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San Jerónimo y San Francisco.

hace 4 horas
2 min de lectura

Hermanos y hermanas:


Hoy, al celebrar a san Jerónimo y acercarnos a la fiesta de san Francisco, la Palabra nos plantea una pregunta muy sencilla:

¿dejamos que Dios nos hable y cambie nuestra vida?


Las lecturas de este día —Job 9, 1-12.14-16; el salmo 87 y Lucas 9, 57-62— nos llevan desde la oración de un hombre que sufre hasta la llamada de Jesús a seguirlo con decisión.

Job contempla la grandeza de Dios, pero no consigue comprender lo que está viviendo. Reconoce su poder y, al mismo tiempo, siente su distancia.

También nosotros conocemos esa experiencia: rezamos, esperamos, pedimos una respuesta… y parece que Dios guarda silencio.

La Escritura da espacio a esa oración herida.

Nos permite presentarnos ante Dios con nuestras preguntas, sin fingir que todo va bien.

También puede haber fe en quien llora y sigue buscando al Señor.


Aquí encontramos a san Jerónimo.

Dedicó su vida a estudiar y traducir las Escrituras porque deseaba conocer a Cristo y ayudar a otros a conocerlo.

Su célebre afirmación —«desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo»— nos recuerda que la Biblia merece un lugar real en nuestra vida.

Podemos tener un Evangelio en casa y abrirlo muy pocas veces.

Podemos escuchar las lecturas en misa y salir sin preguntarnos qué nos ha dicho el Señor.

San Jerónimo nos invita a detenernos, leer, estudiar, preguntar y rezar.

Amar a alguien lleva también a querer escuchar su voz.


Y esa voz, en el Evangelio de hoy, nos pone en camino.

Tres personas se encuentran con Jesús.

Hay entusiasmo, hay una llamada y hay condiciones.

Jesús les muestra que seguirlo exige disponibilidad, confianza y decisión.

La dureza de sus palabras sobre enterrar al padre expresa la prioridad del Reino; debemos comprenderla dentro del conjunto del Evangelio, que también nos enseña a honrar a los padres y cuidar de los nuestros.


Lo que hoy podemos preguntarnos es:

¿qué estoy aplazando en mi respuesta a Dios?

Quizá una reconciliación, una confesión, un servicio, un tiempo diario de oración.

Siempre encontramos algo que resolver primero.

Y así, entre un «primero» y otro, se nos puede pasar la vida.

Aquí aparece san Francisco.

Su amor al Evangelio fue tomando forma en decisiones concretas:

abrazar la pobreza,

acercarse a los leprosos,

servir a los hermanos,

trabajar por la paz.

Su vida nos ayuda a comprender hasta dónde puede llegar una Palabra acogida con libertad.

Podríamos decir que Jerónimo nos invita a abrir el libro y Francisco nos anima a abrir las manos.

Leer para conocer a Cristo;

conocerlo para seguirlo;

seguirlo para amar como él.


También nuestra parroquia necesita ese camino.

Cuando escuchamos el Evangelio juntos y procuramos vivirlo, aprendemos a reconocer ser comunidad que ayuda y perdona.


Hoy podemos llevarnos un propósito sencillo:

abrir el Evangelio,

leer despacio unas líneas

y preguntarnos: «Señor, ¿qué paso me invitas a dar?».

Después, dar ese paso.


En esta Eucaristía, el mismo Jesús que nos llama se nos entrega como alimento. Él sostiene nuestra respuesta.


Señor, danos el amor de san Jerónimo por tu Palabra

y la disponibilidad de san Francisco para vivirla.


Amén.


 
 
 

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