene hoy nuestra historia, tan diferente?

Francisco dijo al final de su vida:

«Incipiamus, fratres». Comencemos, hermanos. Comencemos otra vez.

¿Tenemos la fe, la alegría y la energía espiritual para decir, en este tiempo y en nuestro continente, ante lo que viven la Iglesia, la sociedad y la vida religiosa: «Incipiamus; comencemos otra vez»?


Llego así a un punto del camino de las provincias de España y Portugal: la reconfiguración de nuestra presencia.

Me gusta utilizar esa palabra, «reconfiguración».

Puede suscitar preocupación y esperanza.

No es una amenaza ni una simple reorganización, como si fuéramos una empresa.

Es una oportunidad.

Ahora vamos a verla y después vamos a dialogar; eso es muy importante.

Creo que la comunión entre los frailes es más importante que las estructuras: aquí, en España y Portugal, y ahora también con Italia a través de la Conferencia.

No queremos prolongar indefinidamente la situación actual, porque eso nos paraliza.

Pensar «estamos muriendo, somos pocos, ya no hay futuro» nos impide mirar adelante. Necesitamos querer construir juntos algo nuevo; quizá pequeño, muy pequeño, pero nuevo.

Hemos comenzado a trabajar en la posibilidad de unas seis fraternidades internacionales: una en Flandes, una en Holanda y cuatro en Alemania. Es una propuesta para seguir pensando, entre dos o tres provincias, las cuatro antiguas provincias de Alemania. Y también en Asia, en China. Sabemos cómo es la situación en China, ¿no? Allí tenemos una custodia que en marzo será autónoma, con sesenta frailes. Somos la Orden con más religiosos en China y la única que tiene permiso para existir oficialmente, por providencia de Dios.

Volviendo a las fraternidades internacionales, estamos pidiendo ayuda a hermanos de Indonesia, India y Pakistán para integrarse en una misión compartida. La idea no es que lleguen a llenar vacíos o a mantener abiertos conventos, sino trabajar juntos por una misión. No es fácil. Hemos empezado una fraternidad así en Londres, y exige mucho trabajo. Pero es mejor trabajar por el futuro y por la vida que trabajar para cerrarlo todo.

Esta es una posibilidad.

Queridos hermanos, vosotros estáis abriendo un camino para el futuro. Esperamos que este camino pueda ayudar también a Francia, Irlanda e Inglaterra a unirse, porque allí viven situaciones parecidas. Ahora en Francia hay algunas vocaciones, después de muchísimos años de desierto. Tienen unos quince o dieciséis jóvenes en discernimiento vocacional. Tienen, además, cuatro profesos temporales y un novicio. Es un futuro de otra forma, de otra manera.

Para trabajar en todo esto necesitamos comunión y corresponsabilidad.

No podemos decir: «Esto es para los jóvenes; nosotros ya no»,

ni tampoco: «Esto es para los frailes de otra parte, no para nosotros». No.

Necesitamos corresponsabilidad y caminar juntos.

Es un futuro para todos, no solo para el gobierno.

En el encuentro de los cuatro definitorios, celebrado en enero del año pasado en Lisboa, llegamos a una conclusión mediante un proceso de discernimiento.


Lo más importante ahora es implicar a todos los hermanos. El futuro no puede ser decidido solamente por algunos definidores, provinciales o vicarios; tampoco por el ministro general. Otras órdenes, como los capuchinos, toman ahora algunas decisiones desde arriba: decide el ministro general. Nosotros también hemos tenido que hacerlo en ciertos casos, porque no había otra opción. A lo largo de estos cinco años hemos intervenido en unas quince provincias, nombrando sus gobiernos ante situaciones muy difíciles. Las conocemos y tenemos que reaccionar.

Pero el futuro no puede ser decidido solamente por unos pocos. Todos deben sentirse escuchados y corresponsables. Esta escucha y esta corresponsabilidad deben promoverse más entre vuestras provincias. Una verdadera unión nace cuando los hermanos empiezan a sentirse parte de una misma historia.

Participación, escucha y, otra vez, una palabra que me gusta mucho: corresponsabilidad entre nosotros.


En O Cebreiro pasa gente de todo el mundo; lo hemos visto. Llevamos tres días viendo peregrinos por todas partes, ¿no? Ayer vimos también a hebreos y hablamos con algunos de ellos. Es una oportunidad de evangelización. Claro que no vamos a ver miles de conversiones; ese tiempo ya pasó. Pero podemos cruzarnos con muchas personas que hoy están en un camino de búsqueda, de una nueva búsqueda espiritual.


Para responder a ello necesitamos un proyecto común, no solo esfuerzos individuales.

Cuidar de los hermanos mayores es ya una forma de misión. Nuestras enfermerías no son depósitos de hermanos. En muchas de ellas he escuchado historias de vida. Pienso, por ejemplo, en Chile y en algunas enfermerías de Brasil: hay hermanos que siguen escuchando a las personas que van a encontrarse con ellos. Nuestros hermanos mayores siguen evangelizando con su testimonio. Esto es muy importante.

Los hermanos jóvenes son pocos, y no basta con formar buenos predicadores: hay que formar hermanos. La fraternidad es parte de la misión y, por eso, el futuro depende de ella. Podemos hacer muchas cosas individualmente, y somos muy buenos en eso. En muchas provincias hay frailes que trabajan mucho, pero solos. No es fácil reunirse y trabajar juntos. Sin embargo, el futuro franciscano depende de nuestra capacidad de vivir y caminar juntos. Pocos, pero juntos. Ojalá podamos conseguirlo.

Fraternidad, vida compartida, unión: con estas claves podemos hablar de un proceso de unión que no sea solo administrativo, una cuestión de organización, sino un camino de vida. Después hablaremos de cosas concretas.

«El Señor me dio hermanos». Conocemos bien esta frase del Testamento de Francisco. Los hermanos son un don. Es interesante que solo cuando Francisco recibe hermanos alcanza mayor claridad sobre su vocación.

El don de los hermanos ilumina su vocación.

Todos hemos recibido ese don.

Ahora estamos llamados a transmitirlo a las generaciones que vienen, aunque sean pocos los que lleguen, y también a los laicos.


El carisma no muere con nosotros.

Cuando escucho discursos como «hemos acabado», parece que el carisma fuera a morir con nosotros. Pero el carisma es un don del Espíritu y sigue vivo. Tal vez será transmitido a otras personas que todavía no conocemos.

«El Señor me dio hermanos». También hoy los hermanos son un don. Nuestra tarea no consiste simplemente en conservar, sino en transmitir la vida recibida. Francisco murió con las manos abiertas. Abramos también nosotros las manos y confiemos en el futuro que Dios está preparando, incluso a través de pasos difíciles y dolorosos, como pensar de otra manera la organización de nuestras provincias.


Aquí quiero decir algo: no basta con juntar provincias. Ayer hablamos de ello en el definitorio. La primera unión o fusión fue en 1996: afectó a seis provincias, cinco de Francia y una de Bélgica. Después siguieron otras uniones y fusiones. Esto no lo resuelve todo. En algunos casos no ha bastado y algunas provincias han desaparecido. Por ejemplo, ya no queda ninguna casa de las antiguas provincias de Lyon, Toulouse y Rennes, en Francia: todas se cerraron.


Tenemos que aceptar también la posibilidad de morir. Pero morir, en sentido cristiano, es una transformación: podemos seguir presentes de otra manera. La unión de provincias no lo resuelve todo. Tampoco podemos unirlas para reproducir siempre el mismo modelo de provincia, destinado a desaparecer.

Hoy necesitamos, como Orden y como vida religiosa, pensar de otra manera nuestra organización. No es fácil, dada la tradición que tenemos, pero el definitorio ha querido iniciar este camino, como también se planteó en el Consejo Plenario del año pasado. Lo llevaremos al Capítulo General.

Están trabajando dos comisiones internacionales: una aborda la cuestión desde una perspectiva teológica, carismática e histórica; la otra, desde la perspectiva canónica. Estudian tanto el crecimiento —que resulta más fácil de acompañar— como la disminución de las entidades.

¿Cómo acompañar esa disminución?

¿Basta con unir provincias?

¿Qué tipo de provincia, qué modelo, necesitamos para el futuro?

Todo esto exige tiempo y un cambio de mentalidad.

No es fácil, pero creo que es el camino para vivir con responsabilidad este momento y creer que puede ser un kairós, una oportunidad de gracia.

Nuestra Orden se está reconfigurando radicalmente.

La fidelidad de Dios permanece, aunque no se manifieste necesariamente según nuestros modelos, sino según su voluntad.

Tenemos que buscarla.

Muchas gracias por vuestra atención y por vuestra paciencia.



3. CATEQUESIS A LA OFS:

 Herbón. 26 Septiembre 2026. Fr. Massimo Fusarelli.


Tengo en mis ojos la familia franciscana en muchas partes y lo primero que quiero decir es que compartimos el mismo carisma.

Los franciscanos, los laicos en particular, como la religiosa, no son solo colaboradores de los frayles, todos hemos recibido el carisma evangélico de Francisco, en condiciones distintas, claro, la vida religiosa, la familia, el trabajo, la sociedad, lugares y condiciones distintas, pero compartimos el carisma.

Y ojalá estemos creciendo en esta consciencia de compartir el carisma, carisma de Francisco que es más grande que nosotros mismos.

Mi experiencia es que en ese servicio he encontrado, sobre todo en Asia, en muchas partes de Asia, hombres, mujeres de otras religiones que conocen a San Francisco, que están encantados. En Indonesia, hace un año, dos días de encuentro interreligioso con budistas, hinduistas, musulmanes que conocen la "laudato sí" de Papa Francisco y la espiritualidad de la creación.

Casi mejor que nosotros.

Y no solo la conocen, actúan, tienen proyectos.

Entonces, el carisma es más grande que nosotros.

Nos reunimos en el año que recordamos el tránsito de Francisco.

En poco, la semana próxima vamos a recordar los ochocientos años de su tránsito. Y no es indiferente que lo hagamos juntos.

¿Por qué? La noche del tres de octubre en Asís, en la Porciúncula, puedo decir, fue una noche de familia. No es casual que estemos aquí juntos. Y cuando Francisco pasó al padre, no estaba solo. Alrededor tenía a sus hermanos. Y su pensamiento voló seguro hasta San Damián, hasta Clara y las hermanas pobres, a quienes envió su bendición. Y una palabra para que perseveraran. El cántico que había compuesto, casi ciego, casi ciego, lo cantaron los hermanos junto a su lecho. En esa hora, pobre y desnuda, apareció una fuerza especial. Algo que ya estaba en el corazón de Francisco. Q

El carisma no es propiedad de nadie.

Es un don recibido y confiado a una familia entera.

Por eso estamos aquí.

Por eso tenemos entre nosotros la familia en el carisma,

Nosotros los hermanos menores estamos ahora presentes en 121 países del mundo. Yo visité ya 82. Viajar por todo el mundo y encontrar hermanos y hermanos y hermanos. Y percibir que algo nos une, algo más grande que nosotros.

El carisma es uno, pero de formas diversas. No somos familia franciscana simplemente porque hagamos cosas juntos de vez en cuando. Sino porque bebemos de la misma fuente.

Cada vocación aporta algo que las otras necesitan. Que bueno. La comunión no consiste en parecernos ni en hacer todos lo mismo, sino en reconocer en el otro la misma gracia recibida. Esto hoy pone una cuestión muy fuerte de la interculturalidad. El don que recibo como ministro visitando frailes franciscanos, franciscanas.

Entonces, el carisma vive en una dinámica de relación. Estamos en relación, no solo entre nosotros, sería un mundo cerrado. Sino estamos en relación con la sociedad, la cultura, la iglesia. Estamos en relación con nuevas poblaciones, culturas que aquí llegan. Hablamos de Europa.

El carisma vive como gracia recibida y podemos aprender cada vez de una manera nueva en carisma si somos mujeres y hombres en relación. Creyentes en relación.


Aquí, en nuestra vieja a Europa, todo esto tiene hoy una importancia especial. Vivimos un tiempo en el que muchas de nuestras realidades son más frágiles. Tenemos comunidades pequeñas, fraternidades que envejecen, fuerzas que disminuyen. Cuando éramos muchos, corríamos el riesgo de olvidarlo. Nos necesitamos de verdad. No somos autosuficientes. Entonces, esta situación de pobreza, de fragilidad, nos ayuda a necesitar un conflicto.

Se trata de reconocernos mutuamente como portadores del mismo don y corresponsables de su futuro. No están ayudando a los dos frailes a seguir obras, conventos. Estamos, juntos, corresponsables del don recibido, el don de vivir el Evangelio como hermanos y hermanas, hoy, en este tiempo, en este mundo.

Por eso quisiera que la familia franciscana en Galicia, y en toda la península, pudiera crecer en conocimiento, en amistad, en colaboración.

No van a desaparecer nuestras diferencias, entre nuestras vocaciones, sino que las diferencias se han de convertir en riqueza.

Puede parecer, hermanos y hermanas, si somos sinceros, que os incorporáis a una historia que declina, a una casa que se vacía. Francisco, al final de su vida, desnudo, frente a la muerte, ¿qué hace Francisco? Canta. Interesante! en La Verna, después de los estigmas, Francisco canta: las alabanzas de Dios. Un texto maravilloso. Frente de la muerte.

¿Quién de nosotros llama a la muerte hermana?

Podría decirlo, por romanticismo, pero no es fácil.

Francisco frente de la muerte, hermana muerte, canta.

Termina el cántico con el versículo sobre el perdón y después canta a la hermana muerte. Francisco, tan pobre, desnudo, sin nada, frente de la muerte, que dice, comencemos, hermanos. Porque hasta ahora hemos hecho poco o nada.

Francisco había hecho muchísimo, pero él ha sentido, ha percibido que hacer no significa hacer cosas, sino dar sentido a la vida, a la opción por Dios, por el Evangelio.

Comencemos.

Esa palabra no es de ayer, es para nosotros, hoy.

No somos herederos del final de año.

Somos aquellos que hoy tomamos nuestras decisiones.

El carisma no se os entrega aquí en Galicia como un museo que guardar. Tenemos muchos museos, pero nosotros no somos un museo que guardar, sino una semilla que hay que sembrar de nuevo

Oye, en nuestro tiempo, en nuestras condiciones, y a quienes lleváis años en el carisma, hay muchos, creo, de nuestros hermanos, hermanas, a muchos, os pido algo muy sencillo y exigente. Hacedlo creíble.

Que nuestro carisma vivido, amado, promovido, sea creíble, no por nuestras palabras, sino por nuestras vidas. No con discursos, sino dejándoles ver una fraternidad.

Hermanos, hombres, mujeres, que se descubren hermanos y hermanas, para decir, vale la pena una comunidad que sabe acoger, una vida que tiene alegría, una fe que no se ha apagado

Vivimos en una sociedad cada vez más individualista

Esta noticia, aquí en España, el número de los áteos, después, ¿qué significa áteos? Habría que discutir mucho. Podemos decir, en inglés, it is achurch. Personas sin iglesia, sin pertenencia institucional, no a una religión, ya han superado el número de los católicos, y nosotros podemos sentir como golpeados, ¿no? Estamos al fin.

Estamos al fin de una manera de ser cristianos.

Pero comencemos, diría Francisco.

Estamos al fin de una manera de ser franciscanos.

Pero comencemos.

Porque el Señor nos abre otro futuro, un nuevo futuro.

Y quizá una de las tareas de toda la familia franciscana sea precisamente esta.

Ayudar, sobre todo, a que las nuevas generaciones no reciban solamente unas obras, unos lugares, o unas estructuras, sino un conjunto de hermanos y hermanas, y una pasión por el Evangelio.

Un ser fraterno.

Y esto es una profecía formidable por nuestro tiempo.

Y nuestro tiempo lo necesita mucho, el ser fraterno, y no solo el ser individual.

Que en este centenario, el tránsito de Francisco, no sea para nosotros solamente memoria de un final, sino escuela de un paso.

Aprender a no retener nada, a entregarlo en todo y a pensar de nuevo.

Santa Clara, Santa Isabel, San Francisco, y la Virgen Inmaculada, Reina de la Orden nos guarden en esta comunión.

Muchas gracias, y gracias por estar aquí, presente, en este encuentro, y por confirmarnos en el don del carisma, que nos une, porque lo hemos recibido.

Muchas gracias. 

 

HOMILIA: Herbón. 26(9/26 13:00h

Hermanos y hermanas, el Señor os dé la paz.

Os saludo otra vez con gran alegría al visitar a mis hermanos aquí en Galicia y al saludar a toda la familia franciscana reunida hoy en este convento. Saludo a todos los hermanos y, en particular, a los dos hermanos obispos (Fr. José Carballo, D. Francisco Prieto). Bienvenidos. Saludo también a los hermanos de la provincia, a los hermanos capuchinos, a los representantes del alcalde —gracias por su presencia— y a todos vosotros y vosotras.

Hoy el Señor nos hace experimentar de nuevo su presencia en la Palabra.

Nos habla de una manera insólita, casi desconcertante, como si hubiera en ella una sombra de pesimismo. Es como si surgiera en nuestro corazón un doble temor: el miedo a seguir al Señor por el camino de la humillación y del rechazo, y el temor ante la invitación que hemos escuchado en las palabras de Qohelet: «Disfruta, muchacho, mientras eres joven, y pásalo bien en la juventud».

Parece que nos dijera: «Disfruta de la vida, pase lo que pase».

El Evangelio, en cambio, nos invita a seguir a Jesús en su humillación.

Entonces, ¿cómo entender estas palabras?

El texto del Eclesiastés prosigue con una descripción detallada del deterioro del cuerpo hasta la muerte. Es una página fuerte. Sin embargo, recordar los días difíciles y saber contar con ellos se convierte, para el Eclesiastés, en una razón para vivir la juventud con gratitud, sin anticipar la muerte.

En el Evangelio, precisamente mientras todos se admiraban de las cosas que Jesús hacía, él invita a sus discípulos a no quedarse fascinados por sus gestos. Jesús siempre tiene una palabra que rompe nuestra visión.

Nos pide abrirnos, profunda y sinceramente, al significado de esos gestos, hasta asumir las consecuencias de su amor, de su ternura y de su predilección por los más pobres y los más desposeídos.

«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Detrás de este grave anuncio se esconde otro aún mayor: el amor se entrega. El amor sabe alegrarse no solo de la juventud, sino también de su disponibilidad para darse.

Todo esto puede suscitar miedo. Y, sin embargo, debería hacer crecer en nosotros el deseo y la capacidad de amar, hasta hacernos capaces de afrontar las consecuencias más duras.

Queridos hermanos y hermanas, nuestra vida es verdaderamente un tránsito que, solo en el seguimiento del Señor Jesús, puede transformarse en una verdadera Pascua. A veces se piensa que los cristianos amamos el sufrimiento por el sufrimiento. No. Tampoco queremos que nuestra vida acabe en el dolor. Amamos a Jesucristo y, siguiendo sus huellas, podemos afrontar los desafíos de la vida.


El primer paso es acoger la lógica de la Pascua sin miedo y con libertad de corazón. Hemos escuchado que los discípulos no entendían este lenguaje y les daba miedo preguntar a Jesús. A nosotros se nos pide dialogar con él.

La sabiduría que propone el Señor no asegura el éxito, ni siquiera la gratitud y el reconocimiento que esperaríamos de nuestros hermanos.

Si deseamos verdaderamente estar con él y ser como él, estamos llamados a superar —más aún, a asumir— el temor que atraviesa el corazón y la mente de los discípulos. Como ellos, estamos llamados hoy a contemplar la firme determinación de Jesús ante el misterio de su propia vida, ofrecida hasta el final y sin arrepentimiento.

No nos dejemos desanimar cuando las palabras de Jesús nos parezcan difíciles de comprender o de poner en práctica. Pidámosle la fuerza para seguirlo incluso cuando el camino se hace cuesta arriba.

Francisco, nuestro hermano y padre, conoce a Cristo, se enamora de él y lo sigue. Saborea los frutos dulces y amargos de esta relación y, al llegar a la madurez, a su Tránsito, elige amar hasta pedir ser una sola cosa con aquel a quien ama.


El centro de Francisco es Jesucristo. 

Recordémoslo. Incluso cuando el amor duele, permanece en el monte Alverna repitiendo: «Deus meus et omnia», «mi Dios y mi todo», con aquellas heridas que siguen floreciendo a lo largo de los siglos.

Hace pocos días meditamos sobre esto al celebrar la fiesta de los estigmas.

Queridos hermanos y hermanas, nos acercamos al Tránsito final de san Francisco. Dentro de una semana estaremos celebrando cómo, en la aceptación de sus límites personales y en la acogida de la hermana muerte en Santa María de los Ángeles, vivió su Pascua. ¡Qué palabra para nosotros, hijos de este tiempo: aceptar los propios límites! Lo llamamos la Pascua de Francisco: no solo su muerte, sino su tránsito, su paso.

En un mundo donde tantas personas sufren a causa de las guerras y los conflictos, de las enfermedades y de la vejez, los franciscanos estamos llamados a dar testimonio, con nuestra vida, del misterio pascual de muerte y vida.

Como vuestro hermano menor, mi oración es que sigáis recordando con fidelidad la llamada del Evangelio y que, con vuestra humilde y gozosa vida evangélica en medio de los demás, continuéis siendo en esta tierra testigos eficaces de la Buena Nueva.

Sin miedo, sin temor. Somos pocos; la fe ya no es compartida por todos y nuestra sociedad está secularizada. Pero no es tiempo de lamentarnos cada vez más. Es tiempo de asumir nuestra llamada a ser testigos de este tránsito, de esta vida nueva, hoy.


 

Y para hoy domingo 27:

Eucaristía de 12:00h en Pontevedra.

Encuentro y diálogo en Coruña a las 18:00h


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