María es Madre de Dios
- Fray Dino

- hace 10 minutos
- 11 min de lectura
Hay palabras que pronunciamos tantas veces que corremos el peligro de no darnos cuenta de lo extraordinario que estamos diciendo.
Cada vez que rezamos el Ave María decimos:
«Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…».
Madre de Dios.
Nos sale con absoluta naturalidad. Pero hubo un momento en la historia de la Iglesia en que esas palabras provocaron una de las discusiones teológicas más importantes del cristianismo.
Y, curiosamente, la discusión no comenzó preguntando quién era María.
Comenzó preguntando:
¿Quién es realmente Jesús?
Porque todos los dogmas marianos, de una manera u otra, terminan conduciéndonos hasta Cristo.
1. Todo comienza en el Evangelio
Cuando el ángel Gabriel llega hasta María no le anuncia simplemente que tendrá un hijo extraordinario. Le dice:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios».
María responde:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y en aquel instante sucede algo absolutamente desconcertante:
Dios entra en nuestra historia.
El Hijo eterno del Padre comienza a existir verdaderamente como hombre en el seno de una mujer. Por eso san Juan dirá:
«El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».
No dice que el Verbo se disfrazó de hombre.
No dice que Dios utilizó un cuerpo humano durante unos años. Dice:
«se hizo carne».
Y cuando María visita a Isabel encontramos una expresión todavía más sorprendente. Isabel exclama:
«¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?».
Ya en el Evangelio aparece, por tanto, la intuición fundamental de la fe cristiana: aquel que María lleva en su seno es el Señor.
2. Los primeros cristianos tuvieron que comprender este misterio
Durante los primeros siglos, la Iglesia tuvo que responder a una pregunta dificilísima:
¿Quién es Jesucristo?
Todos confesaban que Jesús era hombre.
Y confesaban que era Dios.
Pero entonces surgía el problema:
¿Cómo pueden unirse en Jesús humanidad y divinidad?
Aparecieron respuestas equivocadas.
Algunos tendían a reducir su divinidad.
Otros debilitaban su verdadera humanidad.
Y poco a poco la Iglesia fue precisando su lenguaje.
En el año 325, el Concilio de Nicea proclamó que Jesucristo es verdadero Dios, «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero», de la misma naturaleza del Padre.
Pero todavía quedaba por comprender mejor cómo se relacionaban en Cristo lo humano y lo divino.
Y ahí entra nuestra historia.
3. Una palabra comenzó a hacerse popular: Theotokos
Los cristianos de Oriente comenzaron a llamar a María con un título precioso:
Theotokos.
Es una palabra griega formada por Theos, Dios, y tokos, relacionada con engendrar o dar a luz.
Podemos traducirla como:
«la que dio a luz a Dios», «la Madre de Dios».
No significaba que María fuese anterior a Dios.
Nadie pensaba semejante cosa.
María no es madre de la divinidad. No creó a Dios.
No es origen de la Trinidad.
El Hijo existe eternamente con el Padre y el Espíritu Santo.
Lo que significa Theotokos es algo mucho más profundo:
el hijo que María concibió, llevó en su seno y dio a luz es verdaderamente Dios.
Y aquí apareció el conflicto.
4. Entra en escena Nestorio
En el año 428, Nestorio fue nombrado patriarca de Constantinopla, una de las sedes episcopales más importantes del Imperio. Nestorio estaba preocupado por proteger una verdad auténtica: Jesucristo es verdaderamente hombre, sufrió como nosotros.
Pero consideraba problemático llamar a María Theotokos, Madre de Dios.
Prefería hablar de María como:
Christotokos, «Madre de Cristo».
A primera vista podría parecernos una simple discusión de palabras.
¿Theotokos o Christotokos?
¿Madre de Dios o Madre de Cristo?
Pero detrás de aquellas palabras había una cuestión enorme.
Porque si llevamos demasiado lejos la distinción entre lo humano y lo divino de Jesús, podemos terminar hablando casi como si hubiese dos sujetos diferentes:
por una parte, el hombre Jesús nacido de María;
y por otra, el Hijo eterno de Dios.
Y entonces surge la pregunta decisiva:
¿quién nació en Belén?
¿Simplemente un hombre al que después se unió el Hijo de Dios?
¿O el propio Hijo eterno de Dios hecho verdaderamente hombre?
5. Entonces aparece san Cirilo de Alejandría
Uno de los grandes protagonistas de esta historia fue san Cirilo, obispo de Alejandría.
Cirilo comprendió perfectamente lo que estaba en juego.
El problema fundamental no era defender un privilegio honorífico de María.
Era defender la identidad de Jesucristo.
Cirilo insistió:
El que nació de María es el mismo Hijo eterno de Dios.
El que tuvo hambre es Dios hecho hombre.
El que lloró ante la tumba de Lázaro es Dios hecho hombre.
El que sufrió bajo Poncio Pilato es Dios hecho hombre.
El que murió en la cruz es el Hijo de Dios según su humanidad.
No existen dos Cristos.
Hay un solo Señor Jesucristo.
Por eso María puede ser llamada verdaderamente Madre de Dios.
6. El conflicto llega hasta Roma
La controversia creció rápidamente.
Cirilo escribió al papa Celestino I, explicándole el problema.
En el año 430 se celebró un sínodo en Roma que rechazó la posición de Nestorio.
La tensión era ya tan grande que el emperador Teodosio II convocó un concilio para resolver definitivamente la cuestión.
El lugar elegido fue una ciudad cargada de simbolismo: Éfeso.
Y el año: 431.
7. El Concilio de Éfeso
Imaginemos por un momento aquella ciudad.
Obispos llegando desde diferentes regiones del Imperio.
Discusiones teológicas. Cartas. Tensiones. Retrasos.
Enfrentamientos entre diferentes grupos episcopales.
San Cirilo llegó acompañado por los obispos de Egipto.
Nestorio estaba allí.
También debía llegar Juan de Antioquía con los obispos orientales, pero se retrasó.
Finalmente, el 22 de junio del año 431 comenzó una sesión conciliar presidida por Cirilo. Se leyó la doctrina de Nicea.
Se examinaron los escritos intercambiados entre Cirilo y Nestorio.
Y el concilio sostuvo la legitimidad de llamar a María:
Theotokos — Madre de Dios.
Nestorio fue condenado y depuesto.
Pero conviene entender bien lo que acababa de suceder.
Éfeso no estaba diciendo:
«Vamos a engrandecer a María todo lo posible».
Estaba diciendo:
«Vamos a confesar correctamente quién es Jesucristo».
María es Madre de Dios porque Jesús es Dios.
Así de sencillo.
Y así de inmenso.
8. Según una antigua tradición, el pueblo esperaba fuera
La tradición cristiana ha conservado una escena bellísima asociada al concilio.
Los fieles de Éfeso esperaban impacientes el resultado.
Cuando supieron que se había reconocido solemnemente a María como Theotokos, Madre de Dios, recibieron a los obispos con alegría y los acompañaron con antorchas por las calles.
Más allá de los detalles concretos con los que la tradición ha adornado aquella noche, hay algo profundamente significativo:
el pueblo cristiano entendió que aquella doctrina tocaba el corazón de su fe.
No estaban celebrando simplemente una victoria mariana.
Estaban celebrando que el Niño de Belén es verdaderamente Emmanuel:
Dios con nosotros.
9. Pero la historia todavía no había terminado
Éfeso resolvió una cuestión fundamental, pero las discusiones cristológicas continuaron.
Había que explicar con mayor precisión cómo podían coexistir en Cristo verdadera divinidad y verdadera humanidad.
Veinte años después, en el año 451, el Concilio de Calcedonia formularía una de las expresiones más importantes de toda la historia cristiana:
Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, un solo y mismo Cristo, reconocido en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación.
Una persona.
Dos naturalezas.
Verdadero Dios.
Verdadero hombre.
Y por eso Calcedonia volverá a confesar que el Hijo nació, según su humanidad, de María Virgen, Madre de Dios —Theotokos—.
10. Entonces, ¿qué significa exactamente «Madre de Dios»?
Aquí necesitamos hacer una precisión importante.
Cuando decimos que María es Madre de Dios, no estamos diciendo que María haya dado origen a Dios.
Dios no tiene principio.
María es criatura.
El Hijo es eterno.
Antes de que existieran María, Abraham, la humanidad, la tierra o las estrellas, el Hijo ya existía eternamente con el Padre.
Pero hace aproximadamente dos mil años, ese Hijo eterno asumió una naturaleza humana.
Y esa humanidad la recibió verdaderamente de María.
María concibió y dio a luz no una «naturaleza», sino una persona.
Y esa persona es el Hijo eterno de Dios.
Pensemos en cualquier madre. Una madre no dice:
«Yo soy madre solamente del cuerpo de mi hijo, pero no de su alma».
Dice: «Es mi hijo».
Pues María no es solamente madre de «la parte humana» de Jesús.
Es madre de Jesús. Y Jesús es Dios. Por eso:
María es Madre de Dios.
11. El dogma mariano que protege la Encarnación
El título «Madre de Dios» es una especie de muralla que protege el misterio de la Navidad.
Si María es verdaderamente Madre de Dios, entonces Dios verdaderamente se hizo hombre.
Dios tuvo una madre.
Dios estuvo nueve meses en un seno materno.
Dios nació.
Dios necesitó ser alimentado.
Dios aprendió a caminar con pies humanos.
Dios trabajó con manos humanas.
Dios conoció el cansancio.
Dios lloró.
Dios sufrió.
Y Dios murió verdaderamente según la humanidad que había asumido.
Esto es lo que escandaliza y maravilla al cristianismo:
Dios no nos salvó desde lejos.
Entró dentro de nuestra condición humana.
12. Y María queda situada en el corazón de este misterio
Por eso la grandeza de María no consiste en colocarse entre Dios y nosotros.
Todo lo contrario.
María señala continuamente hacia Cristo.
En Caná lo resumirá perfectamente: «Haced lo que Él os diga».
Esta podría ser toda la espiritualidad mariana resumida en una frase.
María nunca dice: «Miradme a mí».
Dice: «Mirad a mi Hijo».
Por eso una auténtica devoción mariana nunca aleja de Jesucristo.
Cuanto más auténticamente mariana es, más profundamente cristocéntrica se vuelve.
13. Hay todavía algo más hermoso
En la cruz, Jesús dice al discípulo amado: «Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
La tradición de la Iglesia ha visto en ese discípulo a todos nosotros.
La Madre de Dios se convierte también en Madre de los discípulos de Cristo.
No somos hijos de María de la misma manera que Jesús.
Jesús es su Hijo según la carne.
Nosotros somos hijos en el orden de la gracia.
Pero precisamente porque María está inseparablemente unida a Cristo, también está vinculada maternalmente con el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
14. Y cuando comprendemos quién nació de la Virgen María nos preguntamos también por el nacimiento de la Virgen María, que celebramos hoy, 8 de septiembre.
Porque aquel nacimiento aparentemente pequeño escondía un proyecto inmenso de Dios. Nace una niña. No nace en un palacio. No suenan trompetas. El mundo continúa su camino sin enterarse de nada.
Y, sin embargo, con aquella niña comienza a acercarse la aurora de la salvación.
La Iglesia contempla el nacimiento de María desde el misterio que dará sentido a toda su existencia: aquella niña está llamada a ser la Madre de Dios.
Esto no significa que María nazca sabiendo todo lo que sucederá, ni que desde niña vaya comprendiendo perfectamente su misión. Significa que Dios la ha elegido gratuitamente para ocupar un lugar único en la historia de la salvación. Dios prepara una madre
Dios podía haber entrado en nuestra historia de muchas maneras. Pero quiso hacerse verdaderamente hombre. Y si quería hacerse verdaderamente hombre, quiso también tener una madre. Por eso la Natividad de María nos recuerda que Dios prepara sus obras con paciencia.
Antes de Belén está Nazaret.
Antes del pesebre está la Anunciación.
Antes de la Anunciación está María.
Y antes del «hágase en mí según tu palabra» está toda una historia en la que Dios va preparando silenciosamente el camino.
María pertenece al misterio de la Encarnación. María sigue siendo criatura, completamente criatura. Pero Dios quiso que su entrada en nuestra humanidad pasase por el consentimiento y la maternidad de una mujer.
En el nacimiento de María aparece la dignidad de lo pequeño, la participación del pueblo de Dios.
La Natividad de María proclama que Dios puede estar comenzando algo enorme allí donde nosotros solamente vemos algo pequeño.
¿Por qué celebra hoy la Iglesia el nacimiento de María?
Los Evangelios no cuentan el nacimiento de María. No conocemos por el Nuevo Testamento ni el día ni el lugar exactos de su nacimiento. De hecho, los Evangelios tampoco nos dicen que sus padres se llamasen Joaquín y Ana. Esos nombres aparecen en una antigua obra cristiana del siglo II, el Protoevangelio de Santiago, que no pertenece a la Biblia.
Sin embargo, muy pronto los cristianos comenzaron a interesarse por los orígenes de la Madre de Jesús. El Protoevangelio de Santiago cuenta una hermosa tradición sobre Joaquín y Ana, un matrimonio que no podía tener hijos. Ana suplica a Dios y finalmente recibe el anuncio de que tendrá una hija. Esa hija será María.
3. La fiesta parece haber nacido en Jerusalén. En la antigua Jerusalén cristiana existía una tradición que situaba la casa de Joaquín y Ana y el nacimiento de María cerca de la piscina Probática o de Betesda, precisamente la piscina que aparece en Juan 5.
En aquel lugar se levantó una iglesia dedicada a María. La tradición de aquella iglesia está relacionada con la actual Iglesia de Santa Ana. La conmemoración de su dedicación quedó asociada al 8 de septiembre y parece encontrarse en el origen de nuestra fiesta.
Es decir, hay una explicación histórica muy interesante:
4. Desde Jerusalén la fiesta pasó al Oriente cristiano. En los siglos VI-VII ya encontramos claramente celebrada la Natividad de María en Oriente. Y los grandes predicadores orientales comenzaron a desarrollar toda una teología de este nacimiento.
San Andrés de Creta y san Juan Damasceno afirman que el nacimiento de María no es simplemente «el cumpleaños de la Virgen». Es el comienzo visible de la preparación inmediata de la Encarnación.
5. Después la fiesta llega a Roma. Entre finales del siglo VII y comienzos del VIII tuvo especial importancia el papa Sergio I, de origen sirio, que impulsó en Roma varias celebraciones marianas procedentes de Oriente. La Natividad de María quedó incorporada a la liturgia romana y se celebraba incluso con una procesión solemne. Desde Roma se fue extendiendo por Occidente.
la Inmaculada Concepción acabó celebrándose el 8 de diciembre porque ya se celebraba el nacimiento de María el 8 de septiembre, 9 meses después.
Una última curiosidad: el calendario romano solamente celebra litúrgicamente tres nacimientos:
Jesucristo, 25 de diciembre;
san Juan Bautista, 24 de junio;
y la Virgen María, 8 de septiembre.
Normalmente celebramos a los santos en el día de su muerte, su dies natalis, porque es su «nacimiento para el cielo».
La Iglesia no celebra el nacimiento de María simplemente porque María sea importante. Lo celebra por lo que Dios comienza con su nacimiento.
Podrías decirlo en la homilía de esta manera:
15. Así pues, comencemos el curso diciendo: «Madre de Dios»
Habrá Belén.
Habrá Egipto.
Habrá Nazaret.
Habrá Caná.
Habrá incomprensión.
Habrá una cruz.
Habrá un sepulcro.
Y habrá una mañana de Pascua.
María no conoce todos los detalles.
Pero conoce a Aquel en quien ha puesto su confianza.
Quizá ahí esté una de las grandes enseñanzas de la Madre de Dios para nosotros:
la fe no consiste en conocer de antemano todo lo que va a ocurrir; consiste en saber en manos de quién hemos puesto nuestra vida.
15. «Ruega por nosotros pecadores»
Y ahora podemos comprender mejor el Ave María.
Primero utilizamos las palabras del ángel:
«Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo».
Después las palabras de Isabel:
«Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre».
Y finalmente la Iglesia pone en nuestros labios:
«Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».
Es impresionante.
Pedimos su intercesión en los dos momentos que resumen nuestra existencia:
ahora y en la hora de nuestra muerte.
El presente y el último instante.
Todo queda colocado bajo la oración maternal de María.
16. Y quizá hoy podamos terminar haciendo lo mismo que hicieron aquellos cristianos
Han pasado casi dieciséis siglos desde Éfeso.
Ya no estamos en aquellas calles.
No llevamos antorchas acompañando a los obispos.
No discutimos en griego las palabras Theotokos y Christotokos.
Pero profesamos exactamente la misma fe.
Cuando dentro de unos minutos digamos:
«Santa María, Madre de Dios…»,
intentemos no decirlo deprisa.
Recordemos Nazaret.
Recordemos Belén.
Recordemos Nicea.
Recordemos a Cirilo y Nestorio.
Recordemos Éfeso.
Recordemos a generaciones enteras de cristianos que defendieron esta verdad.
Y sobre todo recordemos qué estamos confesando:
que el Dios eterno se hizo verdaderamente uno de nosotros.
Que no tuvo miedo de nuestra pequeñez.
Que entró en nuestra historia.
Que asumió nuestra carne.
Y que quiso hacerlo pidiendo el sí de una muchacha de Nazaret.
P
or eso hoy podemos mirar a María y decirle:
Santa María, Madre de Dios ,
enséñanos a recibir a Cristo como tú lo recibiste.
Enséñanos a confiar cuando no comprendamos.
Enséñanos a guardar la Palabra en el corazón.
Enséñanos a permanecer junto a la cruz
.Enséñanos a esperar la resurrección.
Y ruega por nosotros pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Fr. Natalio. Párroco.












































































Comentarios