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9 Agosto 2026 XIX TO

El hombre moderno puede pedir: «¿Dónde está Dios? ¿Por qué no se manifiesta de manera espectacular?» La Escritura responde: Dios no siempre se impone desde fuera; muchas veces se deja reconocer desde dentro.

Ese «susurro» es la conciencia: esa misteriosa capacidad que tenemos para reconocer que determinadas cosas son verdaderamente buenas o malas, independientemente de que una sociedad vote lo contrario.

Por eso podrías formular la pregunta:

Si todos reconocemos que hay cosas que están realmente bien y realmente mal, ¿de dónde procede esa voz que nos permite distinguirlas?

R. B. parte del diálogo con personas escépticas que consideran la religión una superstición irracional. Frente a ellas plantea primero una cuestión relacionada con la ciencia: toda ciencia presupone que el universo es inteligible, que existen leyes, patrones y estructuras racionales que la mente humana puede descubrir.

La biología, la psicología, la astronomía o las matemáticas funcionan precisamente porque la realidad posee un orden comprensible. Recuerda la conocida observación de Einstein —que resulta sorprendente que el universo pueda ser comprendido— y la reflexión del físico Eugene Wigner sobre la extraordinaria eficacia de las matemáticas para describir la naturaleza. La pregunta entonces es:

¿por qué el universo posee una estructura racional tan profunda?

 La respuesta cristiana es que el universo procede del Logos, de la Razón creadora de Dios: «En el principio era la Palabra».


A continuación añade una segunda dificultad: no solo el universo es inteligible, sino que nuestra mente es capaz de comprenderlo. Si tanto la realidad como nuestra capacidad racional procedieran únicamente del azar, resulta difícil explicar esa extraordinaria correspondencia. La propuesta creyente es que la mente humana y el mundo proceden de una misma Inteligencia creadora.


El segundo gran argumento se refiere a la moral.

Pregunta al escéptico si la esclavitud o el racismo son realmente malos. La respuesta suele ser afirmativa, independientemente de lo que pensara una determinada sociedad en una época concreta. Esto significa que reconocemos que existen valores morales objetivos, que no dependen simplemente del consenso, de las mayorías o de las modas culturales.

La cuestión decisiva es entonces: ¿de dónde procede ese bien moral objetivo y cómo somos capaces de reconocerlo? Aquí conecta con el relato bíblico de Elías en el Horeb. Dios no aparece en el viento, el terremoto o el fuego, sino en un «susurro apacible y delicado».

Ese susurro sirve como imagen de la conciencia, la voz interior mediante la cual reconocemos el bien y el mal.

Siguiendo a san John Henry Newman, presenta la conciencia como una especie de «vicario de Cristo en el alma». No sería simplemente la interiorización de las órdenes de nuestros padres o de las normas sociales, porque precisamente gracias a la conciencia somos capaces también de juzgar críticamente las acciones de nuestros padres, autoridades o gobernantes.

La conciencia posee además un carácter profundamente personal: cuando hacemos el mal no sentimos simplemente que hemos cometido un error técnico, sino que experimentamos algo parecido a haber ofendido a alguien; y cuando obramos bien sentimos que hemos respondido adecuadamente ante Alguien.


Esto apunta a la presencia de un Dios personal que fundamenta el bien y permite al ser humano reconocerlo.


Todo el razonamiento puede reducirse a dos caminos:

  1. El mundo es inteligible y nuestra mente puede comprenderlo → existe un Logos, una Inteligencia creadora.

  2. Existen valores morales objetivos y nuestra conciencia puede reconocerlos → existe un fundamento trascendente del bien.

Dos preguntas para dialogar con quien rechaza la fe:

¿Cómo explicas que la ciencia sea posible?

¿Cómo explicas que existan valores morales objetivamente buenos o malos?

Si se siguen ambas cuestiones hasta sus últimas consecuencias se termina llegando a Dios: autor de la inteligibilidad, del valor moral y de nuestra capacidad para reconocer ambos.

En una frase: la homilía sostiene que la razón científica y la conciencia moral, lejos de alejarnos de Dios, pueden convertirse en dos grandes caminos racionales hacia Él.


Evangelio: Mt 14,22-33 — De las razones a la confianza

Los discípulos están en una barca, de noche, con viento contrario. Jesús aparece caminando sobre el agua. Pedro le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti». Sale de la barca, pero cuando mira el viento comienza a hundirse. Jesús lo toma de la mano y le pregunta: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» Finalmente los discípulos confiesan: «Realmente eres Hijo de Dios».


Los argumentos racionales pueden llevarnos hasta el borde de la barca. Pueden mostrarnos que creer en Dios no es absurdo, que existen buenas razones para preguntarse por un Creador, por el Logos, por el fundamento del bien.

Pero llega un momento en que Pedro tiene que escuchar:

«Ven».

Y salir.

La fe cristiana no es irracional, pero tampoco se reduce a una conclusión filosófica. Es encuentro y confianza en una Persona.



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