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La santidad en el asiento de al lado. Creyente y servidor

Actualizado: hace 2 días

El pasado 8 de febrero concluimos un encuentro de formación de Servidores de Emaús Galicia. Contamos en él con la presencia especial de dos personas que han formado parte de nuestra vida (Effeta, Emaús, BoanoiTe, A Raiña, la parroquia,…) y que han sido y serán siempre referencia de lo que es la santidad. A ambas las encontró la hermana muerte sirviendo, sirviendo a pleno rendimiento.


Si tuviera que resumir en dos palabras la vida de estos dos hombres que nos han acompañado y guiado, como líderes y como servidores en un retiro de Effetá o de Emaús serían estas:


CREYENTE: la riqueza de descubrir a Dios en tu propia vida. Y sentir que eres amado y que puedes amar como Él.

SERVIDOR: nos han dejado la urgencia de aprovechar el tiempo y la vida como entrega y servicio.


Si tuviera que hacer un documental sobre la vida de Jaime Gandarillas, lo titularía así: Creyente y servidor, porque son dos sendas de un mismo camino que él recorrió hasta rozar la santidad. Y su fe estaba conduciendo sus ganas de trabajar y servir.


En el caso de Ángel Meijide, lo titularía: Servidor y creyente. Porque en él hemos contemplado la misericordia de Dios en tantas acogidas, en tanto servicio, en tantos “sí” dados a todo lo que se le pedía, siempre en silencio. Y cuando murió conocimos la raíz de todo lo que sirvió.


Ambos tuvieron algo en común: tras el día de su muerte, todos fuimos descubriendo la multitud de dones y servicios que realizaban y que no todos conocíamos. Cada persona, cada grupo, compartía algo que los otros grupos ignorábamos sobre su servicio, su entrega y su santidad. Porque estos hombres fueron buenos en todos los ámbitos de su vida.


Cuando murió Ángel, en septiembre de 2024, todos quedamos con el deseo —y la urgencia— de servir como él sirvió: ser causa de bien y de paz para quienes no tienen lo que nosotros disfrutamos. Porque "la vida es mucho mejor cuando otros están bien por tu causa". Nos quedamos asombrados de todo el bien que estaba haciendo y del que cada uno veíamos solo una parte.



Durante las semanas siguientes al fallecimiento de Jaime vimos una marea de jóvenes preguntándose por su propia santidad, a qué altura estaban respecto a Jaime, un deseo de confesarse para que Jaime, desde el cielo, no se llevara decepción ninguna con nosotros.


Jaime de Gandarillas Carrara nació un 28 de junio de 1996 en Madrid. En 2021 caminó en Effetá, un retiro organizado por jóvenes para ayudar a otros jóvenes a encontrarse con Cristo. Este retiro fue significativo para él, le abrió los ojos al amor de Dios y le consolidó como buscador de Dios. Jaime fue un joven de 29 años cuya vida dejó una huella profunda en su familia, amigos y en toda la comunidad cristiana que tuvimos el privilegio de conocerlo y compartir con él.



Qué es la santidad.

Hemos compartido la santidad de dos personas que nos dejan ver dos modos de ser santo: CREER en Dios, buscar la coherencia de nuestra fe, aprovechar los sacramentos para forjar nuestra imagen que somos de Cristo y ayudar a todos a creer en Dios. Y SERVIR, disponibilidad constante y siempre sonriente, ambos tenían una sonrisa poderosa, y mover a todos a servir un poco más.


La santidad que consiste en buscar la santidad, aún sin ser conscientes de ello, por el deseo de SER FIELES A DIOS y por el deseo de compartir 'ese regalo que se nos ha dado gratis": la fe. Y pelear cada día contra la relajación y el acomodarnos en el 'no podemos hacer más'.


1) Jaime y Ángel: La santidad como búsqueda y como servicio: vivir en estado de “conversión”

En cristiano, la santidad no es un estado, sino una dirección. Lo contrario de “santo” no es “imperfecto”, sino instalado, cansado, rendido.

  • Buscar la santidad significa vivir con el corazón en tensión por amar un poco más a Dios. La certeza y esperanza de poder llegar a ser lo que Dios ha soñado para ti.

  • Abraham no es santo por tenerlo todo claro y conseguido, sino por salir del conformismo y vivir 'en camino'. Pedro no es santo por no caer, sino por volver a levantarse.


2) La “relajación”: el enemigo silencioso de la vida espiritual

La relajación espiritual rara vez nos permite ser conscientes de ella.

La tendencia natural puede ser bajar la guardia del alma, dejar que el corazón se “acomode”, que el amor se enfríe, o desconfíe, negociar con lo pequeño (con el “no podemos hacer más”) y terminar viviendo por inercia.

La relajación es peligrosa porque empieza como algo mínimo, se disfraza de sensatez, y acaba robando el deseo, el ardor y la fe.

Y sin deseo de Dios, la fe se vuelve rutina; la rutina, cansancio; el cansancio, excusa; y la excusa… ya sabes: “Señor, Tú me comprendes”.

3) La batalla diaria: un combate de amor, vivir en estado de penitencia.

La santidad cotidiana me pide levantarme cuando no apetece, rezar aunque esté seco, pedir perdón rápido, custodiar la lengua y llenar mis juicios de perdón y oración; elegir el bien pequeño, hacer lo que toca sin llamar la atención, ayudar aunque sepa que no me van a corresponder… Sacar de mi vida todo lo que me resta a Dios. Y sobre todo: no pactar con la mediocridad, mi mediocridad ni la mediocridad de otros como excusa, no dejar de hacer lo que SI puedes hacer.


La relajación se combate con tres armas muy simples y muy potentes:


A) Vigilancia humilde

Sin perder la serenidad y la alegría, pero conociendo cada uno sus puntos débiles:

cansancio, la tecnología como refugio, las comparaciones con rencor, las quejas, la comodidad, la dispersión, autojustificación, autosuficencia, etc. .

El santo no es el que nunca es tentado; es el que detecta la tentación y se levanta y camina y se confiesa una y otra vez; más aún el que se adelanta a ella y ya vive en penitencia ( a decir de San Francisco)


B) Orden y regla (aunque sea pequeñita) y sacramentos.

La vida espiritual sin un mínimo de orden acaba siendo como una parroquia sin sacristán: todo sucede… pero nadie encuentra nada.

Una regla sencilla salva el día: un rato fijo de oración (aunque sea breve), un examen al final, lecturas de evangelio diario, sacramentos como columna vertebral, actos concretos de caridad, penitencias, ayunos o sacrificios habituales. La santidad necesita “estructura”, hábitos, rutinas santas, la misa siempre a la Misma hora, no para encerrar el amor, sino para protegerlo.


C) Pequeñas fidelidades heroicas

Aquí está un secreto: la batalla se gana en lo pequeño.

“Hoy no cedo a esta queja”.

“Hoy termino lo que debo”.

“Hoy guardo este silencio”.

“Hoy no alimento esta curiosidad inútil”.

“Hoy hago un gesto gratuito”

-“hoy también voy a misa”

….

Y siempre siempre busco hacer el bien.

...

Lo pequeño repetido crea carácter; el carácter sostenido crea virtud; la virtud madura abre paso a la santidad.


4) ¿Y si caigo? La santidad es recomenzar sin rendición

La relajación quiere que caigas y, además, que te quedes en el suelo pensando: “ya está, soy así”.

El Espíritu Santo, en cambio, te dice: “Levántate. Empezamos otra vez”.

Una señal de santidad auténtica no es la ausencia de caídas, sino la rapidez para volver, la docilidad para corregirse, y la esperanza y confianza filial. El sacramento de la confesión.

Dios trabaja con barro… pero barro que se deja amasar.


En este enlace vamos guardando todo lo que nos llega sobre Jaime: https://www.sfrancisco.es/post/hoy-despedimos-a-jaime


Y dos peticiones:

1.-Ciudad a vuestros sacerdotes, de las parroquias de donde procedéis cada uno, ofrecedles ayuda y vuestro saber

2.- cuidad Effetá y Emaús porque, como hemos visto, son camino de santidad.



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