5to mandamiento también al volante
- Fray Dino

- hace 22 horas
- 4 Min. de lectura
Grupo de Iniciación cristiana de ADULTOS:
Dos cosas que no tuvimos tiempo de plantear el pasado miércoles y que me gustaría haber tratado. Os dejo aquí un resumen para vuestra lectura
¿Cómo explicar por qué el ser humano llega a “matar” —no solo físicamente, también con desprecio, insulto, rechazo o violencia— tal como Caín a Abel (Gn 4,1-16).
1) El origen del asesinato: sentirse víctima de una injusticia. Caín ofrece a Dios “frutos del suelo” y Abel ofrece “los primogénitos del rebaño”. Dios acepta a Abel y no a Caín. Caín se irrita y “se le cae la cara” (se deprime, se enfurece). El texto insiste en que detrás del homicidio hay un mecanismo interior: Caín cree haber sufrido una injusticia (“Dios no es justo”) y, desde esa lógica, se siente autorizado a hacer “justicia” eliminando al otro. Así, el asesino se ve a sí mismo como justiciero.
2) El pecado empieza antes del golpe final. Dios no entra a justificar su decisión, sino que señala el proceso: “si obras bien… si no, el pecado está a la puerta… pero tú domínalo”. La idea es que el asesinato de Abel es la fase final de un camino: primero viene el juicio contra Dios, el resentimiento, la rumia, la ira… y luego el acto violento. Por eso los pecados tienen raíces profundas; si no se cortan de raíz, los “frutos” vuelven.
3) La diferencia de las ofrendas: riesgo y amor: Abel ofrece “primogénitos” (lo primero, lo valioso, lo que implica confianza y riesgo); Caín no ofrece “primicias”, sino algo genérico. En clave bíblica, eso revelaría un corazón que no se fía y que ofrece a Dios lo que sobra, no lo primero. Pero el punto fuerte no es la técnica del sacrificio: es que Caín juzga a Dios en vez de examinarse.
4) “Todos somos Caín”: matamos creyendo tener razón. En la vida cotidiana: muchas violencias nacen de un viejísimo libro de reclamaciones (“me hicieron… me pasó… no era justo…”). Y si me creo víctima, mis reacciones quedan “justificadas”. Por eso se dice: “las cárceles están llenas de víctimas” (en el sentido de personas que se sienten víctimas y por eso actúan como jueces).
5) La salida: cerrar la puerta del victimismo y reconciliarse con Dios.
La propuesta espiritual es fuerte: para dejar de “matar” hay que dejar de pensar mal de Dios, aprender a leer la vida no solo con el “¿por qué a mí?”, sino con el “¿para qué / en vista de qué?”. No se trata de resignación barata, sino de confiar en que hay un designio, incluso cuando hay cruz.
6) Dios no abandona al culpable: perdón y consecuencias. Cuando Caín toma conciencia del horror (“mi culpa es grande”), aparece algo mayor: Dios lo protege con un signo (interpretado como un “tau”, marca de pertenencia). Hay perdón y paternidad, aunque Caín debe cargar con consecuencias.
Mensaje final:
Dios no aplaude el mal, pero no deja de ser Padre.
El quinto mandamiento —«No matarás»— suele parecernos claro y contundente: no quitar la vida a nadie. Y es verdad. Pero la fe cristiana, que no se queda en mínimos legales sino que apunta al corazón, nos invita a ir más hondo. Jesús mismo nos enseña que no basta con no matar físicamente; también cuenta lo que hacemos con la vida del otro, con su dignidad, con su seguridad. Y aquí entra, de lleno, nuestra manera de conducir.
Conducir no es un simple acto técnico; es un acto profundamente moral. Cada vez que nos sentamos al volante llevamos con nosotros nuestro carácter, nuestro temperamento, nuestras prisas, nuestras heridas… y también nuestra fe. La carretera se convierte así en un espejo bastante fiel de lo que somos por dentro. El que conduce con serenidad suele ser alguien que ha aprendido a respetar los tiempos del otro; el que se irrita con facilidad manifiesta, muchas veces sin querer, una tensión interior que va más allá del tráfico.
El quinto mandamiento nos recuerda que la vida es sagrada. Y respetar la vida implica respetar las normas que la protegen. Conducir a la velocidad adecuada no es solo cumplir una ley civil: es un acto de amor al prójimo. El exceso de velocidad, las maniobras agresivas, la impaciencia constante no son simples “despistes”; son decisiones que ponen en riesgo vidas concretas: la del peatón, la del ciclista, la del conductor lento… y la nuestra. Dicho con sencillez evangélica: quien corre más de la cuenta, juega con la vida de los demás. Y con la propia, que tampoco nos pertenece del todo.
Además, en la conducción aparece con fuerza la virtud —o la ausencia— de la paciencia. Nos irrita el que va despacio, el que duda, el que no reacciona como esperamos. Y ahí se cuela una pregunta muy cristiana: ¿cómo trato al que no va a mi ritmo? ¿Lo considero un estorbo o una persona? El volante, curiosamente, saca a la luz esa irritación social que todos percibimos: prisas constantes, baja tolerancia a la frustración, dificultad para comprender al otro. La carretera se convierte así en una pequeña parábola del mundo en el que vivimos.
Conducir serenamente es, por tanto, una forma concreta de vivir el quinto mandamiento. Es elegir cuidar la vida en lo cotidiano. Es renunciar a imponerme, a ganar siempre, a llegar primero. Es asumir que el otro tiene derecho a existir, a equivocarse, a ir más despacio. Y eso, aunque no lo parezca, es profundamente cristiano.
Un cristiano al volante no es el más rápido, sino el más responsable; no el que más protesta, sino el que más cuida; no el que más toca el claxon, sino el que más respeta. Conducir así no solo evita accidentes: humaniza la sociedad y evangeliza sin palabras. Porque, al final, también en la carretera se juega la fidelidad al mandamiento: no matarás… ni con prisa, ni con ira, ni con imprudencia. Y eso, aunque cueste, salva vidas. Y almas.

































































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