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«Recuerda que eres polvo… y que estás llamado a Dios»

El Miércoles de Ceniza comienza con una frase que la Iglesia no suaviza, ni edulcora ni negocia:

“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás.”

No es una amenaza. No es pesimismo.

Es nuestra esperanza. La certeza de hallar descanso en Dios

Vivimos en una cultura obsesionada con la autoafirmación, el éxito, la imagen, el control. Una cultura que nos susurra constantemente: “Tú eres suficiente”. “En ti está el poder”

Pero la Iglesia, madre sabia, hoy nos dice algo mucho más verdadero:


No eres suficiente… y eso es una gran noticia.

Porque solo cuando dejamos de adorarnos a nosotros mismos, queda espacio para ser nosotros mismos, lo que somos ante Dios que decía NPSFrancisco , que es lo que realmente somos.

1. La ceniza desenmascara los ídolos, nuestra falsa imagen de nosotros mismos y nuestras falsas expectativas.

La ceniza nos recuerda que todo lo que no es Dios pasa: el poder, el dinero, el prestigio, incluso la salud y la fuerza. Porque ninguno de ellos pueden salvarnos.

La conversión, para un niño, es portarse un poco mejor. La conversión, para nosotros, es destronar a los falsos dioses. Eso es lo que la CENIZA nos pide hoy.


2. Ayuno, limosna y oración: no son extras, son medicina espiritual.

Contra el ego. Contra el pecado que busca acomodarse en nosotros.

  • El ayuno le dice al cuerpo: no mandas tú.

  • La limosna le dice al dinero: no eres mi dios.

  • La oración le dice al alma: sin Dios te pierdes.


3. “Conviértete y cree en el Evangelio”

Esta es la otra fórmula que escuchamos al recibir la ceniza.

Cree que Dios te ama más de lo que imaginas.

Cree que el pecado no tiene la última palabra en ti.

Cree que la cruz no es el final, sino el camino.


La Cuaresma no es una autoayuda religiosa. Es volver a orientar la vida hacia Dios. Para siempre


4. Hemos sido hechos de tierra y agua… pero caminamos hacia la GLORIA

La ceniza no es el destino final. Es el punto de partida.

Empezamos reconociendo nuestra fragilidad para poder recibir una gracia que no podemos producir por nosotros mismos.


Solo el que acepta que es polvo, que todos nuestros afanes son transitorios, puede ser levantado por Dios. Polvo tocado por la cruz de CRISTO. Llamados a  a la gloria.

Entremos en esta Cuaresma de la mano del evangelio, de la liturgia de cada día, de la oración personal, de toda la sobriedad y austeridad de que seamos capaces. 


Recuerde el alma dormida,

 avive el seso y despierte

 contemplando

 cómo se pasa la vida,

 cómo se viene la muerte

 tan callando,


   cuán presto se va el placer,

 cómo, después de acordado,

 da dolor;

 cómo, a nuestro parecer,

 cualquiera tiempo pasado

 fue mejor.

II

   Pues si vemos lo presente

 cómo en un punto se es ido

 y acabado,

 si juzgamos sabiamente,

 daremos lo no venido

 por pasado.

   No se engañe nadie, no,

 pensando que ha de durar

 lo que espera

 mas que duró lo que vio,

 pues que todo ha de pasar

 por tal manera.

III

   Nuestras vidas son los ríos

 que van a dar en la mar,

 que es el morir,

 allí van los señoríos

 derechos a se acabar

 y consumir;


   allí los ríos caudales,

 allí los otros medianos

 y más chicos,

 y llegados, son iguales

 los que viven por sus manos

 y los ricos.

IV


   Dejo las invocaciones

 de los famosos poetas

 y oradores;

 no curo de sus ficciones,

 que traen yerbas secretas

 sus sabores;


a aquel sólo me encomiendo...

   a aquel sólo invoco yo

 de verdad,

 que en este mundo viviendo

 el mundo no conoció

 su deidad.

V

   Este mundo es el camino

 para el otro, que es morada

 sin pesar;

 mas cumple tener buen tino

 para andar esta jornada

 sin errar.


   Partimos cuando nacemos

 andamos mientras vivimos,

 y llegamos

 al tiempo que fenecemos;

 así que cuando morimos

 descansamos.

VI

   Este mundo bueno fue

 si bien usásemos dél

 como debemos,

 porque, según nuestra fe,

es para ganar aquel

 que atendemos.


   Aun aquel Hijo de Dios,

 para subirnos al cielo,

 descendió

 a nacer acá entre nos,

 y a morir en este suelo

 do murió.

VII

   Ved de cuán poco valor

 son las cosas tras que andamos

 y corremos,

 que, en este mundo traidor

 aun primero que miramos

 las perdemos:


   de ellas deshace la edad,

 de ellas casos desastrados

 que acaecen,

 de ellas, por su calidad,

 en los más altos estados

 desfallecen.

VIII

   Decidme: La hermosura,

 la gentil frescura y tez

 de la cara,

 la color y la blancura,

 cuando viene la vejez,

¿cuál se para?


   Las mañas y ligereza

 y la fuerza corporal

 de juventud,

 todo se torna graveza

 cuando llega al arrabal

 de senectud.

IX

   Pues la sangre de los godos,

 y el linaje y la nobleza

 tan crecida,

 ¡por cuántas vías y modos

 se pierde su gran alteza

 en esta vida!


   Unos, por poco valer,

 ¡por cuán bajos y abatidos

 que los tienen!;

 otros que, por no tener,

 con oficios no debidos

 se mantienen.

X

   Los estados y riqueza,

 que nos dejen a deshora

 ¿quién lo duda?

 no les pidamos firmeza,

 pues son de una señora

 que se muda.


   Que bienes son de Fortuna

 que revuelven con su rueda

 presurosa,

 la cual no puede ser una

 ni estar estable ni queda

 en una cosa.

XI

   Pero digo que acompañen

 y lleguen hasta la huesa

 con su dueño:

 por eso no nos engañen,

 pues se va la vida apriesa

 como sueño;


   y los deleites de acá

 son, en que nos deleitamos,

 temporales,

 y los tormentos de allá,

 que por ellos esperamos,

 eternales.

XII

   Los placeres y dulzores

 de esta vida trabajada

 que tenemos,

no son sino corredores,

 y la muerte, la celada

 en que caemos.


   No mirando a nuestro daño,

 corremos a rienda suelta

 sin parar;

 desque vemos el engaño

 y queremos dar la vuelta,

 no hay lugar.

XIII

   Si fuese en nuestro poder

 hacer la cara hermosa

 corporal,

 como podemos hacer

 el alma tan gloriosa,

 angelical,

   ¡qué diligencia tan viva

 tuviéramos toda hora,

 y tan presta,

 en componer la cautiva,

 dejándonos la señora

 descompuesta!

XIV

   Esos reyes poderosos

 que vemos por escrituras

 ya pasadas,

 con casos tristes, llorosos,

 fueron sus buenas venturas

 trastornadas;


   así que no hay cosa fuerte,

 que a papas y emperadores

 y prelados,

 así los trata la Muerte

 como a los pobres pastores

 de ganados.

XV

   Dejemos a los troyanos,

 que sus males no los vimos,

 ni sus glorias;

 dejemos a los romanos,

 aunque oímos y leímos

 sus historias;


   no curemos de saber

 lo de aquel siglo pasado

 qué fue de ello;

 vengamos a lo de ayer,

 que también es olvidado

 como aquello.

XVI

  ¿Qué se hizo el Rey Don Juan?

 Los Infantes de Aragón

 ¿qué se hicieron?

 ¿Qué fue de tanto galán,

 qué de tanta invención

que trajeron?


   ¿Fueron sino devaneos,

 qué fueron sino verduras

 de las eras,

 las justas y los torneos,

 paramentos, bordaduras

 y cimeras?11 

XVII

   ¿Qué se hicieron las damas,

 sus tocados y vestidos,

 sus olores?

 ¿Qué se hicieron las llamas

 de los fuegos encendidos

 de amadores?


   ¿Qué se hizo aquel trovar,

 las músicas acordadas

que tañían?

 ¿Qué se hizo aquel danzar,

 aquellas ropas chapadas

 que traían?

XVIII

   Pues el otro, su heredero,

 Don Enrique, ¡qué poderes

 alcanzaba!

 ¡Cuán blando, cuán halaguero

 el mundo con sus placeres

 se le daba!

   Mas verás cuán enemigo,

 cuán contrario, cuán cruel

 se le mostró;

 habiéndole sido amigo,

 ¡cuán poco duro con él

 lo que le dio!

XIX

   Las dádivas desmedidas,

 los edificios reales

 llenos de oro,

 las vajillas tan fabridas,

 los enriques y reales

 del tesoro;


   los jaeces, los caballos

 de sus gentes y atavíos

 tan sobrados,

 ¿dónde iremos a buscallos?

 ¿qué fueron sino rocíos

de los prados?

XX

   Pues su hermano el inocente,

 que en su vida sucesor

 le hicieron,12 

 ¡qué corte tan excelente

 tuvo y cuánto gran señor

 le siguieron!


   Mas, como fuese mortal,

 metiole la Muerte luego

 en su fragua.

 ¡Oh, juicio divinal,

 cuando más ardía el fuego,

 echaste agua!

XXI

   Pues aquel gran Condestable,

 maestre que conocimos

tan privado,

 no cumple que de él se habla,

 mas sólo cómo lo vimos

 degollado.


   Sus infinitos tesoros,

 sus villas y sus lugares,

 su mandar,

 ¿qué le fueron sino lloros?

 ¿Qué fueron sino pesares

 al dejar?


XXII

  Y los otros dos hermanos,

 maestres tan prosperados

 como reyes,

 que a los grandes y medianos

 trajeron tan sojuzgados

 a sus leyes;


   aquella prosperidad

 que en tan alto fue subida

 y ensalzada,

 ¿qué fue sino claridad

 que cuando más encendida

 fue matada?

XXIII

   Tantos duques excelentes,

 tantos marqueses y condes

 y varones

 como vimos tan potentes,

 di, Muerte, ¿do los escondes

 y traspones?


   Y las sus claras hazañas

 que hicieron en las guerras

 y en las paces,

 cuando tú, cruda, te ensañas,

con tu fuerza las aterras

 y deshaces.

XXIV

   Las huestes innumerables,


 los pendones, estandartes


 y banderas,


 los castillos impugnables,


 los muros y baluartes


 y barreras,


   la cava honda, chapada,


 o cualquier otro reparo,


 ¿qué aprovecha?


 Cuando tú vienes airada,


 todo lo pasas de claro


 con tu flecha.

XXV

   Aquel de buenos abrigo,


 amado por virtuoso


 de la gente,


 el maestre Don Rodrigo


 Manrique, tanto famoso


 y tan valiente;


   sus hechos grandes y claros


 no cumple que los alabe,


 pues los vieron,


 ni los quiero hacer caros


 pues que el mundo todo sabe


 cuáles fueron.

—128→

XXVI

   Amigos de sus amigos,


 ¡qué señor para criados


 y parientes!


 ¡Qué enemigo de enemigos!


 ¡Qué maestro de esforzados


 y valientes!


   ¡Que seso para discretos!


 ¡Qué gracia para donosos!


 ¡Qué razón!


 ¡Qué benigno a los sujetos!


 ¡A los bravos y dañosos,


 qué león!

XXVII

   En ventura Octaviano;


 Julio César en vencer


 y batallar;


 en la virtud, Africano;


 Aníbal en el saber


 y trabajar;


   en la bondad, un Trajano;


 Tito en liberalidad


 con alegría,


 en su brazo, Aureliano;


 Marco Atilio en la verdad


 que prometía.

—129→

XXVIII

   Antonio Pío en clemencia;


 Marco Aurelio en igualdad


 del semblante;


 Adriano en elocuencia,


 Teodosio en humanidad


 y buen talante;


   Aurelio Alejandro fue


 en disciplina y rigor


 de la guerra;


 un Constantino en la fe,


 Camilo en el gran amor


 de su tierra.

XXIX

   No dejó grandes tesoros,


 ni alcanzó muchas riquezas


 ni vajillas;


 mas hizo guerra a los moros,


 ganando sus fortalezas


 y sus villas;


   y en las lides que venció,


 cuántos moros y caballos


 se perdieron;


 y en este oficio ganó


 las rentas y los vasallos


 que le dieron.

—130→

XXX

   Pues por su honra y estado,


 en otros tiempos pasados,


 ¿cómo se hubo?


Quedando desamparado,


 con hermanos y criados


 se sostuvo.


   Después que hechos famosos


 hizo en esta misma guerra


 que hacía,


 hizo tratos tan honrosos


 que le dieron aun más tierra


 que tenía.

XXXI

   Estas sus viejas historias


 que con su brazo pintó


 en juventud,


 con otras nuevas victorias


 ahora las renovó


 en senectud.


   Por su grande habilidad,


 por méritos y ancianía


 bien gastada,


 alcanzó la dignidad


—131→

 de la gran Caballería


 de la Espada.

XXXII

   Y sus villas y sus tierras


 ocupadas de tiranos


 las halló;


 mas por cercos y por guerras


 y por fuerza de sus manos


 las cobró.


   Pues nuestro rey natural,


 si de las obras que obró


 fue servido,


 dígalo el de Portugal


 y en Castilla quien siguió


 su partido.

XXXIII

   Después de puesta la vida


 tantas veces por su ley


 al tablero;


 después de tan bien servida


 la corona de su rey


 verdadero;


   después de tanta hazaña


 a que no puede bastar


 cuenta cierta,


—132→

 en la su villa de Ocaña


 vino la Muerte a llamar


 a su puerta

XXXIV

   diciendo: -«Buen caballero


 dejad el mundo engañoso


 y su halago;


 vuestro corazón de acero


 muestre su esfuerzo famoso


 en este trago;


   y pues de vida y salud


 hicisteis tan poca cuenta


 por la fama,


 esfuércese la virtud


 para sufrir esta afrenta


 que os llama.

XXXV

   «No se os haga tan amarga


 la batalla temerosa


 que esperáis,


 pues otra vida más larga


 de la fama gloriosa


 acá dejáis,


   (aunque esta vida de honor


 tampoco no es eternal


—133→

 ni verdadera);


 mas, con todo, es muy mejor


 que la otra temporal


 perecedera.

XXXVI

   «El vivir que es perdurable


 no se gana con estados


 mundanales,


 ni con vida delectable


 donde moran los pecados


 infernales;


   mas los buenos religiosos


 gánanlo con oraciones


 y con lloros;


 los caballeros famosos,


 con trabajos y aflicciones


 contra moros.

XXXVII

   «Y pues vos, claro varón,


 tanta sangre derramasteis


 de paganos,


 esperad el galardón


 que en este mundo ganasteis


 por las manos;


   y con esta confianza,


—134→

 y con la fe tan entera


 que tenéis,


 partid con buena esperanza,


 que esta otra vida tercera


 ganaréis.»

XXXVIII

 [responde el Maestre]

   -«No tengamos tiempo ya


 en esta vida mezquina


 por tal modo,


 que mi voluntad está


 conforme con la divina


 para todo;


   y consiento en mi morir


 con voluntad placentera,


 clara y pura,


 que querer hombre vivir


 cuando Dios quiere que muera,


 es locura.

XXXIX

 [Oración]

   Tú, que, por nuestra maldad,


 tomaste forma servil


—135→

 y bajo nombre;


 tú, que a tu divinidad


 juntaste cosa tan vil


 como es el hombre;


   tú, que tan grandes tormentos


 sufriste sin resistencia


 en tu persona,


 no por mis merecimientos,


 mas por tu sola clemencia


 me perdona.»

XL

Fin

   Así, con tal entender,


 todos sentidos humanos


 conservados,


 cercado de su mujer


 y de sus hijos y hermanos


 y criados,


   dio el alma a quien se la dio


 (el cual la dio en el cielo13 


 en su gloria),


 que aunque la vida perdió,


 dejonos harto consuelo


 su memoria.


—136→     

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I

   ¡Oh, mundo! Pues que nos matas,


 fuera la vida que diste


 toda vida;


 mas según acá nos tratas,


 lo mejor y menos triste


 es la partida


    de tu vida, tan cubierta


 de tristezas, y dolores


 muy poblada;


 de los bienes tan desierta,


 de placeres y dulzores


 despojada.

II

   Es tu comienzo lloroso,


 tu salida siempre amarga


 y nunca buena,


 lo de en medio trabajoso,


 y a quien das vida más larga


 le das pena.


—137→

   Así los bienes -muriendo


 y con sudor- se procuran


 y los das;


 los males vienen corriendo;


 después de venidos, duran


 mucho más.

 
 
 

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