La Razón y la fe, a partir de Arrio
- Fray Dino

- hace 9 horas
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En nuestra visita a Rávena, aprovecharemos para razonar un poco nuestra fe, partiendo del razonamiento de Arrio. El arrianismo llega a Italia y España de la mano de los pueblos germánicos y, sobre todo, de los ostrogodos.
1. El arrianismo nace en Oriente
Todo comenzó hacia el año 318 en Alejandría. El sacerdote Arrio enseñó que: «El Hijo no es eterno como el Padre.» La controversia fue tan grande que el emperador Constantino I convocó el Nicea en el año 325. El concilio condenó el arrianismo y proclamó que Cristo es:
"Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre."
Parecía que el problema estaba resuelto. Pero no.
2. ¿Por qué sobrevivió?
Porque muchos emperadores posteriores simpatizaron con los arrianos. Durante buena parte del siglo IV hubo obispos arrianos en muchas ciudades importantes. San Atanasio fue desterrado cinco veces. Durante algunos años parecía incluso que el arrianismo iba a imponerse. San Jerónimo llegó a escribir una frase impresionante: «El mundo entero gimió y se despertó arriano.»
Es una exageración retórica, pero expresa la enorme difusión que alcanzó esta doctrina.
3. Los pueblos bárbaros
Mientras el Imperio evangelizaba a los pueblos germánicos, apareció un personaje clave: Ulfilas. Fue un gran misionero. Tradujo la Biblia al idioma de los godos. Pero... Era arriano. Así, muchos pueblos germánicos recibieron el cristianismo en su versión arriana: visigodos, ostrogodos, vándalos, burgundios, suevos (durante un tiempo). No eran paganos. Eran cristianos... pero arrianos.
4. Llegan los ostrogodos
En el año 489 el rey Teodorico el Grande cruzó los Alpes. Conquistó Italia. En el año 493 entró en Rávena. Y convirtió la ciudad en la capital de su reino.

5. ¿Qué hizo Teodorico?
Aunque era arriano... no persiguió a los católicos durante la mayor parte de su reinado. Había dos comunidades: La católica y La arriana. Cada una tenía sus iglesias; sus obispos; sus baptisterios; su liturgia.
Es decir: Durante unos treinta años convivieron dos formas distintas de entender quién era Cristo. Por eso hoy podemos visitar en Rávena monumentos de ambas tradiciones.
6. El Baptisterio Arriano
Teodorico mandó construir un baptisterio para su comunidad. También levantó una gran iglesia palatina. Hoy la conocemos como Basílica de Sant'Apollinare Nuovo. Originalmente era la iglesia del rey. Su decoración reflejaba la espiritualidad arriana.
Cuando los bizantinos conquistaron la ciudad, muchos mosaicos fueron modificados para adaptarlos a la fe católica. Por eso algunos detalles originales desaparecieron.

Battistero de los arrianos
Cristo aparece joven e imberbe.
Está completamente desnudo.
Es bautizado por Juan.
Desciende la paloma del Espíritu Santo.
Aparece la personificación pagana del río Jordán.
Hasta aquí... todo parece igual.
Pero la clave está en el significado.
Para un arriano, este bautismo es casi una investidura: Cristo, que no es Dios por naturaleza, recibe una dignidad especial del Padre.
7. La conquista de Justiniano
En el año 540 el general Belisario tomó Rávena para el emperador Justiniano I. El arrianismo dejó de ser la religión oficial. Las iglesias arrianas fueron reconciliadas con la Iglesia católica. Muchas imágenes fueron transformadas. Otras permanecieron. Gracias a eso hoy podemos estudiar ambas tradiciones.
8. ¿Por qué Rávena es única?
Porque en ninguna otra ciudad occidental se conserva tan claramente:
el arte romano;
el arte arriano;
el arte bizantino;
la respuesta católica a Nicea.
Es como caminar por un libro de historia de la Iglesia. Cada edificio responde al anterior. Cada mosaico dialoga con otro.

Battistero Neoniano (católico)
La escena es prácticamente la misma.
Porque ambas comunidades confesaban:
el nacimiento de Jesús,
su bautismo,
su muerte,
su resurrección.
La diferencia no estaba en los hechos, sino en quién era realmente Jesús.
Por eso el baptisterio ortodoxo presenta el Bautismo dentro de un conjunto que proclama claramente la divinidad de Cristo y la fe trinitaria.
lo que hace que una imagen sea arriana y la otra católica es el programa iconográfico del conjunto del baptisterio.
Nicea Año 325:
el arrianismo y el gran diálogo entre la fe y la razón
Una pregunta que cambió la historia
Cuando uno entra en las basílicas paleocristianas de Rávena y contempla a Cristo representado como Rey, Señor del universo y verdadero Dios, no imagina que hubo un tiempo en que toda la Iglesia discutía precisamente esa cuestión. La gran pregunta era:
¿Quién es realmente Jesucristo?
De la respuesta dependía toda la fe cristiana. Porque si Jesús no es Dios, entonces la Eucaristía es idolatría; la Cruz no salva al mundo; el Bautismo no nos une a Dios y la esperanza cristiana se derrumba. Por eso la Iglesia luchó durante décadas por esta verdad.
1. Arrio: cuando la razón quiso medir a Dios
A comienzos del siglo IV apareció en Alejandría un sacerdote llamado Arrio. Era hombre culto, inteligente, Gran predicador. Su problema fue creer que la razón humana podía comprender completamente el misterio de Di os. Pensaba así:
"Si el Padre engendra al Hijo, necesariamente hubo un momento en que el Hijo no existía."
Le parecía lógico. Su razonamiento parecía impecable...pero partía de una idea falsa:
Aplicaba la lógica humana al misterio eterno de Dios. Decía: "Hubo un tiempo en que el Hijo no existía." Para Arrio: Cristo era la primera criatura. La mejor de todas. Superior a los ángeles. Pero...no era Dios verdadero.
2. El problema de la razón sin fe
Arrio absolutizaba la razón. Creía que: "Si algo no cabe en mi lógica, no puede ser verdad."
Es exactamente la tentación moderna. Hoy muchos dicen: "No creo en lo que no entiendo." "No creo en lo que científicamente no puedo explicar." Es el mismo mecanismo. La razón deja de ser una herramienta. Y se convierte en juez de Dios.
3. La respuesta de la Iglesia: la razón tiene límites
La Iglesia jamás dijo: "No razonéis" Todo lo contrario. Los Padres de la Iglesia eran algunos de los hombres más inteligentes de su tiempo. Lo que afirmaban era otra cosa: La razón puede llegar muy lejos... pero no puede abrazar completamente el misterio infinito de Dios.
San Agustín lo expresará siglos después con una imagen preciosa: Un niño intenta meter todo el océano dentro de un pequeño agujero en la arena. Imposible. Porque el recipiente es demasiado pequeño. Así es nuestra inteligencia. Es limitada.
4. El Concilio de Nicea (325)
El emperador Constantino I convocó el primer gran concilio ecuménico en la ciudad de Nicea.
Se reunieron más de trescientos obispos. Muchos llevaban en su cuerpo las cicatrices de las persecuciones romanas. No discutían una teoría. Estaban defendiendo al Cristo por quien habían sufrido persecución o daños corporales.
5. San Atanasio: el gigante de la fe
Entre todos brilló un joven diácono: Atanasio de Alejandría. Su argumento fue sencillo: Si Cristo no es Dios... no puede salvarnos. Solo Dios puede comunicar la vida divina. Una criatura no puede divinizarnos. ¿Para que entonces habría venido el Hijo de Dios? Su frase quedó para siempre: "Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera participar de la vida de Dios."
6. Una sola palabra cambió la historia
Toda la discusión terminó concentrándose en una palabra griega: Homoousios
Significa: "De la misma naturaleza." No semejante. No casi igual. Sino: de la misma naturaleza que el Padre. Por eso el Credo proclama: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, Engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre.
Cada una de esas frases responde directamente al arrianismo. Cuando recitamos el Credo estamos repitiendo la victoria de Nicea.
7. El racionalismo dice: "Solo existe lo que puedo comprender." Es el error de Arrio.
El fideísmo dice: "No hace falta pensar." También es un error.
La Iglesia enseña otra cosa. La razón es un don de Dios. La fe también. La razón prepara el camino. La fe lo ilumina.
La razón pregunta. La Revelación responde.
Como enseñaría siglos después Santo Tomás de Aquino: La gracia no destruye la naturaleza, la perfecciona. Y como escribió Juan Pablo II al comienzo de Fides et Ratio:
La fe y la razón son las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la verdad.
8. Una comparación sencilla
Imagina una persona que entra en una inmensa catedral gótica. La razón puede medir la altura; el grosor de las columnas; el peso de la piedra; la acústica. Todo eso es verdadero. Pero ninguna medición explica por qué, al entrar, el corazón se llena de silencio.
Eso pertenece a otro nivel. No contradice la razón. La supera. Así ocurre con el concepto de Dios. La Trinidad no es irracional. Es suprarracional.
9. La actualidad del arrianismo
El arrianismo no desapareció del todo. Cada vez que alguien dice: "Jesús fue solamente un gran hombre." "Fue un profeta extraordinario." "Fue un maestro moral." ...está repitiendo, quizá sin saberlo, el viejo arrianismo.
El cristianismo comenzó diciendo: Jesús es el Señor.
10. Esta catequesis termina con una pregunta personal.
¿Quién es Jesús para mí?
Si realmente es Dios: puedo confiarle mi vida; puedo adorarlo en la Eucaristía; puedo seguirlo aunque no entienda todos sus caminos. La fe no consiste en comprenderlo todo. Consiste en fiarse de Aquel que lo comprende todo. Como decía san Anselmo:
"No busco entender para creer; creo para entender." No renuncia a la razón.
El Concilio de Nicea nos enseña que la razón es una lámpara magnífica, pero no es el sol. Cuando pretende sustituir a la luz de Dios, acaba caminando en la oscuridad; cuando se deja iluminar por la Revelación, alcanza una profundidad que nunca lograría por sí sola.
Como peregrinos que contemplan los mosaicos de Rávena o rezan el Credo en cada Eucaristía, podemos renovar nuestra fe con las mismas palabras que los cristianos han repetido desde aquel año del 325: Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre.
Ese Credo no es solo una fórmula. Es la confesión de una Iglesia que aprendió que la inteligencia alcanza su plenitud cuando, con humildad, se arrodilla ante el Misterio.
Joseph Ratzinger, tiene como eje de su pensamiento la relación entre la fe y la razón.
Para Ratzinger: el problema de Arrio, como el de nuestro tiempo, no es la razón. El problema es una razón reducida. La modernidad ha identificado la razón con aquello que puede medirse, pesarse o demostrarse experimentalmente. Pero ¿es eso toda la realidad?
El amor no puede pesarse.
La belleza no puede meterse en un laboratorio.
La justicia no se mide con un metro.
Y, sin embargo, existen.
Por eso Ratzinger afirma que cuando la razón se encierra solo en lo verificable, deja de ser plenamente racional. No es que la fe vaya contra la razón. Es que la fe ensancha el horizonte de la razón.
El Logos
Del Evangelio de san Juan: «En el principio existía el Logos.»
La palabra griega Logos significa mucho más que "palabra". Significa:
Razón.
Sentido.
Inteligencia.
Orden.
El cristianismo hace una afirmación revolucionaria: El origen del universo no es el caos. Es el Logos. El mundo procede de una Inteligencia. Por eso podemos hacer ciencia. Porque existe un orden inteligible. Si el universo fuera fruto del absurdo, tampoco confiaríamos en nuestra razón para conocerlo. Para Ratzinger, la ciencia misma presupone que la realidad tiene una estructura racional. Y esa racionalidad remite al Creador.
La fe no nace contra la razón, sino desde una razón abierta.
El cristiano dice: "Creo porque Dios ha hablado, y esa Palabra responde a las preguntas más profundas de la razón."
El peligro de hoy
Ratzinger decía que el gran problema ya no es el ateísmo. Es el relativismo.
Si Arrio preguntaba: "¿Es Cristo realmente Dios?" Hoy muchos preguntan: "¿Existe una verdad absoluta?" El arrianismo discutía el contenido de la fe. El relativismo discute la posibilidad misma de conocer la verdad. Por eso Benedicto XVI hablaba de la "dictadura del relativismo": una cultura donde toda opinión vale lo mismo y donde afirmar una verdad objetiva parece un acto de intolerancia.
Ratzinger insiste en una idea muy agustiniana. La inteligencia humana es grandísima. Pero no es absoluta. La razón alcanza su máxima dignidad cuando reconoce que existe una verdad mayor que ella.
Es como un alpinista que llega a la cima y descubre que todavía hay un cielo infinito sobre su cabeza. La razón es el ojo. La fe es la luz. Un ojo perfecto, sin luz, no ve nada. Y una luz inmensa, con los ojos cerrados, tampoco sirve. Solo juntas permiten contemplar la realidad.
Ratzinger decía que el cristianismo comienza cuando dejamos de pensar que Dios es una idea y descubrimos que es un Rostro.
Arrio discutía conceptos.
Nicea defendía una doctrina.
Pero el objetivo de la doctrina no era ganar una discusión. Era conservar intacta la posibilidad de encontrarse con Jesucristo. Porque si Cristo no es verdaderamente Dios, no puede introducirnos en la vida de Dios.
Esta es probablemente la aportación más característica de Ratzinger: mostrar que el cristianismo no pide renunciar a la inteligencia, sino llevarla hasta su plenitud, donde la razón y la fe se abrazan en la búsqueda de la Verdad, que tiene nombre y rostro: Jesucristo.
Estos son algunos de los argumentos racionales más sólidos:
1. Solo Dios puede salvar
Es el gran argumento de san Atanasio. La pregunta es sencilla:
¿Puede una criatura dar vida divina? La respuesta es no.
Una criatura puede enseñar. Puede inspirar. Puede ayudar.
Pero no puede comunicar la vida misma de Dios.
Si Cristo nos hace hijos de Dios, si nos comunica la gracia y nos introduce en la comunión con el Padre, entonces debe poseer esa misma vida divina.
2. La adoración cristiana sería idolatría
Los primeros cristianos adoraban a Jesús.
Rezaban a Jesús. Morían por Jesús. Celebraban la Eucaristía en su nombre.
Ahora bien: si Jesús fuera una criatura... la Iglesia habría caído en idolatría desde el primer día. Y el monoteísmo judío era tan estricto que esto resulta prácticamente impensable.
La única explicación coherente es que aquellos judíos convencidos de que solo Dios merece adoración llegaron a la certeza de que Jesús comparte plenamente la divinidad del Padre.
3. El Logos
San Juan no dice: "En el principio existía una criatura especial."
Dice: "En el principio existía el Logos." El Logos es la Razón eterna de Dios. La filosofía griega intuía que el universo tiene un principio racional. San Juan identifica ese Logos con Cristo.
Así, Cristo no es un ser añadido a Dios. Es la Inteligencia eterna mediante la cual todo fue creado.
4. El problema del intermediario
Arrio intentaba proteger la trascendencia de Dios. Pero creó otro problema.
Si Cristo no es Dios... ¿cómo une realmente al hombre con Dios?
Queda un abismo infinito entre el Creador y la criatura. Una criatura nunca puede salvar ese abismo. Solo Dios puede tender el puente entre Dios y el hombre. Como dirá san Gregorio Nacianceno: "Lo que no ha sido asumido no ha sido redimido."
Lo que no es verdaderamente Dios tampoco puede divinizarnos.
5. El argumento existencial
Este no es una demostración matemática, sino antropológica.
El corazón humano busca verdad infinita, belleza infinita, justicia infinita, amor infinito.
Nada finito lo sacia.
Si Cristo fuera únicamente un hombre extraordinario, despertaría en nosotros un deseo que nunca podría colmar. Sin embargo, millones de personas han encontrado en Él el sentido último de su existencia. Y han dado por El la vida.
La explicación cristiana es que ese deseo infinito corresponde a un encuentro con el Dios infinito.
6. El argumento de la coherencia histórica
Los discípulos eran judíos. Jamás habrían inventado un "segundo dios".
Sin embargo, en pocas décadas:
bautizan en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo;
llaman a Jesús "Señor" (Kyrios), el título reservado a Dios en la traducción griega del Antiguo Testamento;
celebran la Eucaristía como presencia real de Cristo;
oran a Jesús.
Históricamente, esto exige una explicación.
La única explicación coherente es que que fueron testigos de su Resurrección.
La gran síntesis de Ratzinger
La fe no sustituye a la razón; la invita a ir más lejos.
La razón, por sí sola, puede descubrir que existe un Dios creador. Puede reconocer un orden en el universo. Puede concluir que el ser humano está abierto al infinito. Pero llega un punto en el que necesita escuchar si ese Dios ha querido darse a conocer.
La Revelación no destruye esas conclusiones; las lleva a su plenitud.
Imagina que estás en Rávena, delante de los inmensos mosaicos de Cristo Pantocrátor. Puedes analizarlos con la historia del arte, la geometría, la técnica del mosaico o la química de los pigmentos. Todo eso es ejercicio de la razón y es valioso.
Pero llega un momento en que el mosaico parece devolverte la mirada. Ya no contemplas solo una obra de arte: te preguntas quién es ese Rostro.










































































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