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En el octavo centenario, Francisco habla de paz a un mundo en guerra.

Al inicio del octavo centenario de la muerte de san Francisco, la mirada de los fieles se dirige a Asís, donde descansa su cuerpo y, de manera extraordinaria, ha sido expuesto a la veneración. No se trata de un simple gesto devocional ni de un recuerdo del pasado: es un encuentro vivo con un testimonio que continúa interpelando el presente.


En la Basílica, entre los frescos que narran su vida y el silencio de la tumba que custodia sus restos, emerge con fuerza la paradoja evangélica: solo aquello que se entrega hasta el final da fruto. Francisco, como el grano de trigo, atravesó la muerte para generar vida. Y hoy, a ochocientos años de distancia, esa semilla sigue germinando en la historia.


Francisco vivió la muerte como una Pascua, llamándola “hermana”, transformándola en un acto de amor y de entrega total a Dios. No huyó de la fragilidad ni negó el dolor, sino que lo atravesó, descubriendo que incluso aquello que parece oscuro puede convertirse en lugar de luz.


Este mensaje resuena con especial fuerza en nuestro tiempo. Vivimos en un mundo marcado por guerras que parecen no terminar, por tensiones crecientes entre los pueblos y por una paz reducida muchas veces a un frágil equilibrio entre intereses contrapuestos. Las imágenes cotidianas hablan de violencia, exclusión y miedo. Es fácil dejarse vencer por el desánimo o refugiarse en una esperanza superficial.


Y, sin embargo, precisamente aquí Francisco tiene algo que decir. Su vida no fue una evasión de la historia, sino una inmersión radical en ella. Cuando se presentó desarmado ante el sultán, no llevaba consigo estrategias ni poder, sino la fuerza desarmante del Evangelio. Aquel gesto, hoy como entonces, señala un camino alternativo: la paz no nace de la imposición, sino del encuentro.


La veneración de sus restos se convierte así en una pregunta dirigida a cada uno: ¿qué buscamos realmente? ¿Una emoción, un consuelo o una conversión de la mirada? El riesgo es detenerse en el recuerdo sin dejarse transformar. Francisco, en cambio, continúa atrayendo porque en él transparenta el rostro de Cristo, y ese rostro no deja de llamar.


En el silencio de la tumba y en la concreción de su vida emerge una verdad exigente: no basta admirar a Francisco, es necesario seguirlo. En un mundo herido por el odio, estamos llamados a convertirnos en signos de reconciliación; en una historia atravesada por la violencia, a custodiar gestos de paz; en una sociedad que descarta, a reconocer a los pobres como hermanos.


El octavo centenario no es, por tanto, solo una conmemoración, sino una ocasión de renovación. Estamos llamados a reconocer, también en las tinieblas del presente, los signos de una vida nueva que está naciendo. Es una esperanza que no niega la oscuridad, sino que la atraviesa.


Ante los restos de Francisco, que esperan la resurrección, se abre así un camino: dejarnos orientar hacia Cristo, príncipe de la paz, y convertirnos, como él, en hombres y mujeres capaces de transformar la historia no con la fuerza, sino con el amor.



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