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III Domingo de Adviento: No somos dignos, pero viene a nosotros.


La Iglesia nos presenta a Juan el Bautista, una semana más.

El Evangelio de hoy, tomado del Evangelio de Juan, nos ofrece una de las frases más famosas de Juan.

Juan el Bautista generó un alboroto en su tiempo y lugar.

Era el hijo de un sacerdote del templo,

y eso significa que él debía haber estado en el templo.

Probablemente, Juan fue criado en los alrededores del templo.

Fue preparado para esta tarea.

Pero en vez de estar en el templo, está allá fuera en el desierto, sin comer los alimentos refinados que tendrían los sacerdotes del templo, sino que comiendo langostas y miel; sin vestir las refinadas prendas de un sacerdote, sino con pieles de animales.

En ese lugar desértico, predica con poderosa elocuencia, y las multitudes comienzan a llegar; de nuevo, no van al templo, donde irían normalmente para instruirse y celebrar.

Están yendo a escucharlo al desierto.

 

Más aún, él ofrece un bautismo de arrepentimiento de los pecados.

Bueno, uno iba al templo para esto también.

Uno pasaría por los baños para prepararse para un sacrificio.

Bueno, ahora Juan está haciendo una especie de baño ritual en el desierto.

Y es un personaje tan convincente que está atrayendo a la nación hacia él.

 

Aquí está este gran predicador religioso, un gran orador de la verdad religiosa.

Aquí está alguien que ofrece una palabra de arrepentimiento y de perdón de los pecados.

Aquí está alguien que está viviendo esta vida ascética radicalmente.

¿Podemos ver en Juan el Bautista a alguien que resume toda la religiosidad natural de la raza humana?

Piensa en todos los grandes personajes religiosos alrededor del mundo, a través de diferentes culturas.

¿Expresa Juan en su forma de ser, en su práctica religiosa, la síntesis de todo ello?

¿Acaso Juan no sintetiza lo mejor de las intuiciones religiosas de la raza humana?

Efectivamente, Jesús mismo dice en referencia a Juan el Bautista: “no ha nacido entre los hijos de mujer ninguno más grande que Juan el Bautista”

 

En otras palabras, no existe otro ser humano —es el mismo Jesús que lo dice— no existe otro ser humano, nunca, más grande que Juan el Bautista.

Es considerado por los Padres de la Iglesia como el último de los profetas, así que sintetiza también a todo Israel.

Es como Isaías, como Jeremías.

Y efectivamente, ¿acaso no escuchamos en el Evangelio que la gente se acercaba a él pensando que era Elías reencarnado?

Algunos pensaron incluso que era el largamente esperado Mesías.

Nuevamente, mi punto: él parece resumir todas las aspiraciones de la persona religiosa a través de los siglos y de las culturas.

Es como si se situara en una especie de frontera, o una especie de límite.

Todo el anhelo humano por Dios en todas sus diferentes expresiones es sintetizado en este hombre.

No existe otro hombre nacido de mujer más grande que Juan el Bautista.

 

Qué tentador hubiera sido para él decir: “Sí, Sí, yo soy el Mesías. Sí, lo soy. No existe hombre nacido de mujer más grande que yo, así que soy yo. ¡Vengan a mí!”.

Sin embargo, no dice eso.

¿Qué es lo que dice?

“Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderezad el camino del Señor’”.

En el límite de la religiosidad humana, sintetizando todo lo que podemos traer a la mesa, este personaje mira hacia alguien más.

 

El Cristianismo es esta religión de gracia, no de logros humanos.

Eso no nos va a salvar.

simplemente nos estamos preparando para la llegada de alguien más.

Y luego dice esto —esta es la frase famosa:

“En medio de vosotros hay uno, al que no conocéis, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.

Si él es la persona más grande de todas, si es la síntesis de todos nuestros anhelos religiosos y filosóficos, todos nuestros logros religiosos, aun así no es digno de desatarle las correas de las sandalias del que viene detrás de él.

Lo significativo aquí es que ese era el trabajo de un esclavo de bajo orden.

No de un simple esclavo, sino uno de bajo orden. Debido a los pies sucios. Era repugnante. Así que un esclavo de bajo orden sería el que desataría las correas de las sandalias de su amo.

Y Juan el Bautista —la persona más grande nacida de mujer, nadie más grande, nadie más grande, sintetizando todo el logro humano, toda la religiosidad— dice,

“No soy digno de ser un esclavo de bajo orden de aquel que viene”.

¿Puedes verlo?

Los Evangelios siempre, de una u otra manera, hablan de la importancia de Jesús.

En el mundo antiguo y en la actualidad, hay algunos que dicen, “Jesús es un gran profeta, y un gran maestro, y un gran ejemplo de vida moral”.

Si eso es todo lo que él es, entonces retrocede al nivel de Juan el Bautista.

Juan el Bautista tuvo todo eso: maestro, predicador, ofrecía perdón de los pecados, todo eso, toda la religiosidad humana.

Si decimos que Jesús es sólo un profeta,  entonces vuelve exactamente a ese nivel.

 

Pero escuchad de nuevo el testimonio del mismo Juan:

“No soy digno de ser el último de sus esclavos”.

¿Por qué?

Porque él no es sólo un profeta que pronuncia la palabra divina; él es la Palabra divina.

No es un sacerdote más conduciéndonos en la alabanza del templo; él es aquel que es alabado en el templo.

No es un personaje religioso más expresando una aspiración humana.

No, no.

¿Qué es lo que repetimos cada domingo?

Él es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”.

 

Es uno de los testimonios más elocuentes de la importancia y significancia de Jesús.

En los primeros siglos de la vida de la Iglesia, hubo muchísima gente que quería convertir a Jesús en un santo de alto nivel.

Un Concilio tras otro —culminando en la afirmación que acabo de leer— un Concilio tras otro siguió afirmando la divinidad de Jesús, la divinidad de Jesús, la divinidad de Jesús.

Y uno de sus testigos más elocuentes es Juan el bautista y esta frase.

 

a modo de conclusión

Estamos entonces en el tiempo de Adviento. No estamos preparando para los festejos de Navidad. No.

 

¿Qué es el Adviento?

Un tiempo en que nos paramos, como si fuera, hombro con hombro con Juan el Bautista.  

Trayendo a la mesa todo lo que tengo, trayendo a la mesa todos mis potencias y mis logros, miro hacia otro.

Miro, más allá de lo que posiblemente podría hacer, hacia otro.

Digo, con Juan el Bautista, “Oh ven, oh ven Emanuel, libra al cautivo Israel”.

¿Acaso Juan pensó que era el salvador del mundo? No.

No, no, “No soy el Mesías, soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderezad el camino del Señor’”.

Y entonces nosotros, parados hombro con hombro junto a él, miramos a aquel —escuchen— cuyas correas de las sandalias no somos dignos de desatar.

Es en ese reconocimiento completo de la primacía y de la singularidad y de la indispensabilidad de Jesús en el que nos preparamos para Navidad.






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Muchas Gracias por esta labor tan profunda. Por el esfuerzo para mantenernos activos como Iglesia. Dios premie su esfuerzo. Feliz Navidad a todos .

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