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Doctrina ratzingeriana de la creación y el pecado original,

Núcleo del planteamiento de Ratzinger

La doctrina de la creación en Joseph Ratzinger se articula en dos grandes partes, siguiendo el esquema clásico, pero con un matiz decisivo:

  1. La acción creadora de Dios

  2. La realidad creada, centrada explícitamente en el ser humano


La doctrina de la creación y del pecado original en Joseph Ratzinger

La reflexión teológica de Joseph Ratzinger sobre la creación y el pecado original se inscribe en la gran tradición dogmática de la Iglesia, pero al mismo tiempo manifiesta una notable sensibilidad histórica, bíblica y dialogal. En los apuntes de sus cursos universitarios —especialmente los de Münster (1964) y Regensburg (1976)— se percibe con claridad su esfuerzo por articular de manera armónica la perspectiva metafísica clásica y la visión histórico-salvífica propia de la teología bíblica contemporánea, evitando tanto su confusión como su contraposición.


La estructura general de su doctrina de la creación sigue el esquema clásico en dos grandes partes. En primer lugar, se ocupa de la acción creadora de Dios; en segundo lugar, de la realidad creada. Sin embargo, esta división no es meramente formal, ya que Ratzinger introduce un matiz decisivo: dentro de la realidad creada, el centro de la reflexión no es el cosmos en abstracto, sino el ser humano. La creación es comprendida, desde el inicio, como un acontecimiento que tiene en el hombre su interlocutor privilegiado. Llama la atención, además, la ausencia de un capítulo específico dedicado a los ángeles en los apuntes de Münster, aunque su presencia no desaparece del todo de la reflexión, lo cual indica un desplazamiento del interés teológico hacia la antropología sin negar la dimensión invisible de la creación.


El estudio del acto creador divino se desarrolla en dos momentos complementarios. Ratzinger subraya, en primer lugar, que la creación no puede reducirse a un acontecimiento puntual situado en el origen del mundo. El acto creador se prolonga en el tiempo mediante la conservación y la providencia divina. De este modo, la creación se comprende como una realidad viva, dinámica, abierta a la historia. En sintonía con los desarrollos exegéticos y teológicos de su tiempo —especialmente la visión histórico-salvífica y la reflexión sobre el vínculo entre creación y alianza—, Ratzinger amplía la noción bíblica de creación más allá del relato del Génesis, integrándola en el conjunto de la historia de la salvación y orientándola hacia una lectura cristológica. La creación encuentra su sentido pleno en Cristo, en quien se revela definitivamente tanto el origen como el destino del mundo.


Este planteamiento va acompañado de un diálogo constante con la filosofía. Ratzinger destaca que una de las consecuencias decisivas de la fe cristiana en la creación es la superación del dualismo materia-espíritu, tan presente en muchas corrientes del pensamiento antiguo y moderno.

En su lugar, el cristianismo propone una distinción más radical y más fecunda:

la diferencia entre el Creador y las criaturas.

Esta distinción salvaguarda al mismo tiempo la trascendencia absoluta de Dios y la bondad intrínseca del mundo creado.

En el segundo momento de esta primera parte, dedicado a la conservación y la providencia, la creación es entendida como creatio continua, lo que implica una concepción del ser creado como intrínsecamente temporal y abierto al devenir histórico.


La segunda gran parte de la doctrina ratzingeriana se centra en el hombre dentro de la creación. También aquí la reflexión se divide en dos grandes capítulos.

El primero busca delinear los rasgos fundamentales de la naturaleza humana según el designio creador de Dios;

el segundo aborda el desarrollo histórico de esa naturaleza, marcado por la primera decisión libre que introdujo el pecado en la relación del hombre con Dios.

Partiendo del testimonio bíblico de la creación del hombre a imagen y semejanza divina, Ratzinger articula la antropología cristiana en torno a tres pares conceptuales: naturaleza y gracia, alma y cuerpo, creación y evolución. El amplio espacio dedicado a la relación entre creación y evolución refleja la intensidad de los debates teológicos y científicos de los años sesenta, y pone de manifiesto el esfuerzo del autor por integrar los datos de las ciencias naturales sin reducir la originalidad de la fe cristiana.


Consciente de las dificultades que plantea al pensamiento contemporáneo la doctrina del paraíso y del pecado original, Ratzinger inicia el tratamiento de este tema desde la enseñanza tradicional de la Iglesia, para confrontarla después con las objeciones y preguntas de la modernidad. Este diálogo no lo conduce a una reinterpretación reductiva, sino a un retorno más profundo a las fuentes bíblicas. En particular, sitúa el capítulo tercero del Génesis dentro del conjunto de la Escritura, y especialmente a la luz del Nuevo Testamento, evitando así aislar el relato del pecado original o convertirlo en una explicación mítica desvinculada del misterio de Cristo.


Una cuestión de fondo atraviesa toda esta reflexión: la relación entre la perspectiva metafísica y la histórico-salvífica. Desde sus primeros estudios sobre la teología de la historia en san Buenaventura, Ratzinger busca mantener ambas dimensiones en una relación de armonía. El esquema de su doctrina de la creación revela claramente esta intención.

En la primera parte se parte de Dios y de su acción creadora para considerar después su despliegue en la historia;

en la segunda, se contempla primero al hombre como criatura de Dios y solo después su determinación histórica como pecador.

Este orden manifiesta no solo el primado de Dios, sino también el deseo de distinguir sin separar lo natural y lo histórico, lo que proviene directamente del Creador y lo que surge del ejercicio de la libertad creada en la historia.


En su tratamiento del pecado original, Ratzinger afirma tanto la dimensión colectiva como la dimensión personal de Adán. Rechaza una interpretación puramente simbólica o colectiva que vacíe de contenido histórico la figura del primer hombre, al mismo tiempo que evita una comprensión meramente biologicista. La historia humana no es una simple suma de individuos, sino una realidad tensada entre el primer y el último Adán. Desde esta perspectiva, aborda la cuestión del monogenismo y el poligenismo distinguiendo entre el plano biológico y el teológico. Aunque la ciencia pueda describir un origen biológicamente poligenista de la humanidad, la fe afirma un origen unitario del pecado en cuanto acontecimiento espiritual y libre. El núcleo del pecado original no reside en la transmisión genética, sino en una primera decisión negativa que marca la historia humana desde su inicio.


Esta comprensión se apoya en la noción bíblica de “personalidad corporativa”, según la cual un individuo puede representar y encabezar el destino de muchos. Así, hablar del pecado de Adán no implica necesariamente la afirmación de una única pareja biológica en el origen de la humanidad, sino el reconocimiento de una primera capitalidad histórica de la libertad humana. En esta línea, el paralelismo paulino entre Adán y Cristo presupone la realidad plena de ambos: el primero como origen del pecado, el segundo como origen de la salvación.


De manera particularmente original, Ratzinger describe el cristianismo como un “dualismo no del ser, sino de la libertad y de la historia”. La oposición entre sarx y pneuma no remite a dos sustancias distintas, sino a dos modos históricos de existencia del único e indivisible ser humano. Con ello, se mantiene la unidad ontológica del hombre y, al mismo tiempo, se reconoce el drama real de la libertad en la historia.


En conjunto, la doctrina ratzingeriana de la creación y del pecado original se presenta como un esfuerzo coherente por salvaguardar la verdad de la creación, su ordenación intrínseca a la redención y su culminación en el misterio pascual de Cristo. La creación no es un prólogo olvidable ni un simple presupuesto natural, sino el primer acto de una historia de amor que encuentra su plenitud en la cruz y la resurrección. Desde esta perspectiva, la fe cristiana puede dialogar con el pensamiento moderno sin complejos, discerniendo críticamente sus límites y reconociendo, al mismo tiempo, las nuevas posibilidades que ofrece para comprender más profundamente el misterio del mundo creado.



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