23 oct
13 sept
13 sept

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Desde los orígenes, la Iglesia camina en unidad de fe, custodiando el don recibido.
El Credo niceno («Creemos en Jesucristo… que por nuestra salvación bajó del cielo») expresa esta unidad.
El Papa invita a un renovado impulso en la profesión de la fe.
Se publica un documento clave: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. El 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea.
Marcos y Pablo presentan a Jesús como Hijo de Dios desde el inicio.
Juan proclama que el Verbo se hizo carne.
El Año Santo coincide providencialmente con los 1700 años de Nicea.
El Credo niceno-constantinopolitano sigue siendo hoy signo de unidad y fuente de esperanza en un mundo herido.
Tras la paz de Milán, surgen disputas internas: Arrio niega la divinidad plena de Jesús.
Alejandro de Alejandría y Osio de Córdoba reaccionan con claridad pastoral.
La pregunta decisiva: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?».
Constantino convoca a los obispos para restaurar la unidad.
Asisten 318 Padres, muchos aún marcados por las persecuciones.
El Papa Silvestre se hace presente a través de enviados y de Osio de Córdoba.
Se parte de las antiguas fórmulas bautismales.
Se profesa un único Dios.
Se define a Jesús como «Hijo de Dios… consubstancial (homooúsios) al Padre».
El Concilio usa términos filosóficos para defender la fe bíblica y rechazar el arrianismo.
El Credo incorpora imágenes bíblicas: «Dios de Dios, Luz de Luz».
Afirma a Jesús como Dios verdadero, en continuidad con la revelación de Israel.
Llamada a la conversión: volvernos del ídolo al Dios vivo.
El Credo no es teoría: narra la historia de nuestra salvación.
Cristo descendió, se hizo hombre, murió, resucitó.
San Atanasio insiste:
“Dios se hizo hombre para que el hombre fuese divinizado”.
La Encarnación implica cercanía total: Cristo nos acompaña en la pobreza, el dolor y las heridas.
Se afirma que Cristo asumió cuerpo y alma, abriendo la puerta a nuestra verdadera divinización, que es la máxima humanización.
El arrianismo continúa e incluso gana apoyo imperial.
Atanasio es la roca del nicenismo.
Los grandes Capadocios completan la doctrina trinitaria.
En Constantinopla I (381) se formula el artículo sobre el Espíritu Santo.
El Credo niceno-constantinopolitano se convierte en profesión común de todos los cristianos.
La tradición del Credo está en la liturgia y vida diaria de los cristianos.
Llamado a un examen de conciencia:
¿Vivimos lo que profesamos?
¿Es Dios realmente el centro?
Denuncia la falta de testimonio que oscurece el rostro de Dios.
Creer en Cristo implica seguirlo, aunque el camino sea exigente.
La fe conduce a la cruz, que es paso a la vida.
No podemos amar a Dios sin amar a los hermanos, sobre todo a los pobres y heridos.
Los cristianos estamos llamados a ser rostro de misericordia en un mundo herido.
Nicea es punto de unión entre todas las Iglesias cristianas.
Se recuerda la encíclica Ut unum sint (1995).
El movimiento ecuménico ha crecido: compartimos Credo y bautismo.
La unidad es posible y deseada por el Espíritu.
No se trata de un “ecumenismo de retorno”, sino de un ecumenismo de futuro, basado en:
reconciliación,
diálogo,
intercambio de dones,
oración común.
Se propone un ecumenismo espiritual donde la oración sea motor de unidad.
Pide:
reavivar la fe,
fortalecer la esperanza,
unir los corazones,
conducir a los cristianos hacia una sola fe y un solo amor.
Invoca al Espíritu como armonía, fuego, consolador.
El Papa León XIV invita a toda la Iglesia a redescubrir la belleza y fuerza del Credo de Nicea, en el 1700 aniversario de aquel Concilio que definió solemnemente que Jesucristo es Hijo de Dios, consubstancial al Padre. Recordando el contexto histórico turbulento, la crisis arriana y la valentía de grandes figuras como Atanasio y los Capadocios, el Papa subraya que la fe nicena no es un fósil teológico, sino un tesoro vivo que sostiene la esperanza cristiana hoy.
El Credo muestra a un Dios que se acerca, que desciende, que camina con su pueblo y que en Cristo nos ofrece la verdadera divinización: la plenitud de la vida humana. También es un fundamento ecuménico indispensable, pues expresa la fe común de todas las Iglesias cristianas.
El Papa exhorta a un examen de conciencia: ¿vivimos lo que proclamamos cada domingo? Y llama a renovar el testimonio de la fe, especialmente en el amor concreto a los pobres.
Finalmente, eleva una hermosa oración al Espíritu Santo, pidiendo que nos haga una sola cosa en Cristo, para que el mundo crea.

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