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Jeremías, Pablo, Pedro, tres testimonios de un mismo fuego. Dom XXII TO

Jeremías es un profeta profundamente humano. No es un hombre impasible que sepa siempre qué hacer. Es joven, tiene miedo, duda, se enfada, se frustra y llega a sentirse abrumado por la misión que Dios le ha confiado. Precisamente por eso podemos reconocernos en él.

Dios lo llama siendo muy joven y le encomienda una misión nada agradable: anunciar a Israel que, por su infidelidad, idolatría y maltrato de los pobres, llegará el juicio a través de Babilonia. Jeremías no recibe un mensaje diseñado para caer bien. Y el resultado es desastroso desde el punto de vista humano: no le escuchan, se burlan de él, lo persiguen e incluso lo arrojan a una cisterna.


Esta es la desgarradora confesión de Jeremías:

«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir… He sido el hazmerreír de todos».

No estamos ante una oración piadosa y tranquila, sino ante el grito de alguien que está cansado de servir a Dios y recibir, a cambio, todo menos gratitud. Jeremías siente que Dios le ha dado una carga terrible: anunciar una palabra que nadie quiere escuchar.


1. Tú también experimentas el rechazo por ser cristiano.

Manifestar y anunciar públicamente la fe en la cultura occidental actual provoca cada vez más resistencia.

La dificultad aparece especialmente cuando la fe tiene consecuencias concretas para la manera de vivir: defender la dignidad de toda vida humana desde la concepción hasta la muerte natural; exigir respeto para toda persona; y, al mismo tiempo, afirmar que existen verdades y valores morales objetivos que no dependen simplemente de lo que cada individuo decida para sí mismo.

Si anunciamos seriamente la Palabra de Dios, tarde o temprano comprenderemos a Jeremías. Habrá críticas, incomprensión e incluso burla.


2. ¿Entonces abandonamos?

Jeremías llega precisamente a ese punto:

«Ya no me acordaré del Señor ni hablaré más en su nombre».

Es decir: se acabó; no quiero seguir siendo profeta.

Pero inmediatamente Jeremías añade:

«Había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía».

Esta es la frase fundamental de toda la lectura y de toda la homilía. Jeremías quiere abandonar la misión, pero ya no puede desprenderse de la Palabra que ha recibido. La Palabra ha penetrado demasiado profundamente en él.


3. La Palabra de Dios tiene que convertirse en fuego

No basta simplemente con conocer la Biblia, escucharla los domingos o aprender algunas ideas cristianas. Hay que dejar que la Palabra penetre tan profundamente en nosotros que termine convirtiéndose en algo que necesitamos comunicar.

Los profetas comparan la Palabra con algo que se come y que resulta dulce como la miel. La Palabra puede ser exigente y desafiante, pero cuando uno verdaderamente la interioriza, ya no puede resistirse a ella.


San Pablo

tampoco tuvo una evangelización cómoda: fue perseguido, apedreado, expulsado de ciudades y finalmente ejecutado. Sin embargo, pudo decir:

«¡Ay de mí si no evangelizara!»

Barron une así a Jeremías y Pablo. Los dos podrían haber abandonado. Humanamente tenían motivos de sobra. Pero los dos habían permitido que Dios entrara tan profundamente en ellos que callar les resultaba ya imposible.


4. Jeremías somos nosotros

Muy bien, Jeremías era profeta; san Pablo era apóstol; D. Francisco es el obispo… pero esto no tiene demasiado que ver conmigo.

Sí tiene que ver contigo.

Por el bautismo, todo cristiano participa de la misión de Cristo como sacerdote, profeta y rey:

  • ejercemos el sacerdocio cuando rezamos, intercedemos y participamos en la Eucaristía;

  • ejercemos la realeza cuando cuidamos al pueblo de Dios y le conducimos al Reino de Dios;

  • y ejercemos nuestra condición profética cuando pronunciamos y testimoniamos la Palabra de Dios.


Por tanto, evangelizar no es una especialidad reservada a sacerdotes, obispos o personas especialmente preparadas. Todo bautizado ha recibido una vocación profética.

Y no será fácil. Al contrario: debemos contar con más o menos oposición cuando anunciamos la Palabra.

Pero si dejamos que esa Palabra penetre verdaderamente en nuestra mente, corazón y cuerpo, terminará convirtiéndose en un fuego interior imposible de contener.


El problema de muchos cristianos no es que el mundo haya dejado de querer escuchar el Evangelio; es que todavía no hemos dejado que el Evangelio arda suficientemente dentro de nosotros como para no poder callarlo.

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