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‘No tengais miedo”. Domingo XII

¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre.


Las lecturas de hoy, domingo XII, tratan sobre algo central en la vida espiritual: el miedo.

Hay dos preguntas básicas para conducir nuestra vida:


1.- ¿qué quieres? , ¿Qué deseas en lo profundo de tu corazón?

2.-¿a qué temes en lo profundo?”.


Cuando un joven se acerca a un monasterio Benedictino para ser monje se le pregunta, “¿Qué buscas? ¿Qué deseas aquí?”.


Le tememos a toda clase de cosas, pero en lo más profundo ¿a qué le temes?


Responder a esas dos preguntas te dirá todo lo que necesitas saber, hablando espiritualmente, sobre ti mismo.


1ª Lectura: Jeremías. Dios le da una tarea terrible:

Recibe la llamada para ser un profeta. Y el Señor le advierte, “Nadie va a escucharte, todos terminarán odiándote”.

Jeremías tiene enorme miedo al rechazo de la gente. Todos le odian por anunciar el mensaje del Señor.

Muchos de nosotros experimentamos esto en nuestra vida, ese miedo al rechazo, a no ser escuchados, a ser perseguidos. A que todos nuestros esfuerzos fracasen.


Dice Jeremías: “Pero el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo”.

En medio de sus miedos, que son grandes, experimenta una paz más profunda. Porque Dios es mi defensor.

El hecho de que Dios sea su defensor no significa que los miedos desaparezcan.

Jeremías fue un fracasado su vida entera, y murió siéndolo.

Murió con gente que lo condenaba por todos lados.

Pero incluso en medio de eso, a pesar de eso, sintió la paz que viene de saber que Dios es su defensor.


Evangelio: Jesús les dice a los doce, “No temais a los hombres”.

“No tengais miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”.

¿Qué es el alma?

Es aquella parte más profunda, central de nosotros mediante la cual tenemos contacto con Dios.


¿A qué le temo?

Estoy rodeado de terror por todos lados, tengo enemigos a mi alrededor. Tengo fracasos y miedos y ansiedades a mi alrededor. Pero mi alma está conectada a ese poder que está creando el universo aquí y ahora.

En mi alma, lo profundo de mi ser, estoy en contacto con aquel que trasciende espacio y tiempo, que está más allá de los caprichos de este mundo, que puede darme victoria sobre todos esos temores que me rodean.

“Le temo a todos los enemigos a mi alrededor, le temo a ser un fracaso. Le temo a no concretar mis sueños. Le temo a lo que van a decir y pensar sobre mí”.


Esos son pura fachada exterior.

No tengas miedo a los que matan el cuerpo.

¿Por qué?

Porque no pueden llegar a esa dimensión más profunda, inmortal, espiritual de cada uno, a la que llamamos alma.


Dice Jesús: “Temed, más bien, a quien puede arrojar, tu alma y tu cuerpo, al lugar de castigo”.


Temamos que nuestra alma, resistiendo a Dios, pueda perder el contacto con Dios.


El pecado mortal, ese pecado que mata, puede separarnos de Dios mismo.


A esto sólo debemos temer.

Temed a ese Dios que puede matar tanto al cuerpo como al alma.


El evangelio de hoy nos pide:
ASIGNAR PRIORIDAD a nuestros temores.

¿Qué es lo que os causa mayor miedo?

Ningún daño que pueda hacerme el mundo es comparable al daño de perder el contacto con Dios.


Si el alma se muere, por el pecado o por desatender a Dios o por odiar a Dios, si el alma se muere, en verdad estás en problemas.


No se preocupen por los que son pura fachada que solo pueden dañar su cuerpo. Ese es el principio.


Algún ejemplo:


A) El joven Karol Wojtyla, el niño que creció hasta ser el Santo Papa Juan Pablo II. Experimentó lo peor de la guerra.

Siendo un chico, los Nazis invaden su patria natal, su propia ciudad, asesinando a miles de personas, ejecutando a la intelectualidad de Polonia, siendo forzado —él y sus compañeros de seminario— a pasar a la clandestinidad.

Auschwitz estaba a unas pocas millas del lugar donde Juan Pablo II iba a la escuela.

Luego los sucedieron los comunistas, que fueron tal vez una pequeña mejoría, aunque no tanto, comparados con los Nazis. Otro régimen opresivo.

Aquí tenemos a alguien que experimentó lo peor de la humanidad. Hablando de fuerzas que eran capaces de dañar el cuerpo, de matar el cuerpo.

Pero cuando se convierte en papa, ¿qué dice?

“No temáis a los hombres”.

Vio lo peor de la humanidad. Pero sabía sobre esta paz que reside al nivel del alma y allí es donde vivía.



B) En el período Cristero en Méjico hubo una persecución brutal sobre la Iglesia.

El pequeño José Sánchez del Río, de catorce años, capturado por los enemigos de la Iglesia y se le ofrecen todas las oportunidades: “te haremos famoso, te haremos rico, si cedes”.

Pero este jovencito, no les tenía miedo.

Lo torturaron psicológica y físicamente.

No les temía. Y finalmente, lo mataron.

Pero no le tenía miedo a aquellos que pueden matar el cuerpo.

Antes bien, tuvo el temor del Señor. Tenía más miedo del que puede matar cuerpo y alma.

En otras palabras, mantuvo su conexión con Dios.

Eso es lo que lo hace un santo.

Un ejemplo más, estuve pensando en él, porque mientras grabo estas palabras, tuvimos su fiesta unos días atrás.


C) El gran San Charles Lwanga, el gran santo de Uganda, un joven en la corte del rey.

El rey le hace propuestas sexuales, que él rechaza.

Charles Lwanga, con sus veinticinco años, es quemado vivo en un sitio que se llama Namugongo.

En ese lugar actualmente se congrega un millón de Católicos cada año en la fiesta en su honor.

¿Tenía miedo de aquellos que podían lastimar el cuerpo?

No. ¿Incluso matar el cuerpo? No les tenía miedo.

Le tenía más miedo a aquel que podría matar el cuerpo y el alma.

En otras palabras, mantuvo su conexión con Dios.

Adoro ese detalle, mientras está muriendo —es quemado vivo— mientras está muriendo, lo único que la gente le escuchó decir fue un largo suspiro:

“Oh Dios”.

En otras palabras, mantuvo su conexión con Dios al nivel del alma a pesar de la peor persecución del mundo.


Terror en todas partes.

Seguro que sí.

Desde Jeremías hasta Charles Lwanga hasta Juan Pablo II.

¿Pero, a qué le temen finalmente?

¿A qué le temen?

¿A aquellos que pueden lastimar el cuerpo?

¿O temen al Señor?

¿Mantienen un contacto con Dios al nivel de sus almas?

Al final, eso es todo lo que importa.

Y Dios los bendiga.

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