hace 4 horas
SAN FRANCISCO DE ASÍS Y LOS ÁNGELES CUSTODIOS
«Sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10)
Hay una verdad de nuestra fe que quizá hemos dejado demasiado en el mundo de los niños: Dios ha puesto junto a nosotros ángeles que nos acompañan y custodian.
De pequeños aprendimos aquella oración:
Ángel de mi guarda, dulce compañía
,no me desampares ni de noche ni de día…
Y después crecimos.
Y quizás pensamos que también había que crecer dejando atrás a los ángeles.
Pero resulta que san Francisco de Asís hizo justamente lo contrario:
cuanto más crecía en santidad,
más consciente era de que el mundo visible no era toda la realidad.
Francisco vivía rodeado de una presencia invisible.
Veía el sol, pero veía al Creador del sol.
Veía a los hermanos, pero reconocía en ellos un regalo de Dios.
Contemplaba la creación y escuchaba en ella una alabanza.
Y sabía que, junto al mundo que nuestros ojos pueden ver,
existe esa multitud de servidores de Dios que la Escritura llama ángeles.
Francisco tuvo una profunda veneración por ellos y,
especialmente, por san Miguel Arcángel.
Las fuentes franciscanas recuerdan su intensa vida de oración y sus períodos de retiro; precisamente durante una de aquellas cuaresmas de oración en el monte Alverna recibió la visión del Serafín y los estigmas de Cristo.
Pero hoy quisiera detenerme en algo todavía más cercano:
el ángel que Dios ha puesto junto a ti.
1. El cristiano nunca camina solo
Jesús dice en el Evangelio:
«Sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial».
Jesús habla de los pequeños y dice: cuidado con despreciarlos.
¿Por qué?
Porque son preciosos para Dios.
Tan preciosos que sus ángeles están delante del Padre.
Esto significa que nuestra vida no transcurre abandonada a su suerte.
Quizá haya momentos en los que puedas sentirte solo.
Quizá nadie conozca verdaderamente lo que estás viviendo.
Hay noches en las que nadie sabe por qué no puedes dormir.
Hay decisiones que tienes que tomar tú solo.
Hay heridas que prácticamente nadie conoce.
Hay caminos por los que ni siquiera las personas que más te quieren pueden acompañarte.
Nuestros padres llegan hasta un punto.
Nuestros amigos llegan hasta un punto.
Incluso las personas que más nos aman tienen que detenerse ante determinadas puertas.
Pero Dios no se detiene.
Y una de las formas misteriosas de su providencia es precisamente la presencia del ángel custodio.
El ángel custodio significa algo muy hermoso:
Dios se toma personalmente tu vida.
No eres uno más entre ocho mil millones de personas.
Dios conoce tu nombre.
Conoce tu camino.
Conoce tus peligros.
Conoce también el proyecto que ha pensado para ti.
Y te acompaña.
2. ¿Qué hace un ángel custodio?
Un ángel custodio no es una especie de guardaespaldas celestial que impide automáticamente que nos ocurra cualquier desgracia.
Si fuera así, ningún santo habría sufrido.
Y Francisco sufrió muchísimo.
El ángel no elimina nuestra libertad ni convierte nuestra vida en un camino sin cruces.
Hace algo mucho más profundo:
nos ayuda a caminar hacia Dios.
Nos protege del mal.
Nos inspira el bien.
Nos ayuda a discernir.
Intercede por nosotros.
Nos recuerda silenciosamente que nuestro destino no termina aquí.
el ángel custodio no ha recibido la misión de evitarte todos los caminos difíciles; ha recibido la misión de ayudarte a llegar a casa.
Y la casa es Dios.
3. Francisco comprendió que la creación está llena de mensajeros
Francisco llamaba hermano al sol, hermana a la luna, hermana al agua, hermano al fuego.
¿Por qué?
Porque Todo habla de Dios.
El sol le hablaba de Dios.
Una flor le hablaba de Dios.
Un pobre le hablaba de Dios.
Un leproso podía convertirse en lugar de encuentro con Dios.
Y los ángeles son precisamente eso: mensajeros.
Por eso podríamos decir que Francisco aprendió a vivir toda su existencia preguntándose:
«Señor, ¿qué me quieres decir?»
Y quizá esta sea una magnífica manera de vivir bajo la protección del ángel custodio.
En lugar de atravesar la vida distraídos, aprender a preguntar:
Señor, ¿qué me estás diciendo en esta persona?
¿Qué me estás diciendo en este acontecimiento?
¿Qué me estás diciendo en esta dificultad?
¿Qué me estás diciendo en esta oportunidad?
¿Qué me estás diciendo en esta llamada que siento dentro?
Porque Dios habla.
El problema es que nosotros tenemos muchísimo ruido.
4. Nuestro ángel custodio y nuestras decisiones
Aquella intuición.
Aquella inquietud.
Aquella persona que apareció inesperadamente.
Aquella decisión de no ir.
Aquella llamada que hicimos.
Aquella sensación interior de que debíamos detenernos.
No tenemos que convertir todo en intervenciones sobrenaturales.
Pero tampoco debemos vivir como si Dios estuviera ausente.
La vida cristiana sabe reconocer una realidad:
la Providencia trabaja mucho más de lo que vemos.
5. Francisco nos enseña a escuchar
Francisco era extraordinariamente sensible a las llamadas de Dios.
Cuando el Crucificado de San Damián le dice:
«Francisco, ve y repara mi casa»,él escucha.
Cuando encuentra al leproso, escucha.
Cuando descubre a sus hermanos, escucha.
Cuando oye el Evangelio y comprende que Cristo envía a sus discípulos pobres y descalzos, escucha.
Su santidad podría resumirse en una palabra: escuchar.
Quizá rezamos demasiado diciendo:
«Ángel mío, protégeme».
Está muy bien.
Pero podríamos añadir:
«Ángel mío, ayúdame a escuchar».
Ayúdame a escuchar lo que Dios quiere de mí.
Ayúdame a reconocer cuándo me estoy desviando.
Ayúdame a distinguir entre lo que me apetece y lo que realmente me hace bien.
Ayúdame a recordar que soy hijo de Dios cuando se me olvide.
6. Nuestro ángel custodio conoce una cosa que nosotros olvidamos: hacia dónde vamos
Nuestro ángel custodio estaba con nosotros cuando comenzamos nuestra vida.
Ha contemplado nuestras primeras alegrías.
Nuestros errores.
Nuestros pecados.
Nuestras confesiones.
Nuestros regresos.
Las veces que dijimos que sí.
Las veces que dijimos que no.
Y si Dios quiere, estará también en el último momento.
Porque hay una misión que atraviesa toda nuestra vida:
llevarnos hacia Dios.
Por eso la devoción a los ángeles no es infantil.
Infantil sería pensar que podemos hacerlo todo solos.
Francisco precisamente descubrió lo contrario.
Cuanto más se acercaba a Dios, más pequeño se sabía.
Más necesitado.
Más hermano.
Más dependiente de la gracia.
Quizá ser adulto en la fe comienza el día en que dejamos de decir:
«Yo puedo solo».
Y empezamos a decir:
«Señor, guíame».










































































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