DIALOGO DEL PAPA CON LOS JOVENES en Asis 6-8-2026
- Fray Dino

- hace 5 días
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A continuación, Carolina, de Zagreb, le hace una pregunta al Papa:
—Santo Padre, me llamo Carolina. Vengo de Croacia, de la parroquia de San Antonio de Padua. Hemos crecido en parroquias franciscanas, acompañados por los frailes, aprendiendo de san Francisco que el Evangelio se anuncia, ante todo, con la vida: a través de la alegría, la sencillez, la fraternidad y la cercanía a cada persona.
Gracias a esta experiencia, hemos descubierto una fe viva, que no se queda encerrada en las iglesias, sino que se convierte en servicio, acogida y esperanza para los demás.
Hoy, sin embargo, vivimos en un mundo que cambia rápidamente, en el que muchos jóvenes tienen dificultades para encontrar puntos de referencia, para construir relaciones auténticas y para abrir el corazón a Dios.
Nosotros también deseamos ser testigos creíbles del Evangelio en los lugares donde vivimos, estudiamos y trabajamos, llevando la luz de Cristo con el estilo sencillo y fraterno de san Francisco.
¿Qué consejo nos daría a nosotros, los jóvenes que hemos crecido en la espiritualidad franciscana, para que podamos seguir siendo auténticos discípulos de Cristo y llevar esperanza a nuestros compañeros, sin perder la alegría del Evangelio, la sencillez del corazón y esa cercanía a las personas que hace creíble todo testimonio cristiano?
—Gracias, Carolina. por tu pregunta.
Primero de todo, buenos días a todos ustedes. Un saludo también a los jóvenes que ya están dentro de la basílica y que nos acompañan a través de las pantallas. Estoy muy contento de estar aquí con ustedes.
Carolina, gracias por tu pregunta. Creo que muchos, al escucharla, han notado que ya contenía parte de la respuesta, porque has dado testimonio del estilo de sencillez, fraternidad y cercanía que te ha convencido y te ha permitido madurar en la fe, formando parte de una comunidad, pero de una comunidad abierta a todos.
Esto ha sucedido en una región de Europa que, hace tan solo treinta años, vivió la guerra y la peligrosa mezcla entre confesión religiosa y nacionalismo.
En realidad, la presencia de los franciscanos había inspirado durante siglos el diálogo y había contribuido a la convivencia pacífica entre católicos, ortodoxos y musulmanes.
Hoy en día, ser fieles a esta tradición de cercanía significa ir contracorriente, trabajando por la purificación de la memoria y cultivando la reconciliación.
A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación entre identidades.
Ser testigo de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, más allá de los miedos provocados por la desinformación y de los muros del prejuicio.
Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato.
De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo. No los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles y atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogedores con todos.
No es fácil, pero da mucha alegría.
Intenten ahora imaginar por un momento el lugar en el que nos encontramos. Hace ocho siglos, aquí, en pleno campo, se habían reunido con Francisco cientos de jóvenes hermanos de toda Europa.
Traten de visualizarlos tal y como relatan las Florecillas: en la explanada, los hermanos estaban sentados por grupos; sesenta aquí, cien allá, doscientos o trescientos más allá. Todos ocupados en razonar sobre Dios: unos llorando de consuelo; otros, en oración; otros, en ejercicios de caridad. Y todo esto en un ambiente de tal silencio y modestia que no se oía el menor ruido.
Ese silencio es lo contrario de la guerra, con su violencia, sus gritos y su crueldad.
Las esteras de aquellos frailes, al igual que hoy los sacos de dormir de ustedes, hablan de paz.
Esta es la Iglesia: una asamblea de hermanos y hermanas a la que todos están invitados.
Queridos jóvenes, ¡qué bonito es estar juntos para razonar sobre Dios y, de esta manera, estar juntos en su luz, en su vida misma, en su belleza, en su misterio y en su seriedad!
Den testimonio de este estilo en todas partes, especialmente en un tiempo en el que la tecnología hace que sea más difícil que las personas de carne y hueso compartan entre sí.
San Francisco descubrió que elegir la pobreza puede acercar a los alejados, fomenta el encuentro e invita al intercambio de dones.
Así intuyó que el Evangelio no se puede separar de las decisiones de Jesucristo, quien se hizo pobre para enriquecernos.
El Evangelio es su vida, su camino y su confianza inquebrantable en el Padre.
Si nos reunimos en su nombre, Él viene en medio de nosotros y la alegría que nos llena el corazón es libre y sincera.
Esta alegría evangeliza más que las palabras y no se puede ocultar.
Después de unas palabras con Carolina, el Papa le entrega un rosario bendecido.
Es el momento de Giovanni, de Bolonia:
—Tengo veintisiete años y vengo de Bolonia. Los jóvenes vivimos inmersos en un mundo en el que reina la cultura de lo provisional y en el que nos asustan las decisiones definitivas sobre la vida.
A pesar de ello, Dios, de una manera única y amorosa, nos habla continuamente y nos llama a seguirlo con una promesa de vida y de alegría, revelándonos poco a poco nuestra vocación.
Esta es mi pregunta: ¿cómo podemos darle un sí pleno y valiente, evitando poner la mano en el arado y después mirar atrás, dando un peso excesivo a los cansancios y a las renuncias del camino? ¿Qué le ha ayudado a usted en su camino vocacional?
—Gracias, Giovanni, por esta pregunta. Diría que es una pregunta valiente, llena del anhelo por aquello que perdura.
Hoy en día tendemos a hablar negativamente de lo provisional. Sin embargo, antes era la Iglesia la que educaba con insistencia en el sentido de lo provisional.
Este mundo pasa, el tiempo corre y las cosas terrenales son cambiantes. Solo Dios permanece, porque es eterno.
Debemos preguntarnos, pues, qué ha cambiado, para no estar entre aquellos que añoran el pasado y, por ello, no afrontan el presente ni asumen responsabilidades de cara al futuro.
En casi todo el mundo está desapareciendo la estabilidad de las sociedades tradicionales, aquella gracias a la cual generaciones enteras solo podían ver cambios mínimos a lo largo de una vida. En su seno todo estaba muy regulado y predeterminado.
Entonces, el testimonio de la Iglesia invitaba a no acomodarse en un destino ya escrito, sino a discernir el valor de cada gesto individual en relación con la eternidad.
En cambio, con una interpretación a veces confusa de la libertad, nos ilusionamos pensando que la vida nunca se decide de una vez para siempre, porque el contexto en el que vivimos cambia rápidamente y nosotros también cambiamos mucho.
Sin embargo, aumentan asimismo el miedo y la posibilidad de perderse.
En este contexto, el valor de tomar una decisión definitiva es, quizás, el acto más revolucionario.
Tomar una decisión para siempre no nos encierra en una jaula, sino que nos abre a un dinamismo mayor.
Amar es un éxodo, un camino por descubrir, un recorrido en el que Dios camina con nosotros. Y este es el verdadero sentido de toda vocación.
La Biblia nos inspira a vivir así, como quienes están llamados a levantarse, a recorrer su propia historia, recibiendo como un don del Señor la orientación y el sentido para amar según sus designios.
La fe, la confianza y la fidelidad revelan aquí su indisoluble entrelazamiento.
De este modo, mediante la fe desmontamos la ilusión de que los problemas se resuelven huyendo, traicionando o intentando dar unos pocos pasos por caminos siempre diferentes, sin llegar nunca demasiado lejos.
De hecho, se pueden multiplicar las experiencias, los contactos y el consumo, pero permaneciendo siempre en el mismo punto.
El coste humano es elevado y el vacío interior es profundo. No es raro que se llegue a utilizar a las personas y a ser utilizados por ellas.
El «para siempre» es, entonces, una gracia a la que Dios mismo nos ayuda a responder con nuestra fidelidad, para alcanzar la plenitud de la vida.
Desde la adolescencia es importante, por tanto, aprender a conocerse a uno mismo, a tomar decisiones y a arriesgarse; es decir, a responder a la llamada del Señor.
Y no debemos dejar de hacerlo en la edad adulta, tanto respecto a las decisiones ya tomadas como ante aquellas que todavía quedan por tomar.
Es una aventura en la que nadie debe sentirse solo y que, al igual que la fe, durará hasta el último instante.
Por mi propia experiencia, puedo decir que el Señor nunca me ha abandonado. Siempre me ha acompañado, regalándome incluso personas con quienes caminar.
Así, en mi vocación a ser sacerdote, miembro de la comunidad agustina y misionero, he encontrado una especie de luz que me ha guiado hasta hoy, hasta el momento en que tuve que decir sí a una llamada muy especial: la de ser Papa.
[Aplausos]
La llamada fundamental inscrita en cada corazón es una llamada a la comunión. No se escucha una sola vez, sino cada día.
El pecado enturbia la claridad sobre este punto, introduciendo en los vínculos fundamentales desconfianza, rivalidad y recelo.
En cambio, gracias a Dios, toda vocación es también un camino de redención y sanación.
La invitación de Jesús, que nos llama a seguirlo, ilumina nuestra dignidad y nos hace honrar la dignidad de los demás, sintiendo confianza y depositándola también en ellos.
Esta dinámica es tan liberadora que merece toda nuestra pasión.
[Aplausos]
Después de agradecer a Giovanni, el joven italiano de Bolonia,
llega el momento de Luigi, de Paternò, Sicilia:
—Santo Padre, me llamo Luigi. Tengo veintidós años y soy de Paternò, un pueblecito de Sicilia.
Soy portavoz de la Juventud Franciscana de Sicilia, un grupo de jóvenes que sigue el carisma franciscano.
Me gustaría plantearle una pregunta sobre un aspecto de san Francisco que me llama mucho la atención.
El hermano Francisco prometió obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia romana.
A pesar de vivir en una época en la que la Iglesia estaba marcada por contradicciones y dificultades internas, no eligió el camino de la herejía. No atacó ni juzgó a la Iglesia de aquel tiempo, sino que prefirió obedecer al Papa.
La suya fue una elección libre y revolucionaria, al más puro estilo de la minoridad, cuyo único objetivo era vencer la miseria del juicio mediante la compasión y la reparación que solo el amor puede ofrecer.
Hoy en día, muchos jóvenes dicen que creen, pero no en la Iglesia. Y desde nuestras comunidades observamos, en ocasiones, una Iglesia con sus contradicciones y sus crisis internas.
Por eso me pregunto: ¿cómo hacemos para permanecer en este amor reparador? ¿Por qué resulta difícil actualmente ver a la Iglesia como una madre que, incluso con sus heridas, siempre está dispuesta a acogernos y amarnos?
—Gracias, Luigi. Tu pregunta es una pregunta de actualidad que nos lleva al corazón de la experiencia de san Francisco.
Abordarla significa compartir un deseo: el deseo del Señor Jesús respecto a la Iglesia.
Francisco lo escuchó mientras contemplaba el crucifijo, al Crucificado. Deberíamos volver siempre a este deseo.
Muchas personas, a lo largo de la historia y también ahora, no han podido experimentar la Iglesia tal y como Jesucristo quiere que sea.
Esto causa sufrimiento, deja heridas y decepciones y, para algunos, puede llegar incluso a convertirse en un obstáculo para creer.
En el Evangelio, Jesús nos alerta sobre este tipo de tropiezo, es decir, sobre el escándalo que sus discípulos pueden causar a los demás, especialmente a los pequeños y a los pobres.
El deseo de Jesús lo vemos en el grupo que, desde el principio, se forma a su alrededor.
Su deseo es reunir a un pueblo en el que se supere aquello que suele dividir a los seres humanos.
Alrededor de Jesús se convierten en hermanos y hermanas hombres y mujeres que, de otro modo, nunca se habrían conocido ni tratado.
Cuando este milagro de la Iglesia sigue ocurriendo —gracias a Dios, sigue sucediendo—, resulta sorprendente incluso hoy en día, en nuestras ciudades llenas de muros invisibles que nos separan unos de otros.
¿Cuántas discriminaciones y desigualdades podrían terminar inmediatamente si nos reconociéramos como hermanos y hermanas?
Hay, además, otro aspecto de esta unidad revolucionaria.
Jesús dice: «No debe ser así entre ustedes». Es decir, no debe suceder como entre los grandes de la tierra y los poderosos del mundo, que buscan protagonismo y se imponen sobre los demás.
Por el contrario, el que quiera ser importante debe hacerse servidor de los demás, y el que quiera ser el primero entre ustedes debe hacerse esclavo de todos.
El deseo de Jesús para la Iglesia es claro: se trata de que nos convirtamos en su cuerpo y manifestemos su vida; que sigamos su ejemplo y ejerzamos un tipo diferente de fuerza, una fuerza que no humilla, sino que levanta.
La Palabra de Dios, los sacramentos y la práctica del amor fraterno son caminos de transformación para hacer realidad en nosotros la imagen de Cristo.
Francisco recorrió este camino: no dominar, sino servir; no aferrarse, sino recibir; no retener, sino devolver.
Es la vida de Dios la que repara la Iglesia, la convierte en un pueblo libre, en un lugar de respiro y de salvación.
«Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala».
Cada uno de nosotros tiene un papel en esta obra, que está siempre en marcha.
Tenemos diferentes responsabilidades y vocaciones, pero caminamos juntos, inspirándonos, ayudándonos y corrigiéndonos mutuamente.
Es importante colaborar aportando nuestra parte.
Entonces hablaremos de la Iglesia con el cariño con el que se habla de una madre, porque reconoceremos que le pertenecemos.
Será una forma sincera de amar a esas personas y a esa historia en la que Jesucristo viene a nosotros y permanece con nosotros:
«Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin de los tiempos».
Con humildad, este es el Evangelio que anunciamos para compartir el deseo del Señor. No hace falta que aparentemos ser mejores de lo que somos.
Es necesario reconocer y dejar que Jesús resucitado actúe en nuestra vida y en la historia de todos nosotros.
Estas tres preguntas han permitido que el Papa invitase a los jóvenes a seguir el ejemplo de san Francisco, viviendo una fe alegre, sencilla y valiente; a responder con generosidad a la llamada de Dios, y a ser artesanos de paz y fraternidad.
Concluyamos esta primera parte con la bendición del Señor.
El Señor esté con ustedes.
Sea bendito el nombre del Señor.
Nuestra ayuda está en el nombre del Señor.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.
Amén.












































































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