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Francisco de Asís: un hombre que amó radicalmente a Dios en una Iglesia en batalla.

La figura de Francisco de Asís ocupa un lugar central en la historia religiosa y cultural de la Europa medieval. Encarnó una propuesta radical de vida evangélica basada en la pobreza voluntaria, la fraternidad universal y la imitación de Cristo. Su influencia trascendió el ámbito estrictamente eclesiástico para proyectarse sobre la espiritualidad, la organización de las órdenes mendicantes, la relación de la Iglesia con el mundo urbano y la sensibilidad ética hacia la naturaleza y los marginados. 

Francisco ocupa un lugar de respeto y admiración entre los protestantes por su papel como reformador espiritual antes de la Reforma. Esto se debe a su búsqueda radical de la Sola Scriptura aplicada a la vida práctica. En una era en que la Biblia era un libro cerrado para el pueblo, él decidió abrazar el Evangelio de forma literal. Su intención no fue construir una nueva institución, sino “reparar la Iglesia” volviendo al modelo de Cristo, una narrativa que resuena con la pasión protestante por recuperar la pureza de la fe primitiva. Por eso, fundó la Orden de los Hermanos Menores, conocida posteriormente como Orden Franciscana.

¿Seguir al siervo o al Señor?

Francisco nació en Asís, una ciudad de la región de Umbría, en el centro de la península itálica, hacia 1181 o 1182. Su madre, Giovanna Pica, pertenecía a una familia noble de origen provenzal y decidió llamarlo Giovanni di Pietro di Bernardone en el bautizo. Su padre, Pietro di Bernardone —un próspero comerciante de telas con vínculos comerciales en Francia—, le habría dado el sobrenombre de “Francesco” (“el francés”) como un apelativo afectuoso. 

Bautismo de Francisco de Asís. / Pintura: Antonio del Castillo y Saavedra


La infancia y juventud de Francisco transcurrieron en un ambiente de relativa prosperidad económica, propio de la naciente burguesía urbana italiana. La biógrafa Nicoletta Lattuada define esa etapa de su vida como “despreocupada y algo desenfrenada, como era habitual en los hijos de familias nobles”. Este contexto resulta fundamental para comprender su posterior opción por la pobreza: no fue consecuencia de la miseria, sino una elección de vida consciente frente a un horizonte marcado por el comercio, el ascenso social y los ideales caballerescos. Hasta aproximadamente sus 25 años de vida, Francisco participó activamente en la vida social de su ciudad de origen y compartió los valores cortesanos de su tiempo, incluido el deseo de gloria militar. 


Un suceso decisivo en la historia de Francisco ocurrió en 1198. En medio de un conflicto armado que amenazaba la península itálica, se enroló en el ejército y partió en expedición hacia Roma, la ciudad por la que tendría que luchar. En el viaje, las tropas pararon en Spoleto para pasar la noche. Mientras él descansaba, de repente escuchó una voz. 

El historiador Vidal Guzmán relata lo ocurrido así: “una voz que le preguntaba: ¿Quién te puede compensar mejor, el siervo o el Señor? A lo que Francisco respondió de inmediato: Naturalmente, el Señor. A lo que la misteriosa voz se limitó a responder: ¿Entonces, por qué sigues al siervo?”. Esta experiencia fue decisiva, pues despertó en él la conciencia de que su vida debía dedicarse no al hombre y a las empresas humanas, sino al Señor.

Otra vivencia se suma a la anterior. En el enfrentamiento militar entre Asís y Perugia, en 1202, Francisco fue hecho prisionero y pasó cerca de un año en cautiverio, hasta que finalmente quedó en libertad cuando las partes en conflicto firmaron una tregua. El estar herido y haber pasado tiempo recluido parece haberle provocado una profunda crisis interior. 


A partir de entonces, comenzó a experimentar un progresivo distanciamiento de la vida mundana, libertina y pudiente, para abrirse a una búsqueda espiritual cada vez más intensa. Hasta ese momento, lo que parecía haberlo afectado profundamente fue un sentido de insatisfacción con la vida que había llevado y con lo que había logrado realizar. Los ideales de su cultura ya no parecían llenarlo: debía haber otro camino de vida que realmente le ofreciera significado y sentido.

La tradición identifica varios episodios clave en su conversión. Entre ellos, destaca el encuentro con un pobre leproso a quien —venciendo su rechazo y repugnancia inicial— Francisco finalmente abrazó y le regaló su propia ropa, reconociendo el rostro de Cristo en él. 

Según los relatos, otro momento fundamental fue en la iglesia de San Damián, en Asís, donde Francisco escuchó la voz de Cristo que le decía: “repara mi casa, que como ves está en ruinas”. De acuerdo con algunos relatos, su respuesta fue la siguiente oración: “¡Oh alto y glorioso Dios! Ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla Tu santo y veraz mandamiento”. Inicialmente, Francisco interpretó el mandato de manera literal, dedicándose a restaurar iglesias en ruinas. Pero, con el tiempo comprendió su sentido espiritual y eclesial más amplio: el problema no estaba en la estructura externa de una capilla, sino en la condición de la Iglesia a nivel institucional y vital.

Francisco de Asís ante la imagen del Cristo de la iglesia de San Damián. / Imagen: Museo Del Prado
Francisco de Asís ante la imagen del Cristo de la iglesia de San Damián. / Imagen: Museo Del Prado

La ruptura definitiva con su antigua vida, marcada por los ideales caballerescos, se simbolizó en el célebre episodio de la renuncia pública a los bienes paternos ante el obispo de Asís, alrededor de 1206. Despojándose incluso de sus vestiduras, Francisco afirmó desde entonces que solo reconocía como Padre a Dios y que su nueva vida estaría dedicada a la pobreza. Este gesto marcó el inicio de su nueva identidad como penitente (es decir, como hombre entregado a una vida de arrepentimiento y austeridad) y servidor de los pobres.

Al tener clara su nueva misión, su vida comenzó a cambiar radicalmente. Para sus familiares y vecinos, no solo parecía un hombre de prácticas excéntricas; incluso pensaban que era extraño y estaba fuera de sí. La ciudad lo veía como un hombre loco: pasaba hambre durante el día, frío por las noches y estaba dedicado, sobre todo, a la oración.

A finales de febrero de 1209, otra experiencia se sumó a la larga historia de sus vivencias de conversión. Francisco escuchó un sermón en el que el sacerdote leía las palabras de Jesús en Mateo 10: anunciar el Reino de Dios, dar con gratuidad, ser generosos con todos, no procurar tener oro ni plata ni mayores recursos, sino renunciar para dedicarse a la causa de Dios y dar paz a los hombres. Francisco oyó esas palabras y entendió que estaban dirigidas especialmente a él. Como comenta el historiador francés Le Goff: “Francisco exclamó: ‘Esto es lo que yo veo, lo que busco, lo que deseo hacer en lo hondo de mi corazón’”.

Francisco, escuchando atentamente el sermón que marcará un giro decisivo en su vida./ Imagen: Generada con IA
Francisco, escuchando atentamente el sermón que marcará un giro decisivo en su vida./ Imagen: Generada con IA

En lugar de la estabilidad y protección que le podía proveer un monasterio, él se propuso una vida itinerante, pobre y fraterna, inspirada directamente en el Evangelio. Se definía a sí mismo y a sus primeros compañeros como fratres minores (hermanos menores), subrayando así una espiritualidad de humildad radical y de servicio. 

Aunque Francisco no fue sacerdote, mostró un profundo respeto por la jerarquía eclesiástica y por los sacramentos. Su práctica religiosa se caracterizó por la oración constante, el ayuno, la disciplina espiritual y el trabajo manual, así como por la predicación sencilla dirigida al pueblo llano, cuyo énfasis era una coherencia entre el mensaje y la conducta de quien lo enseñaba. Se dice que, en una ocasión, Francisco aconsejó a quienes enseñaban la Palabra que predicaran y que, si era necesario, usaran palabras.

Un rasgo distintivo de su espiritualidad fue la centralidad en la humanidad de Cristo, especialmente en su pobreza, su pasión y su cercanía a los marginados. Esta cristología práctica, pero también crítica, se manifestó en medidas innovadoras, como la representación del pesebre —con paja, un comedero y animales reales— en Greccio, en la Navidad de 1223. Con este y otros gestos, Francisco instó a la Iglesia a ser humilde, servicial y pobre, porque Jesús, su Fundador, no había venido con poder ni riquezas. Además, dijo que así como Jesús nació en un pesebre para el beneficio de todos, en especial de los pobres y los enfermos, dicha institución debía estar al servicio de los más necesitados. 

Así, sin rechazar a la Iglesia establecida ni criticarla directamente, Francisco enseñó con su vida que otro camino de cristianismo, más auténtico y apegado a las Escrituras, era posible. Ahora bien, su nueva espiritualidad suponía un cambio no solo en las interacciones con los hombres, sino con la creación en general. En sus comienzos, su vida se desarrolló sobre todo en espacios de retiro fuera de la ciudad —ermitas, pequeñas capillas y parajes naturales—, desde donde luego salía hacia los centros urbanos. 

Su vinculación con la naturaleza no era una alternativa, así que comenzó a valorarla de una forma nueva, que incluso resultó un poco extraña para ese entonces. Aunque el cristianismo venía enseñando desde hacía siglos que la creación es buena, no promovía una relación personal y estrecha con ella. En cambio, Francisco comenzó a experimentar una profunda fraternidad con todo lo creado. Como señala el historiador y ensayista chileno Vidal Guzmán: “todo le parecía un hermano salido de la misma mano divina”. Este pensamiento quedó inmortalizado en su himno Cántico de las criaturas, que dice:

Alabado seas, Señor, por todas Tus criaturas, en especial por el querido hermano sol,la hermana luna, las estrellas,la hermana agua, el hermano fuego,la hermana tierra.Alabado seas, mi Señor.

La nueva experiencia de Francisco, marcada por el servicio, la pobreza voluntaria y la total dependencia de Dios, lo llevó a concluir que todo lo que tenía era de Dios y que Su creación, por el hecho de provenir de Él, era buena, hermosa y amigable.

La Orden Franciscana

Francisco comenzó a vivir de aquí para allá, predicando el Evangelio y ayudando a los pobres y enfermos. Pronto se le unieron otros compañeros atraídos por su forma de vida, entre ellos Bernardo de Quintavalle y Pedro de Cattaneo. Este pequeño grupo pronto tomaría la forma de una fraternidad. Se estableció inicialmente en la Porciúncula, una modesta capilla abierta a la naturaleza, en pleno bosque, cercana a Asís, y se convirtió en el centro espiritual del movimiento. 

Con el crecimiento del número de seguidores —doce en total—, Francisco comprendió la necesidad de obtener el reconocimiento eclesiástico: si su trabajo estaba orientado a la Iglesia, entonces no podía seguir su camino como un llanero solitario; debía contar con el apoyo oficial. En 1209, viajó a Roma y presentó ante el obispo de Roma Inocencio III una forma de vida basada esencialmente en textos evangélicos: no eran filósofos, fanáticos o grandes teólogos, sino los Evangelios los que justificaban todo su proyecto.

Aunque las fuentes difieren en los detalles, es verosímil que el obispo le otorgó una aprobación oral, permitiendo así la rápida expansión del nuevo movimiento. Sobre este encuentro se cuenta que Inocencio III tuvo un sueño en el que vio que el templo de San Juan de Letrán se desmoronaba, pero un hombre lo sostenía. El papa reconoció en aquel hombre a Francisco.

La Orden de los Hermanos Menores se inscribe en el fenómeno más amplio de las órdenes mendicantes del siglo XIII, junto con los dominicos. A diferencia del monacato tradicional, los franciscanos y otros grupos se insertaron activamente en las ciudades, dedicándose a la predicación, la asistencia a los pobres y la vida apostólica, sin poseer bienes en propiedad, ni individual ni colectivamente, según el ideal original de Francisco. Eran mendigos de Dios: dependían de Él y de las limosnas de la gente.

El rápido crecimiento de la orden planteó importantes desafíos a nivel organizacional y espiritual. Mientras Francisco estaba vivo surgieron no pocas tensiones entre quienes deseaban una interpretación más estricta de la pobreza y quienes consideraban necesaria cierta adaptación institucional para asegurar la estabilidad y eficacia del movimiento. Aunque todos estaban de acuerdo con los ideales franciscanos, no concordaban con la rigurosidad ni con la forma de aplicarlos en la vida práctica.


Consciente de sus limitaciones administrativas y preocupado por la fidelidad al carisma original de la orden, Francisco renunció progresivamente a su gobierno directo. En 1220, dejó el cargo de ministro general, dejando en su lugar a Pedro Cattani, aunque continuó ejerciendo una autoridad moral significativa. De hecho, se encargó de escribir la “Regla de la orden no bulada”, es decir, el documento base que define cómo debe vivir una orden religiosa. En 1223, con la mediación del cardenal Hugolino (Gregorio IX cuando fue elegido obispo de Roma), se aprobó definitivamente la Regla que, si bien introducía ciertas precisiones jurídicas, conservaba el núcleo evangélico de la propuesta franciscana en un total de 24 capítulos.

Confrontación de la complacencia espiritual

Los últimos años de su vida estuvieron marcados por el deterioro de su salud y, según la tradición católica, por una profunda experiencia espiritual de unos supuestos estigmas, es decir, las llagas físicas correspondientes a la Pasión de Cristo, que recibió durante un retiro en el monte Alvernia en 1224. Este acontecimiento fue interpretado por sus contemporáneos como un signo excepcional de conformidad con Cristo crucificado.

Francisco murió el 3 de octubre de 1226 en la Porciúncula, rodeado de sus hermanos. Fue canonizado apenas dos años después, en 1228, por el obispo de Roma Gregorio IX.

En definitiva, Francisco de Asís es, en algunos aspectos, una figura ejemplar para el mundo evangélico, a pesar de que sea un referente principalmente católico. Su biografía muestra el tránsito desde una juventud acomodada y algo libertina hacia una opción radical por la pobreza evangélica, vivida no como negación del mundo, sino como forma de libertad y fraternidad con todos los hombres y todo lo creado. Él inauguró un modelo de vida religiosa profundamente inserto en la realidad social de su tiempo, capaz de dialogar con los desafíos urbanos, económicos y espirituales del siglo XIII. Con su  ejemplo mostró que la religión debe mantener un contacto abierto con el mundo, y no permanecer cerrada entre cuatro paredes, aun si estas son las del edificio eclesiástico.

Su legado no se limita a una institución concreta, sino que se manifiesta en una espiritualidad que continúa inspirando reflexiones sobre la relación entre fe y vida, Iglesia y mundo, la pobreza y el Evangelio, humanidad y naturaleza. Su vida representó un cuestionamiento frontal a la complacencia religiosa de su tiempo, pues priorizó la transformación del corazón y el servicio activo por encima de la acumulación de poder eclesiástico. 

Sin embargo, la admiración hacia su vida y obra se entremezcla con divergencias fundamentales entre el “cristianismo” medieval y las doctrinas bíblicas: Francisco juró obediencia absoluta a la jerarquía del papado, tuvo una devoción mariana y abrazó un ascetismo de penitencias físicas para alcanzar la santidad, lo cual se contrapone al pensamiento protestante, que se fundamenta en la autoridad única de las Escrituras y en la justicia recibida por la fe sola. 

 Pintura: Francisco de Herrera el Viejo
 Pintura: Francisco de Herrera el Viejo

Francisco leía el Evangelio bajo la lente medieval de la penitencia —creyendo que el castigo físico y la pobreza extrema eran medios necesarios para purificar el alma e imitar a Cristo—, pero la fe evangélica se ancla en la suficiencia del sacrificio de Jesús. Para un lector contemporáneo, las penitencias de Francisco pueden parecer un intento de alcanzar la salvación por obras; no obstante, es más preciso entenderlo como un hombre que amó profundamente a Dios, pero que, condicionado por su época, no alcanzó a distinguir que la justicia es recibida por la fe sola y que el cuerpo no necesita ser castigado para ser redimido. 

Así pues, su legado no es valorado por los evangélicos como un respaldo a la institución romana o a sus ritos sacramentales, sino como el testimonio de un hombre que, al redescubrir la humildad de Cristo, recordó a la Iglesia de todas las épocas que el verdadero avivamiento comienza con un retorno radical y obediente a las palabras de las Escrituras. Además, nos recuerda que el verdadero avivamiento comienza con una entrega radical y absoluta a Jesucristo.


Referencias y bibliografía

+San Francisco (2000) de Chiara Leonardi. En Diccionario de los Santos, editado por Chiara Leonardi, Andrea Riccardi y Gabriella Zarri. Madrid: San Pablo.

+San Francisco de Asís. Escritos, biografía, documentos de la época (1985), editado por José Antonio Guerra. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

+Retratos. Medievo. El tiempo de las catedrales y las cruzadas (2004) de Gerardo Vidal Guzmán. Santiago: Editorial Universitaria.

+San Francisco de Asís (2003) de Jacques Le Goff. Madrid: Ediciones Akal.

+Maestros de la fe. San Francisco de Asís (2018) de Nicoletta Lattuada. Madrid: Emse.


TExto de: https://biteproject.com/francisco-de-asis/ traído a esta web para su conservación


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Catequesis de SM:

San Francisco de Asís.


En una ocasión, San Francisco estaba en aquella pequeña iglesia que había reconstruido en en la porcíuncula, no en San Damián, sino en la que había reconstruido en en la falda de la de la ciudad de Asís en el valle, donde en unas chozas vivía él con sus compañeros, porque en San Damián se habían quedado las religiosas. Estaba rezando dentro de esa capilla y tuvo una visión.


El Señor le dio el don de ver y de escuchar las oraciones de todos los fieles en la iglesia, en el mundo, en distintos idiomas. Y sin embargo, la oración era igual en todos los idiomas.

Era una sola palabra. La palabra era 'dame', dame, dame, dame, dame. En todos los idiomas la misma palabra, el mismo contenido. Dame, dame, dame.

Todo el mundo iba a la iglesia a pedir, a pedir y se marchaban.

Contentos o enfadados, a pedir y se marchaban. Alguna excepción habría.

Pero todo el mundo iba a la iglesia a pedir.

San Francisco salió de aquella oración acongojado, sufriendo, llorando, porque había gustado el dolor del corazón de Jesús, un corazón que ama y que no recibe amor.

Cuando sus compañeros le vieron salir en aquellas condiciones, le preguntaron porque intuyeron que algo había pasado. Y cuando él logró calmarse, dijo esta frase:

"El amor no es amado. Dios, que es el amor no es amado. es utilizado, es requerido, es despreciado, no es amado, ni siquiera por aquellos que creen en ély que van a la iglesia, que llenan la iglesia.

Antes, cuando las iglesias estaban llenas, el amor no es amado.

Queremos amar al corazón de Jesús. Queremos amarle, no utilizarle, ni buscar nuestro provecho, acudir a él cuando tenemos problemas para luego olvidarle. Queremos amarle.

A Dios no le molesta que sus hijos acudan a él pidiendo ayuda.

Si fue él el que dijo, "Pedid y se os dará."

A Dios, como a cualquier padre, lo que le duele es que sus hijos solo acudan a él a pedir ayuda, nunca a decir, "Papá, ¿cómo estás?

Gracias. ¿Necesitas algo? ¿Te puedo ayudar en algo? Nunca. Pedir y pedir ypedir, exigir, reclamar, enfadarse.

Esta es la relación con Dios con muchos católicos. Esta es la relación quetienen muchos de los que van a la iglesia y no queremos que sea la nuestra.

San Francisco nos enseñó esto.

El amor no es amado.

Lanzó este grito de denuncia, el amor no es amado.

Y nosotros queremos proclamar.

El amor tiene el derecho a ser amado y por lo tanto nosotros tenemos el deber de amar al amor, de hacer amar al amor.

Y eso es lo que traducimos con el concepto de gratitud.

Gracias, Señor, por tu amor. Necesito muchas cosas y te las pido con la confianza de un hijo y con la humildad de un siervo.

Vengo a ti, Señor, porque necesito tu ayuda. Pero sobre todo, sobre todo vengo a darte gracias y vengo a ofrecerme a ti.

Vengo a decirte que puedes contar conmigo, que aquí estoy, Señor, no negociando.


Cuando tengamos que pedir algo, pensemos primero si he dado gracias.

He dado gracias no con la palabra solamente o con el sentimiento, con las obras.

Te pido humildemente, no te exijo nada.

Te agradezco por todo lo que me has dado, aunque ahora esto que me que acabo de pedirte no me lo des.

San Francisco, repito, es para nosotros un punto esencial en este camino de la consagración.

Queremos amar y hacer amar al amor y somos conscientes de que tenemos un deber de agradecimiento, que el agradecimiento a Dios no es una opción, es una obligación. Tenemos el deber de agradecer a aquel que ha hecho tanto por nosotros, que ha hecho todo por nosotros. Que nuestra oración, por lo tanto, sea y nuestras obras sean la de decirle al Señor, gracias.

Aquí me tienes. Cuenta conmigo


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