MARTES 13 DE OCTUBRE DE 2026
«Servir es más que hacer cosas por los demás, es entregarles algo de nosotros mismos»
Martes de la XXVIII semana del Tiempo Ordinario
Lecturas: Gálatas 5,1-6 · Lucas 11,37-41.
Hermanos:
Hay una pregunta que todos los cristianos deberíamos hacernos alguna vez, especialmente quienes dedicamos mucho tiempo a servir: en la parroquia, a la familia, a los necesitados o al servicio de los demás:
¿Es posible pasarse la vida sirviendo y,
sin embargo, no haber aprendido todavía a amar y perdonar?
Creo que sí. Y precisamente de ese peligro nos habla hoy Jesús.
1. Se puede servir mucho y amar poco
El Evangelio nos presenta una escena curiosa. Un fariseo invita a Jesús a comer a su casa. Jesús acepta, se sienta a la mesa y, de pronto, surge un conflicto: no ha realizado el lavado ritual de las manos.
El fariseo se escandaliza por una cuestión externa.
Jesús aprovecha para hablarle de algo mucho más profundo: la limpieza del corazón.
Jesús viene a decirle: estás preocupado por la limpieza de tus manos, pero ¿qué sucede dentro de ti?
Y nosotros podríamos traducirlo así:
Puedes tener las manos muy ocupadas haciendo cosas buenas y tener el corazón muy lejos de las personas a quienes sirves.
Podemos trabajar muchísimo por la Iglesia y haber perdido la ternura.
Podemos dedicarnos a los demás y tantas veces nos tratamos como un problema que hay que solucionar.
Podemos cuidar de nuestra familia y estar continuamente recordándole todo lo que hacemos por ella.
Podemos hacer del servicio una manera de sentirnos necesarios, importantes, incluso superiores.
Y entonces sucede algo terrible: el servicio, que debería liberarnos del egoísmo, termina convirtiéndose en una forma más refinada de egoísmo.
2. Lo más importante no es lo que damos,
sino lo que ponemos de nosotros al dar
Jesús termina hoy con una expresión extraordinaria:
«Dad limosna de lo que lleváis dentro, y lo tendréis limpio todo».
Fijémonos en esta expresión: lo de dentro.
Jesús no desprecia las ayudas materiales.
Al contrario, nos invita a compartir nuestros bienes.
Pero nos exige que la generosidad exterior nazca de un corazón transformado.
Porque podemos dar dinero sin dar cariño.
Podemos dar comida sin mirar a los ojos.
Podemos dar nuestro tiempo sin dar nuestra atención.
Todos tenéis la experiencia de haber servir con el amor más puro y gratuito que es posible: a un hijo, a un hermano? a una madre?
Pero también tenéis todos la experiencia de haber prestado un servicio y quedar después enfadados porque la persona no os correspondió o haciéndole sentir culpable porque, uf, el sacrificio que tuviste que hacer.
Hay una manera de ayudar que humilla
y una manera de ayudar que devuelve la dignidad.
La diferencia no está necesariamente en lo que se entrega,
sino en el amor con que se entrega.
El verdadero servicio no consiste solamente en dar algo que tenemos.
Consiste en compartir aquello que somos. Lo acaba de decir Cristo.
Por eso hay personas que, haciendo aparentemente muy poco, hacen un bien inmenso.
Una persona que escucha pacientemente.
Un amigo que acoge sin reproches.
Un enfermo que, desde su cama, sigue preocupado por los demás.
Quizá no hagan grandes cosas, pero entregan algo que no se compra: su corazón.
3. El gran peligro del servidor: sentirse dueño de nuestro servicio.
Hay un tercer aspecto, todavía más exigente.
Cuando servimos mucho, fácilmente aparece una tentación: creer que los demás están en deuda con nosotros.
«Con todo lo que he hecho por ti…».
«Con todas las horas que dedico a esta misión…».
«Si yo no estuviera, esto no funcionaría…».
Y poco a poco dejamos de ser servidores para convertirnos en propietarios de nuestras buenas obras.
Pero el amor auténtico no lleva una contabilidad de los favores.
El servicio cristiano no busca fabricar personas agradecidas que nos deban algo. Busca hacer crecer personas que amen a Cristo.
Esto es fundamental en EMAÚS: si después de ayudar a alguien necesitamos que nos admire, agradezca, devuelva..., quizá no estábamos sirviendo tanto a esa persona, ni a CRISTO, como a nuestra necesidad de ser reconocidos.
San Francisco de Asís comprendió profundamente esta verdad.
Se acercó a ellos. Se dejó transformar por aquel encuentro.
En su Testamento recordará que aquello que antes le resultaba amargo -servir a un leproso- se convirtió en dulzura del alma y del cuerpo, porque en ese servicio él se sintió amado de Dios.
No fue solamente Francisco quien hizo algo por los leprosos.
Fue Dios quien, a través de aquellos hombres, transformó el corazón de Francisco.
Esta es una característica esencial del servicio franciscano:
no acercarnos al otro creyéndonos superiores, creyendo que damos,
sino reconociendo que también nosotros necesitamos recibir algo de él.
El pobre no es simplemente el destinatario de nuestra caridad.
Es también el hermano escogido por Dios para enseñarnos sobre Dios.
4. Solo una persona libre puede servir verdaderamente
Y aquí encontramos la conexión con la primera lectura.
San Pablo nos dice:
«Para esta libertad Cristo nos ha liberado».
Y termina afirmando que lo único decisivo es «la fe que actúa por la caridad».
¡Qué extraordinaria unión entre libertad y servicio!
El cristiano no sirve porque tenga que comprar el amor de Dios.
No sirve para demostrar que es mejor que los demás.
No sirve para ganar méritos ante los hombres.
Sirve porque ha descubierto que es amado gratuitamente,
y, como decía Jaime, siente la necesidad de compartir tan gran regalo.
El que sirve por amor comienza a descubrir que su mayor recompensa es que el otro ame más a Dios.
¿Te alegras cuando otra persona hace mejor que tú aquello que estaba haciendo?
la madurez cristiana se mide por el amor que pongo en mis obras.
Y hay una última paradoja.
En el Evangelio, Jesús es el que nos llama a servir,
pero en la Eucaristía descubrimos que, antes de pedirnos nuestro servicio,
Él mismo se pone a nuestro servicio.
Nos reúne para entregarnos su vida.
Nosotros venimos con nuestras manos cansadas,
con nuestros límites y con nuestras pobrezas.
Y Cristo nos ofrece su propio Cuerpo. Y su descanso
Por eso, antes de salir a servir, necesitamos dejarnos amar por Él.
Por eso celebramos la eucaristía antes de una gran misión.
Hermanos, hoy podríamos pedirle al Señor tres gracias:
+que nuestras manos nunca estén más ocupadas en servir que nuestro corazón;
+que nuestro servicio no humille nunca a quien lo recibe; sino que le haga sentir más hijo de Dios.
+y que sepamos hacer el bien incluso cuando nadie lo vea ni lo agradezca. Solo por amor a Cristo.
Hacer tanto bien a una persona que, después de encontrarse con nosotros, se sienta más amada por Dios, más digna y más libre.
Amén.















































































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