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Para ser santos. Homilía de R. Barron.

La paz esté con vosotros.

Amigos, hemos tenido el privilegio de leer del Sermón de la Montaña, y continuaremos por las próximas semanas.

Qué experiencia tan extraordinaria que es, simplemente oír a Jesús mismo cuando desarrolla esta enseñanza básica.

Hoy encontramos a Jesús como el nuevo Moisés. Como Moisés, entonces, él sube una montaña y recibe y luego da una nueva ley.

Y hay algo que me resulta extraordinario durante el sermón —lo escuchamos hoy: “Habéis oído que se dijo ..., pero Yo os digo ...”.

Podríamos dejar que eso simplemente se escurra de nuestras mentes,

pero no deberíamos, porque debería haberles cortado la respiración en el siglo primero.

Habéis oído que se dijo en la Torá, eso es lo que significa, que era la máxima autoridad posible para un judío de aquella época, la ley dada por Moisés.

Se podía invocar a tu rabino, a quién a su vez le había enseñado otro Rabino y así todo el camino hasta llegar a Moisés, quien recibió la Torá de Dios.

Y entonces, referirse a la Torá era referirse a la ley definitiva.

Por lo tanto, cuando Jesús comenta despreocupadamente, “Habéis oído que se dijo, pero Yo os digo ...”, esa es una afirmación de su divinidad.

San Juan dirá explícitamente —“Al principio existía la Palabra, y la Palabra se hizo carne”— pero dentro del contexto de Mateo, eso es una Cristología elevada, es una clara afirmación de la divinidad de Jesús.


“Habéis oído que se dijo ..., pero YO os digo ...”.

¿Quién podría decir legítimamente eso salvo quien él mismo es el autor de la Torá?

Entonces con total autoridad como el nuevo Moisés, Jesús da la ley.

Hay una especie de comprensión simplista de la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento que “dice” algo como esto: Bueno, Moisés y la ley y todo eso, obsesionado con reglas y regulaciones, y entonces Jesús llega con esta gran palabra liberadora, es gracia versus ley.

Eso es totalmente ajeno a la Biblia.

Ya que estamos, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, como si no existiera la gracia en el Antiguo Testamento?

Por favor.

¿Cómo si no existiera la ley en el Nuevo? No.

Escuchen lo que realmente dice, “Yo os aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley”.

No está aboliendo la ley. No está negando la ley.

Él la va a —escuchen esto— intensificar.

Va a intensificar la ley de Moisés, no deshacerse de ella.

Y desea que esa ley, intensificada ahora, se nos meta dentro nuestro.

Regresen a Jeremías 31, 31, la nueva alianza: “Se acerca el tiempo, dice el Señor, en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva ... y voy a grabarla en sus corazones”.

Vean, ese un texto muy importante para comprender a Jesús.

Él mismo es la Torá hecha carne.

Es la intensidad total de la ley.

Y ahora quiere que eso penetre en nuestra carne, que quede grabado en nuestros corazones. De acuerdo. Escuchen ahora cómo comienza a delinearlo. “Habéis oído que se dijo” —allí lo tienen, ¿cierto?, en la Torá— “No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal.

Pero Yo os digo:” –allí está él, hablando con total autoridad divina— “Pero Yo os digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal”.

¿De acuerdo?

¿Matar es malo?

Sí, obviamente.

¿Está prohibido en los Diez Mandamientos?

Sí, obviamente.

Pero ahora Jesús quiere ir en mayor profundidad.

Por supuesto que esta acción de quitar la vida a alguien es mala.

¿Pero cuál es la raíz de ello?

¿De dónde proviene? Proviene de un odio que reside en lo profundo dentro nuestro.
Proviene de un enojo que no hemos resuelto o no hemos manejado.
Él desea que el poder correctivo de la ley llegue más allá del mero nivel de la conducta y que descienda al nivel del corazón. ¿De dónde provienen nuestras malas acciones?

En eso está interesado Jesús.

Él desea que la ley recorra todo ese camino hasta allí.

¿Qué tal esto que sigue?

“Habéis oído que se dijo” —de nuevo, en la Torá— “No cometerás adulterio”.

De nuevo entonces, esa es una ley estándar del antiguo Israel.

“Pero Yo os digo que” —aquí habla el nuevo Moisés— “quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón”.

El mismo principio.

Obviamente el pecado sexual y el adulterio es en lo que se enfoca. Son malos, obviamente, estas conductas son malas.

¿Pero de dónde provienen?

Provienen de lugares disfuncionales en lo profundo nuestro.

Mirar a una mujer fijamente con lujuria, ¿qué significa eso? Significa que ya en mi interior, he objetivado a esa mujer. La he convertido simplemente en un objeto para mi propio placer.

Extrapolen desde allí a todas estas diferentes maneras de cosificar a otras personas.

Observen la naturaleza descontrolada de la pornografía en nuestra cultura.

¿Qué es eso?

Alguien dirá, “está en la privacidad de mi casa, o sucede en mi vida privada”.

Sí, pero en tu corazón, lo que estás haciendo es cosificar personas para tu propio placer.

Jesús desea que la ley llegue más allá del nivel de la conducta hasta estos recovecos del corazón.

Pero el fundamento de eso está justo aquí.

Si miras a una mujer con lujuria en tu corazón, ya has cometido adulterio.

Pienso que lo mejor de lo que encontramos en las convicciones éticas de la gente en la actualidad, podemos rastrearlo hasta sus orígenes en estos grandes textos.

Bueno, ¿de dónde proviene todo esto finalmente? Pienso que si quieren la clave de interpretación para el Sermón de la Montaña entero, es esta: “sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”.

Jesús no está interesado sólo en convertirnos en moralmente rectos.

él quiere que vayamos mucho más allá de eso.

Quiere que seamos perfectos como Dios es perfecto.

Y vosotros diréis,

“Ey, mi comportamiento, no soy un mal tipo. No cometo homicidio ni cometo adulterio, no me robo cosas”.

Sí, pero en los recovecos interiores de tu corazón, existe un deseo de estas cosas.

Quieres hacerlas.

Seamos honestos, si no hubiera departamentos de policía, y no hubiera gente que anduviera chismoseando y llevándote a la televisión, tal vez harías estas cosas.

Así que no digas sencillamente, “Oh, sí, mi comportamiento está más o menos bajo control”.

No, no.

A menos que la ley haya llegado al fondo profundo de tu corazón, no eres perfecto como el Padre celestial es perfecto.

Este es un corolario:

A la Iglesia no le interesa la mediocridad espiritual.

Permítanme decirlo de nuevo.

A la Iglesia no le interesa la mediocridad espiritual.

“Ey, lo estoy haciendo bien. Ey, no soy un asesino”.

¿Cuántas veces escuchan cosas como esa?

“Ey, no soy un mal tipo. No ando cometiendo asesinatos”.

Sí, ¿allí es donde estamos colocando la vara?

¿Que si no andas cometiendo asesinatos eres un buen tipo?

La Iglesia no está interesada en eso.

Porque el objetivo ordinario de la vida Cristiana es ser un santo.

¿No es demasiado?

No, no.

Ese es el objetivo ordinario de la vida Cristiana.

Ese es el propósito de todos los sacramentos, que nos arrastren a la vida divina de una manera tal que podamos decir con Pablo “ya no soy Yo el que vive, es Cristo quien vive en mí“ –en mis conductas, sí, y en mi corazón, en la interioridad de mi vida.

Cristo ha tomado el comando sobre mí.

Una y otra vez —y lo escuchan hoy; mientras grabo estas palabras estamos debatiendo de nuevo— en la vida de la Iglesia, siempre hay gente que quiere suavizar las exigencias morales.

En mi época –esto ha cambiado a través de los siglos— pero en mi época, habitualmente alrededor de la ética sexual.

Ey, ¿Acaso la Iglesia no está siendo un poquito muy exigente con nosotros?

Si revisan las enseñanzas sexuales de la Iglesia en todas sus dimensiones, ¿no es acaso eso un poco demasiado pedir para la gente?

¿Podrá la Iglesia suavizarlo un poquito?

¿Por qué lo estamos suavizando?

No estamos interesados en mediocridad espiritual.

No, no.

La Iglesia sostiene en alto estos elevados ideales morales.

Esto es algo que encuentro interesante.

Salgamos de la esfera sexual un minuto y miremos otro tema.

Piensen en algo como la guerra justa.

La Iglesia tiene una enseñanza muy, muy estricta en referencia a los conflictos armados.

Dice que se tienen que alcanzarse siete criterios antes que se determine que se ha entrado en una guerra con justicia, y luego en la conducción de esa guerra, debe alcanzarse el gran criterio de la proporcionalidad y discriminación.

En otras palabras, debe existir una proporción entre el objetivo a ser alcanzado y los medios que se utilicen, y tienes que discriminar entre combatientes y no combatientes.

Ahora, no voy a repasar todos los siete criterios con vosotros, pero créanme cuando os digo, si aplican todas estas enseñanzas, no se me ocurre ninguna guerra que se haya conducido totalmente con justicia.

Oh, ¿sabes lo que debe hacer la Iglesia?

Debe suavizar esos ideales.

Háganlos un poquito más fáciles para los combatientes y para los generales y para el personal militar.

No coloquen demasiadas restricciones en eso.

¿Quién abogaría por eso?

No, no.

La Iglesia sostiene en alto ideales morales elevados que tienen relación con la conducta, sí, y tienen que ver, incluso, con los recovecos interiores del corazón.

Porque no andamos perdiendo el tiempo.

Porque Jesús no andaba perdiendo el tiempo.

Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto.

Permítanme cerrar con esto.

Creo que una manera de interpretar los pontificados de Juan Pablo II y Francisco es siguiendo estas líneas.

Juan Pablo II, él mismo un santo, un héroe en el orden espiritual. Y su gran virtud fue, pienso, sostuvo en alto especialmente para los jóvenes este hermoso ideal, este ideal moral elevado, muy elevado.

El vocabulario que estuve usando, lo aprendí de Juan Pablo II, ¿cierto?

Quiero entonces que sean santos, grandes santos, no mediocres.

Así que lo sostuvo bien alto.

¿Cuál es el lado oscuro de eso?

Lo he visto en mi ministerio, tratando con muchos seminaristas de la generación de Juan Pablo II.

El lado sombrío es: ¿Qué hago cuando fallo?

¿Cómo me siento cuando no puedo vivir ese ideal moral elevado?

Bueno, aquí está la contracara.

Sí, tenemos exigencias morales altas, e insistimos en lo infinito de la Divina Misericordia.

El Papa Francisco, ¿cuál es su leitmotiv?
¿Cuál es el gran tema de su papado?
La Divina Misericordia, que Dios es amor misericordioso, que Dios busca al pecador, a aquellos que están oprimidos, a aquellos en los márgenes, a aquellos que están heridos, vengan al hospital de campaña.

Pero vean ahora, interpreten Juan Pablo II y Francisco juntos y no comprometan a ninguno de los dos.

No digan, “Oh, en beneficio de Francisco deberíamos suavizar el ideal moral de Juan Pablo” o viceversa.

No hagan eso.

Antes bien, tomamos ambos papas, porque la Iglesia proclama que somos extremos en nuestra exigencia y somos extremos en la misericordia que ofrecemos.

Comprender eso correctamente, vivir en ese ámbito, es vivir en el ámbito abierto de par en par por el Sermón de la Montaña.

Y Dios os bendiga.



Cinco consejos para un matrimonio fuerte:


1. Ancla tu matrimonio en Dios. El matrimonio es para siempre y tienes que vivirlo con su gracia. La Eucaristía, la oración y las tradiciones católicas te ayudarán a permanecer firme cuando los sentimientos escaseen.

2. Sé bondadoso. La bondad es un fruto del Espíritu Santo. Piensa en cómo hacer feliz a tu cónyuge. Siempre puedes dar más diálogo, más presencia, más intimidad...

3. Practica la honestidad. Una persona honesta detecta un peligro e inmediatamente se aleja. O detecta las cosas buenas y las promueve.

4.Crece en capacidad de sacrificio. ¿Quién dijo que casarse iba a ser una historia de Walt Disney? Desde antes de casarse hay que saber que el matrimonio es una cruz que hay que cargar con amor.

5. Forma bien a tus hijos. ¿Qué tipo de hijos quieres? Fórmalos bien porque los hijos pueden ser la fuente de las más profundas alegrías y también de las más terribles tristezas.

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