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La rectitud que ha de sostener una sociedad

En tiempos en que la corrupción aparece con frecuencia en titulares y conversaciones, conviene recordar una verdad sencilla: ninguna sociedad puede mantenerse en pie cuando pierde el sentido de la rectitud.

San Francisco de Asís, cuya voz sigue siendo actual cuando celebramos ochocientos años de su muerte, habló constantemente de la honestidad del corazón. En su Carta a todos los fieles exhorta a todos a «hacer frutos dignos de penitencia» y a vivir conforme al Evangelio, no solo de palabra, sino con obras.


La corrupción comienza cuando el interés particular se coloca por encima del bien común; cuando la ambición sustituye al servicio; cuando se considera lo que cada uno cree merecer como más importante que lo que cada uno puede aportar. Nace cuando el «yo» pretende ocupar el lugar del «nosotros», y la propia ganancia vale más que la paz y el bien de la comunidad a la que pertenecemos.

San Francisco comprendió que toda auténtica fraternidad exige vencer la tentación de apropiarse de las cosas, de los bienes y hasta de los demás.


Por eso pidió a sus hermanos que vivieran sin espíritu de posesión, sabiendo que todo es don recibido. En sus Admoniciones escribió: «Bienaventurado el siervo que devuelve todos los bienes al Señor Dios». Es una invitación a reconocer que la autoridad, el dinero, el prestigio o la responsabilidad pública no son propiedades privadas, sino servicios orientados al bien de todos. Y cada uno de nosotros, simplemente, administradores de la misericordia de Dios.


La corrupción prospera allí donde el éxito personal se convierte en el criterio supremo. Por el contrario, una sociedad sana se construye cuando cada persona comprende que forma parte de una comunidad y que su razón de existir es contribuir al bien común.

Necesitamos instituciones fuertes, sin duda. Pero aún más ciudadanos rectos, servidores públicos íntegros y una cultura que valore la honestidad más que la astucia. La verdadera regeneración moral comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué podemos obtener y empezamos a preguntarnos qué podemos aportar.


La enseñanza de san Francisco conserva hoy toda su actualidad: la paz social nace de la fraternidad, y la fraternidad solo es posible cuando el yo deja espacio al nosotros. Comparto algunas ideas de San Francisco que deberían ser estudiadas el primer día que uno accede a una responsabilidad:


La autoridad es servicio, no poder. En la Regla no bulada escribe: «Ninguno sea llamado prior, sino que todos sean llamados simplemente hermanos menores. Y lávense los pies unos a otros» (RnB 6,3-4). Francisco sustituye deliberadamente los títulos de poder por el nombre de "hermano". El superior no es alguien "por encima" de los demás, sino el que sirve a la fraternidad.


El ministro es servidor de los hermanos. En la Regla bulada:«Los ministros y siervos de los demás hermanos visítenlos y amonéstenlos y corríjanlos humilde y caritativamente» (RB 10,1). Es significativo que Francisco use la expresión ministros y siervos. El gobierno no consiste en mandar, sino en servir y cuidar.


 Autoridad sin apropiación. Francisco insiste en advertir contra la apropiación (proprium). En las Admoniciones afirma: «Nada de vosotros retengáis para vosotros mismos.» La corrupción nace precisamente cuando alguien se apropia de lo que pertenece a todos: dinero público, poder público, información pública o prestigio institucional. Para San Francisco, el mal comienza cuando el administrador se comporta como el receptor de los beneficios.


La autoridad existe para custodiar la comunión. La finalidad de todo gobierno, según San Francisco, es preservar la fraternidad. Las Constituciones Generales OFM afirman: «La autoridad se ejerce como servicio a la fraternidad, para promover la comunión, la corresponsabilidad y la participación de todos.» Es una idea muy distinta de la lógica de la corrupción; la autoridad se justifica por el bien de la comunidad.


El verdadero poder es el buen ejemplo. San Francisco apenas da órdenes. Su principal forma de gobierno es el testimonio. En su Testamento recuerda: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio.» La autoridad nace de la coherencia de vida antes que del cargo.


El poder deja de ser peligroso cuando se entiende como servicio; se vuelve destructivo cuando se convierte en una forma de apropiación y dejamos de servir a los hermanos para servirnos de ellos. Allí donde el yo se impone a la comunidad nace la corrupción; allí donde la autoridad se vive como servicio nace la fraternidad. La corrupción es una enfermedad espiritual del corazón que ha olvidado que todo poder es recibido para servir. San Pablo identifica la avaricia como la raíz profunda de todo otro pecado porque convierte algo creado —el dinero, el poder, el honor o las personas— en un absoluto. La avaricia no es simplemente el deseo de poseer más, sino la incapacidad de reconocer límites y el afán de ser más que los demás.


Atentamente,

NSM, ofm


 

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