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Homilia del Papa en Asis 6-8-2026

Sobre Asís, el Papa dice varias cosas muy bellas y concretas:


1. Asís es un lugar donde la vida puede cambiar

Asís es más que una ciudad artística o un destino turístico, sino como un lugar de peregrinación que recuerda a cada persona que su vida puede adquirir una forma nueva:


«Aquí todo nos susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo».

Venir a Asís debería producir una transformación interior, no solamente dejar fotografías o recuerdos.


2. En Asís comenzó la “transfiguración” de Francisco y Clara

El discurso relaciona la ciudad con el Evangelio de la Transfiguración:

«Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y de otros miles de jóvenes».

Francisco y Clara llegaron a ser personas nuevas porque acogieron el Evangelio «sin glosa», es decir, sin rebajarlo ni acomodarlo a sus intereses. En ellos, la vida de Jesús volvió a hacerse visible.


3. Asís demuestra que el Evangelio puede comenzar de nuevo

Incluso siendo Asís una ciudad cristiana desde hacía siglos, la opción de Francisco fue revolucionaria. No se limitó a continuar las costumbres religiosas existentes, sino que abrió un camino nuevo y más coherente con Jesús. La decisión de Clara fue todavía más sorprendente: quiso vivir como mujer libre según el Evangelio.

Por tanto, el mensaje es fuerte: estar en un ambiente cristiano no basta. Siempre es necesario volver a comenzar desde Cristo.


4. Asís es un monte Tabor

Los días vividos allí son comparados con la experiencia de Pedro, Santiago y Juan en el monte de la Transfiguración. Asís es el lugar donde uno contempla la luz de Cristo, escucha su voz y descubre una llamada.

Pero no se puede permanecer allí para siempre. Hay que descender del monte y regresar a casa con una vida renovada y comprometida con Jesucristo.


5. Asís no invita a instalarse, sino a salir

La experiencia de Asís desemboca en el envío:

«Go! ¡Vayan! Mejor todavía: ¡vayamos!».

Desde allí hay que partir hacia los lugares donde la injusticia, la pobreza y la prepotencia niegan la dignidad de las personas.

Asís no es, por tanto, un refugio para escapar del mundo, sino una escuela desde la cual regresar al mundo para repararlo.


El meollo de lo que dice sobre Asís

Asís es un lugar de transfiguración, reparación y envío.

Se viene a Asís para dejarse transformar por Cristo como Francisco y Clara; para escuchar de nuevo el Evangelio sin descuentos; y para volver a casa dispuesto a irradiar luz, reparar relaciones, abrazar a los heridos y construir fraternidad.

Dicho en una sola frase:

Asís no es solamente un lugar que se visita: es una llamada a convertirse, bajar del monte y comenzar a reparar el mundo.


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Fratelli, queridos hermanos y hermanas, queridísimos jóvenes:

La fiesta de la Transfiguración que estamos celebrando es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también cargado de interrogantes sobre el presente y el futuro. En el relato evangélico encontramos el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, estupor e incomprensión.

Estamos en Asís, una ciudad a la que vienen desde hace siglos muchos peregrinos —hoy también nosotros—, porque aquí todo nos susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo.

Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y de otros miles de jóvenes: acogieron el Evangelio sin glosa —nosotros diríamos: sin descuentos— y la vida de Jesús ha recomenzado en ellos.

Hemos llegado aquí para comprender hacia dónde va la historia y hacia dónde estamos yendo nosotros. En el Evangelio vemos que se puede encontrar un sentido, se puede entrever un camino. Como Pedro, Santiago y Juan, somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia.

En la montaña, los apóstoles contemplan a Jesús, que se orienta hacia su propio futuro. Sobre este punto había habido incomprensión entre ellos. Seis días antes, Pedro había reprochado al Maestro que hubiese hablado abiertamente de la cruz. Él esperaba la gloria para el Mesías, tal vez incluso para sí mismo, sin tomar en cuenta las resistencias y los riesgos, pero, sobre todo, sin preguntarse qué es la gloria.

Ahora, en la Transfiguración de Jesús, es Dios mismo quien se revela en su gloria, que tiene la apariencia de una nube que protege y envuelve. Señala al Hijo e invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos.

Su belleza tiene un nuevo aspecto, una intensidad sin precedentes, tanto que Pedro quisiera detener el tiempo y prolongar esa visión.

Generosamente, se ofrece para construir tres tiendas, como si quisiera ver continuar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Sin embargo, hace falta entrar en esa conversación. No se puede permanecer solamente como espectadores.

Estamos llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones siguiendo su camino.

Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, como frenaron a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia para escribir nuevas páginas de la historia.

Al escuchar que «su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz», pensamos en la mañana de Pascua, cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y trajo el anuncio de la Resurrección.

«Su aspecto era como el de un relámpago y su vestidura tan blanca como la nieve». Es la luz de un nuevo día hacia el que estamos orientados, mientras que en torno a nosotros, y a veces dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos canonizados, como san Francisco y santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que responden al mal con el bien. ¡No estamos solos!

En estos días lo han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces que contrastan y se superponen al arte de la conversación.

Hoy contemplamos a Jesús, que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre, con quienes lo precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los discípulos.

La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión, en el cual comprendemos para quién vivir y cómo vivir.

Es en la comunidad donde aprendemos a distinguir la voz de Dios, que no coincide simplemente con nuestras opiniones, y a ser obedientes al Espíritu Santo, que hace audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús.

Nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos transfiguramos, en cambio, en las relaciones que robustecen y llaman a la vida.

La espiritualidad franciscana en la que ustedes se han formado está muy atenta a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar hoy más que nunca.

En este sentido, al comienzo de mi primera encíclica, he sugerido que cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo; hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad.

Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia Dios, que se hizo carne, sabiendo que «el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado».

En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud.

Queridos amigos, la razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús.

Incluso en una ciudad cristiana desde hacía siglos, como Asís, esto es algo revolucionario.

La elección de Clara resultó aún más impresionante: una joven que quería ser como Francisco, que quería vivir, como mujer, libre como aquellos hermanos.

Es la energía del cristianismo, la propia de sus comienzos y de sus múltiples reinicios.

Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos. ¡Tengan la audacia de creer en la palabra del Evangelio! ¡Sean muy humanos con la libertad de Jesucristo! ¡Abracen a la hermana pobreza!

El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado allí donde ha querido precedernos.

Go! ¡Vayan! Mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go!

Vayamos a los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios.

El papa Francisco, inspirándose en el Pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor».

Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana.

Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí nunca es traicionar a la familia, a la ciudad o a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo.

Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar.

Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor, de la cual han encontrado los brotes en tantos ejemplos de gratuidad y que transfigura, a imagen de Cristo, a innumerables artífices de paz, también hoy comprometidos con el servicio a la vida en los más trágicos escenarios de muerte.

Unan las mejores energías de su magnífica humanidad —los estudios, las competencias, el trabajo, las amistades, el amor y la oración—, actualizando de diversos modos la visión de Francisco.

Imagino que conocen esta oración frecuentemente atribuida a él, un texto del pasado siglo:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.

Que allí donde haya odio, ponga yo el amor;donde haya ofensa, ponga yo el perdón;donde haya discordia, ponga yo la unión;donde haya error, ponga yo la verdad;donde haya duda, ponga yo la fe;donde haya desesperación, ponga yo la esperanza;donde haya tinieblas, ponga yo la luz;donde haya tristeza, ponga yo la alegría.

¡Aquí tenemos hacia dónde andar! Go! Pero también, especialmente, cómo andar:

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto ser consolado como consolar; ser comprendido como comprender; ser amado como amar.

Porque dando es como se recibe; olvidando, como se encuentra; perdonando, como se es perdonado; muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Queridos amigos, que estos días en Asís se impriman en su memoria y que el retorno a casa, a los diversos países de Europa a los que viajarán, sea como el descenso de Pedro, Santiago y Juan del monte alto de la Transfiguración.

Un retorno reflexivo, abierto al futuro, comprometido con Jesucristo.

Él se fía de ustedes, cuenta con ustedes y permanece siempre con ustedes.


RESUMEN DE TEMAS:

El discurso desarrolla una gran catequesis sobre la Transfiguración aplicada a la vida de los jóvenes, a la espiritualidad franciscana y a la misión de la Iglesia en el mundo actual. Estos son sus temas principales y el meollo de cada uno:

1. La Transfiguración: luz para comprender la vida

La fiesta de la Transfiguración aparece como un misterio de luz que ayuda a afrontar las preguntas sobre el presente y el futuro. El Evangelio reúne contrastes: luz y oscuridad, silencio y palabra, admiración e incomprensión.

Meollo: cuando la vida parece confusa, Cristo permite contemplarla desde la luz de Dios. La fe no elimina las preguntas, pero ofrece una dirección y un sentido.

2. Asís como lugar de transformación

Asís no es solamente una ciudad histórica o un destino de peregrinación. Es un lugar que recuerda que una vida puede cambiar, irradiar luz y contribuir a reparar el mundo. Allí comenzó la transformación de Francisco, Clara y muchos otros jóvenes.

Meollo: la santidad empieza cuando una persona permite que el Evangelio cambie radicalmente su manera de vivir. Lo que ocurrió con Francisco y Clara puede volver a suceder hoy.

3. Acoger el Evangelio «sin glosa» y sin descuentos

Francisco y Clara acogieron el Evangelio sin rebajarlo, suavizarlo ni adaptarlo a sus comodidades. Por eso la vida de Jesús volvió a hacerse visible en ellos.

Meollo: el cristianismo se renueva cuando dejamos de negociar con el Evangelio y permitimos que Cristo viva nuevamente en nosotros.

4. La presencia de Jesús da sentido al camino

Como Pedro, Santiago y Juan, los jóvenes son llevados aparte para reconocer hacia dónde camina la historia y hacia dónde se dirige su propia vida. Lo decisivo es que Jesús está con ellos.

Meollo: antes que conocer todos los detalles del futuro, importa saber quién camina con nosotros. La presencia de Cristo es más importante que disponer de un mapa completo.

5. La verdadera gloria pasa por la cruz

Pedro esperaba un Mesías glorioso, pero no comprendía que la gloria de Jesús pasaría por la cruz. Quería la victoria sin sufrimiento, quizá también buscando una gloria personal.

Meollo: la gloria cristiana no consiste en éxito, poder o reconocimiento, sino en amar hasta entregarse. No existe resurrección cristiana sin afrontar responsablemente la cruz.

6. Escuchar al Hijo

En la nube de la Transfiguración, Dios señala a Jesús e invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo comunitariamente.

Meollo: el discernimiento cristiano no comienza preguntando solamente «qué quiero hacer», sino «qué me está diciendo Jesús». Y esa escucha no es individualista: se aprende caminando juntos.

7. No quedarse como espectador

Pedro quiere construir tres tiendas y prolongar el momento hermoso. Pero no basta con contemplar desde fuera la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Hay que entrar en ella.

Meollo: la fe no es un espectáculo religioso ni una emoción pasajera. El discípulo debe participar, escuchar las Escrituras, interpretar su tiempo y tomar decisiones concretas.

8. Vencer la resignación y escribir una nueva historia

Jesús invita a superar el miedo y las dudas que paralizan. Los discípulos están llamados a entrar en diálogo con la historia de Cristo para escribir nuevas páginas de la historia humana.

Meollo: el cristiano no está condenado a repetir los errores del pasado. Con Cristo puede iniciar algo nuevo y convertirse en protagonista de una historia de salvación.

9. La Transfiguración anticipa la Pascua

El rostro luminoso de Jesús y sus vestiduras blancas anticipan la mañana de la Resurrección. Aunque todavía exista oscuridad en el mundo y en el corazón humano, ya ha comenzado un nuevo día.

Meollo: la oscuridad no tiene la última palabra. La Transfiguración anuncia que el destino de Jesús —y de quienes lo siguen— no es la muerte, sino la vida resucitada.

10. Los santos son la aurora de un mundo nuevo

La luz de Cristo se contempla en Francisco, Clara y en tantos hombres y mujeres que responden al mal con el bien.

Meollo: los santos demuestran que el Evangelio es posible. Son señales anticipadas de la humanidad nueva que Dios quiere construir.

11. Pasar del ruido a la conversación

Los jóvenes han experimentado el paso del ruido de voces contrapuestas al arte de conversar. Jesús mismo se transfigura en diálogo con el Padre, con Moisés y Elías y con sus discípulos.

Meollo: la verdadera transformación nace de la escucha y del encuentro. Frente a una sociedad de gritos, enfrentamientos y opiniones superpuestas, el cristiano debe recuperar el arte de escuchar y conversar.

12. La misión de la Iglesia: escuchar, discernir y decidir

La Iglesia existe para introducir a las personas en un dinamismo de escucha y decisión. En comunidad se aprende a distinguir la voz de Dios de las propias opiniones y a obedecer al Espíritu Santo.

Meollo: la Iglesia no está para confirmar todas nuestras ideas, sino para ayudarnos a discernir la voluntad de Dios y responder con valentía y creatividad.

13. Nos desfiguramos al aislarnos y nos transfiguramos en las relaciones

La separación de Dios y de los demás desfigura al ser humano. Por el contrario, las relaciones que fortalecen, cuidan y llaman a la vida nos transfiguran.

Meollo: la santidad no es aislamiento espiritual. La persona recupera su verdadero rostro cuando vive relaciones reconciliadas con Dios, consigo misma, con los demás y con la creación.

14. La espiritualidad franciscana como reparación

La espiritualidad franciscana busca reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas las criaturas, restaurando una armonía que hoy es especialmente necesaria.

Meollo: «reparar la Iglesia» significa también reparar vínculos rotos: reconciliar personas, cuidar la creación, sanar comunidades y reconstruir la fraternidad.

15. Cada generación debe dar forma a su tiempo

Cada generación recibe la responsabilidad de construir una sociedad donde se proteja la dignidad humana, se promueva la justicia y sea posible la fraternidad.

Meollo: los jóvenes no deben limitarse a heredar el mundo tal como está. Están llamados a transformarlo y a impedir que se vuelva más inhumano e injusto.

16. Cristo revela la verdadera humanidad

Cuando la humanidad corre el riesgo de perder su rostro, los cristianos miran a Dios hecho carne. Jesucristo muestra qué significa ser verdaderamente humano y abre el camino hacia la plenitud.

Meollo: Cristo no disminuye nuestra humanidad, sino que la lleva a su plenitud. Cuanto más unidos estamos a Jesús, más humanos nos hacemos.

17. La humanidad revolucionaria de Francisco y Clara

Francisco abandonó los caminos ya trazados para abrir uno más coherente con Jesús. Clara realizó una elección todavía más sorprendente: quiso vivir libremente el Evangelio como aquellos hermanos.

Meollo: la santidad franciscana no es una decoración piadosa, sino una revolución evangélica. Francisco y Clara rompieron con las expectativas sociales para vivir la libertad de Cristo.

18. El mundo necesita nuevos santos

Europa y el mundo buscan nuevos santos. A los jóvenes se les pide creer con audacia en el Evangelio, vivir la libertad de Jesús y abrazar a la hermana pobreza.

Meollo: la respuesta cristiana a la crisis del mundo no son únicamente nuevas estrategias, sino personas santas, libres, pobres y profundamente humanas.

19. «Go»: salir sin tener todos los mapas

El lema «Go» expresa una misión. Hay caminos que todavía no están trazados y que se abren escuchando el corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado.

Meollo: Dios no entrega siempre un itinerario detallado. El camino aparece mientras uno avanza con fe, discernimiento y docilidad al Espíritu.

20. Ir a las periferias y defender la dignidad

La misión lleva a los lugares donde la injusticia y la prepotencia niegan la dignidad y los sueños de muchos hijos de Dios.

Meollo: seguir a Jesús implica desplazarse hacia quienes sufren. La misión cristiana no se dirige únicamente hacia los lugares cómodos, sino hacia las heridas del mundo.

21. Tocar la carne sufriente de los demás

Se denuncia la tentación de vivir el cristianismo manteniendo una prudente distancia de las llagas de Cristo. Jesús pide tocar la miseria humana y abandonar los refugios que nos aíslan de la tormenta del mundo.

Meollo: no puede haber una fe auténtica sin cercanía con el sufrimiento. Cristo está presente en las heridas concretas de los pobres, excluidos y heridos.

22. Derribar los muros del miedo

Francisco tampoco fue comprendido por los suyos. Sin embargo, rechazar la cultura de la fuerza y derribar los muros entre los seres humanos no significa traicionar la propia familia o tradición, sino liberarlas de sus miedos, enemigos imaginarios y violencias.

Meollo: la verdadera fidelidad no consiste en defenderlo todo ciegamente, sino en purificar nuestras comunidades de prejuicios, miedos y formas de violencia.

23. Un mundo para abrazar, no para dominar

Confiar en Dios permite redescubrir el mundo como una fraternidad de hermanos y hermanas a quienes amar y servir, no explotar ni dominar.

Meollo: la creación y las personas no son propiedades que defender o instrumentos que utilizar, sino dones que debemos acoger, cuidar y abrazar.

24. Apostar por la civilización del amor

Se invita a los jóvenes a comprometerse con una civilización basada en la gratuidad, la paz y el servicio a la vida, incluso en los lugares marcados por la muerte.

Meollo: frente a la cultura del descarte y la violencia, el cristiano construye una civilización donde amar, servir y hacer la paz se convierten en una forma concreta de transformar la sociedad.

25. Poner todos los talentos al servicio de la misión

Los estudios, las capacidades profesionales, el trabajo, las amistades, el amor y la oración deben unirse para actualizar la visión de Francisco.

Meollo: la vocación cristiana no afecta únicamente a los momentos de oración. Toda la vida —inteligencia, relaciones, profesión y afectos— debe convertirse en instrumento del Reino de Dios.

26. Ser instrumentos de paz

La conocida oración atribuida a san Francisco resume un programa de vida: poner amor donde hay odio, perdón donde hay ofensa, unión donde hay discordia, fe donde hay duda, esperanza donde hay desesperación y luz donde existen tinieblas.

Meollo: el cristiano no se limita a denunciar lo que falta; pone activamente aquello que el mundo necesita. No pregunta solamente quién tiene la culpa, sino qué puede aportar él para sanar la situación.

27. Cambiar la lógica del recibir por la del dar

La oración invita a buscar más consolar que ser consolado, comprender que ser comprendido y amar que ser amado. Dando, perdonando y muriendo a uno mismo se encuentra la vida verdadera.

Meollo: la felicidad cristiana nace de salir del centro. Quien deja de reclamar constantemente atención, reconocimiento y afecto descubre la alegría de entregarse.

28. Bajar del monte y volver a la vida cotidiana

El encuentro de Asís debe quedar grabado en la memoria, pero no para vivir de un recuerdo emotivo. Como Pedro, Santiago y Juan, hay que descender del monte y regresar a casa comprometidos con Jesucristo.

Meollo: toda experiencia espiritual auténtica termina en misión. No se puede permanecer indefinidamente en el Tabor; hay que volver a la familia, al trabajo, a la parroquia y a la sociedad llevando la luz contemplada.

29. Cristo confía en los jóvenes

El discurso concluye asegurando que Jesús confía en ellos, cuenta con ellos y permanece siempre a su lado.

Meollo: la misión no nace únicamente de nuestra confianza en Dios, sino también de reconocer que Dios confía en nosotros. Cristo no llama porque seamos perfectos, sino porque quiere realizar algo grande contando con nuestra libertad.

El gran mensaje central

Todo el discurso podría resumirse así:

Contemplar a Cristo transfigurado debe llevarnos a dejarnos transfigurar por Él y a trabajar por la transfiguración del mundo.

No basta subir al monte, emocionarse o admirar la luz. Hay que escuchar a Jesús, aceptar el camino de la cruz, vivir relaciones reconciliadas, tocar las heridas humanas, derribar muros y regresar a la vida cotidiana como instrumentos de paz.

La propuesta es profundamente franciscana: acoger el Evangelio sin descuentos, recuperar nuestra verdadera humanidad en Cristo y convertir toda la vida en una misión de fraternidad, reparación y amor.

 

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