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Termina el mes de mayo. Gracias María.

Creo que todos estamos muy de acuerdo en que el mejor regalo que Dios nos dio en la Tierra ha sido la madre. La madre era y es el alma de la casa, siempre activa, siempre presente en todas las actividades. Ella cocinaba, limpiaba, cosía, hilaba, tejía; no disfrutaba de vacaciones ni se daba de baja aunque se viera herida por la enfermedad. Siempre de pie y en actitud de entrega.


Ella nos educó en la fe, nos enseñó a rezar, a amar a Dios y a la Santísima Virgen, a ser educados y atentos con los vecinos, y al concluir la jornada nadie se acostaba sin antes rezar el Santo Rosario. Ella era pues el centro de la casa, y en torno a ella creó un hogar de fe, unido por el cultivo de las virtudes, de la fraternidad, del amor, de la obediencia y el servicio a los demás.


Aunque haya muerto está bien viva, bien presente en el corazón de todos los que crecimos junto a ella. Un hogar sin madre normalmente no funciona, por la sencilla razón de que el alma femenina es irremplazable, ha sido adornada con unos dones y gracias que solo ella posee, sobre todo, se le ha dado un sentido de darse, de ser para los otros, de aguante y paciencia, de ternura y de firmeza.


Las madres llevan en su alma el alma de Dios, son como un sacramento de Dios, son irradiación de Dios. Tienen el don de lo religioso, don que les hace tan cercanas a un Dios de amor, a un Dios vida. Son mujeres orantes, que han aprendido que con Dios todo se hace más fácil.

Una madre lo hace todo viable, fácil, agradable. Una madre nunca es una uva sino un racimo, nunca es un grano sino una espiga, nunca una gota de agua sino un mar inmenso, nunca un granito de arena sino un desierto, nunca una estrella sino un cielo estrellado.

Ella es como el sol del mediodía que calienta, como el del atardecer que suaviza o como el de la mañana que despierta. Ella es siempre Sol.


Me hago esta pregunta:

¿Puede existir una madre verdadera sin esa luz y calor?

Como ustedes se pueden dar cuenta, todo esto lo estoy diciendo pensando en María, la Madre de Jesús y Madre nuestra.

Es muy difícil entender una comunidad de creyentes en el hijo Jesús sin la presencia de la Madre. Matar al río sería secar al árbol.

María es la Madre de la Iglesia, de la comunidad cristiana. Su presencia lo hace todo bello, limpio, verdadero, alegre y gozoso, pacífico y fuerte. Ella es en la Iglesia y en la comunidad el clima para vivir la fe, para que Jesús viva con fuerza en nuestros corazones. Ella es el hogar encendido que atrae y calienta, que llama y congrega. Donde está Ella se hace fuerte el Evangelio de Jesús, se hace fuerte la presencia del Espíritu.


Es de notar que las familias, grupos apostólicos o comunidades parroquiales que han dejado a María se han ido languideciendo y se han quedado en un Dios de pape, un Dios de documentos, de fotocopia, o de muchos proyectos que nunca se cumplieron. Es necesario retomar el camino del amor y devoción a la Virgen. Es la vuelta a lo serio, a lo profundo, a lo auténtico. Con ella nos viene todo porque en su corazón está vigente el Evangelio de Jesús y Ella lo hace vivir.

Con María nos viene todo porque Ella es mujer de fe, esperanza y caridad.Nos lleva a la experiencia profunda de Dios, y “teniendo a Dios (como decía Santa Teresa), nada nos falta.

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