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Domingo XIV TO. Hablamos de perdón?

hace 15 minutos
5 min de lectura

El perdón cristiano a partir de una idea previa:

nuestra vida no nos pertenece, sino que pertenece al Señor.


Es Pedro quien pregunta a Jesús:

«¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?».

Jesús responde que no siete, sino «setenta veces siete» o «setenta y siete», según la traducción.


El punto de partida es la frase de san Pablo:

«Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo…

ya sea que vivamos o que muramos, somos del Señor».


Esta afirmación es fundamental:

la vida cristiana no consiste en entender la existencia como una propiedad absolutamente privada.

Nuestra vida es nuestra,

pero al mismo tiempo pertenece a Dios.

Por eso la existencia cristiana no se organiza únicamente alrededor de nuestros deseos, derechos, sentimientos o proyectos personales.


Por una parte está lo que denomina la mentalidad de la modernidad radical: «Mi vida, mi muerte, mi elección».

Es una concepción centrada en la autonomía individual:

yo decido, yo elijo y nadie puede decirme qué hacer.


Frente a esa mentalidad,

Pablo afirma justamente lo contrario:

el cristiano pertenece a Cristo. «soy esclavo de Cristo Jesús» y «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí».

Todo esto significa entregar a Cristo la mente, el corazón, el cuerpo, el alma y la totalidad de la vida.


La oración de Pablo en las dificultades es: «Señor, soy tuyo»,

tanto cuando las cosas van bien como cuando uno se encuentra al límite de sus fuerzas.

La oración verdaderamente cristiana no sería: «Señor, sácame de esta situación»,

sino : «Señor, haz con mi vida lo que quieras».


EL TEMA DE HOY ES:

la necesidad de superar el egocentrismo infantil.


El bebé vive naturalmente desde el «yo», «mío», «quiero», «necesito», «dame».

El crecimiento humano exige superar progresivamente esa lógica.

San Agustín y su visión poco romántica de la infancia señala que el egocentrismo forma parte de la condición humana y que madurar significa aprender a salir del propio yo.

Pertenecemos a una cultura que produce «bebés adultos»:

personas que han crecido físicamente

pero que conservan una estructura interior centrada en sí mismas.

Somos personas que no han aprendido que la vida comporta dificultad, sacrificio, responsabilidad y servicio.

La cultura de hoy intenta eliminar cualquier experiencia de fracaso, exigencia o frustración en lugar de enseñar a afrontarla.


Solo quien descubre que su vida no es el centro absoluto puede regresar para servir a la comunidad.

La madurez consiste, por tanto, en pasar del «todo gira alrededor de mí»

al «mi vida está al servicio de algo mayor que yo».


Hay relación entre la crisis de madurez contemporánea con la secularización.

Cuando Dios desaparece del horizonte, el ser humano corre el riesgo de colocarse a sí mismo en el centro: si no existe una realidad superior, «yo» puedo convertirme en el valor máximo y en la preocupación definitiva.


De ahí surgiría una cultura dominada por el ego.


En el Evangelio del perdón. Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar y Jesús responde que hay que perdonar sin llevar una contabilidad limitada.

Una de las cosas que más nos impiden perdonar es la excesiva preocupación por nosotros mismos. Cuando alguien nos hiere, podemos quedar encerrados en el daño: «me hicieron esto», «me ofendieron», «no voy a seguir adelante hasta que se disculpen», «no puedo dejarlo pasar».


El resentimiento convierte la herida en el centro permanente de nuestra existencia. Cuando no perdonamos, quedamos paralizados para la misión.

Si permanezco obsesionado con mi ego herido y la otra persona permanece obsesionada con el suyo, ambos terminamos mirándonos mutuamente desde el resentimiento.

Dejamos entonces de mirar juntos hacia Dios y hacia aquello que Dios quiere de nosotros. Por eso el perdón no se presenta solamente como una obligación moral o como una exigencia para «ser buenos».

Es una condición de libertad para poder continuar caminando.

El resentimiento atasca; el perdón libera para la misión. 

La incapacidad para perdonar es interpretada como una manifestación de esa conciencia infantil que coloca el propio yo herido en el centro de todo.


El argumento también se puede formular al revés:

cuando una persona sabe cuál es su misión, está en contacto con Dios y comprende que su vida no gira alrededor de sí misma, puede relativizar el daño recibido.

Puede decir: «Sí, me hicieron daño; pero mi vida tiene una finalidad más grande y no quiero quedar encadenado para siempre a esa ofensa».

El perdón se vuelve entonces posible porque existe algo más importante que proteger continuamente el propio ego: hacer la voluntad de Dios.


Corazones de acero (Fury).

Los miembros de la tripulación de un tanque mantienen continuos conflictos, discusiones y resentimientos. Sin embargo, cuando llega el momento decisivo y tienen que afrontar juntos una misión peligrosa, las diferencias pasan a segundo plano. La misión común permite que superen sus enfrentamientos y vuelvan a reconocerse como un equipo. Esta escena sirve como metáfora espiritual: cuando la misión está clara, los resentimientos pierden fuerza.


Si nuestra vida pertenece al Señor, ya no podemos permitir que cada ofensa determine nuestro camino.

Quien puede decir con Pablo «sea que viva o que muera, pertenezco al Señor» puede también comenzar a decir: «No voy a permanecer prisionero de este resentimiento».

Así se entiende finalmente el «setenta veces siete» de Jesús.

No se trata simplemente de establecer una cifra enorme de perdones, sino de romper la lógica de la contabilidad del ego.

Jesús quiere seguidores libres para la misión, no discípulos atrapados permanentemente en agravios, cuentas pendientes y heridas.

Por eso invita a perdonar una y otra vez.


A todos aquellos que os encontráis atrapados en «redes y tramas de resentimiento»: tu vida no se trata únicamente de ti; perteneces al Señor. Cuando esa verdad se convierte en el centro de la existencia, el ego deja de ocupar el trono y el perdón empieza a ser posible.


RESUMEN

  1. La vida cristiana pertenece a Dios: «si vivimos, para el Señor vivimos; si morimos, para el Señor morimos».

  2. El cristianismo se opone a convertir la autonomía individual absoluta en el valor supremo.

  3. La madurez humana y espiritual exige superar el «yo, mío, quiero, necesito».

  4. Una cultura excesivamente centrada en proteger al individuo puede favorecer una inmadurez permanente.

  5. La apertura a Dios permite descubrir que existe algo mayor que el propio ego.

  6. La verdadera madurez conduce al servicio y a la misión.

  7. Muchas veces lo que impide perdonar no es únicamente la gravedad de la herida, sino quedar fijados en nuestro yo herido.

  8. El resentimiento nos mantiene mirando al ofensor; la misión hace que volvamos a mirar hacia Dios.

  9. Perdonar significa recuperar libertad para continuar la misión.

  10. Cuanto más clara está nuestra pertenencia al Señor y nuestra misión, más capaces somos de dejar atrás resentimientos.

  11. El «setenta veces siete» de Jesús significa negarse a vivir llevando una contabilidad permanente de las ofensas.

  12. La frase que resume puede resumir mi homilía hoy podría ser: «Tu vida no se trata de ti; perteneces al Señor. Por eso puedes perdonar y seguir adelante con la misión».


Jesús no pide perdonar únicamente para reconciliarnos con el pasado; pide perdonar para que el pasado no nos robe el futuro ni la misión.



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