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Un obispo sirio entre los sirios en Alepo: franciscano respetado por ambos bandos y que nunca huyó

Actualizado: 21 sept 2023

El pasado domingo 17 de septiembre ha sido ordenado obispo fray Hanna Jallouf, franciscano de la Custodia de Tierra Santa, que a partir de ahora asume el cargo de vicario apostólico latino de Alepo, y cuya jurisdicción se extenderá a todos los católicos de rito latino en Siria.

Nació hace 71 años en Knayeh, en el norte de Siria, un territorio que aún sigue en manos de rebeldes. Desde el inicio de la guerra, nunca ha abandonado a su parroquia, y ha unido su destino al destino de los suyos, por lo que se ha convertido en un punto de referencia, no solo para los problemas acuciantes, sino también para mantener encendida la fe y la esperanza que la guerra ha puesto a prueba.


El prefecto del Dicasterio para las Iglesias Orientales, con el nuncio en Siria Zenari y el Patriarca de Jerusalén Pizzaballa, celebró la ordenación episcopal del párroco franciscano Knayeh, en Idlib, desde hace 22 años. Una comunidad que nunca ha abandonado, ni siquiera tras las amenazas y el secuestro de 2014. "Eres un símbolo para Siria", dijo Gugerotti, y luego el llamamiento para el pueblo sirio: "Malditas las ar

El primero en emocionarse hasta las lágrimas fue él, el padre Hanna Jallouf. Después, todos los fieles que atiende desde hace 22 años como párroco de Knayeh, en la difícil provincia de Idlib, al norte de Siria, los de la comunidad latina de Alepo, de la que ahora es vicario apostólico, así como los obispos de varias Iglesias orientales católicas y ortodoxas.


Ayer, domingo 17 de septiembre, en la catedral de Alepo, el futuro cardenal Claudio Gugerotti, prefecto del Dicasterio para las Iglesias Orientales, junto con el cardenal Mario Zenari, nuncio apostólico en Siria, y el patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa -también entre los nuevos cardenales del Consistorio del 30 de septiembre- presidieron la ordenación episcopal de este "pequeño" franciscano de la Custodia de Tierra Santa que fue secuestrado en 2014 por milicianos de Al-Nusra y se ha convertido en los últimos años en un símbolo de esperanza para la Iglesia en Siria, por no haber abandonado nunca, a pesar de las dificultades, las comunidades que le fueron confiadas. Al contrario, ha seguido desempeñando su servicio en un territorio aún bajo el control de las fuerzas rebeldes islámicas de Hayat Tahrir al-Sham, donde los cristianos han sido duramente oprimidos y sus vidas corren peligro.




La homilía de Gugerotti

"He venido desde lejos, y conmigo muchos otros, porque así me lo ha pedido el padre Hanna, para celebrar con vosotros este día de radiante esperanza y para traeros el abrazo, la bendición y el affetto del Papa Francisco", comenzó diciendo monseñor Gugerotti en su homilía.

Un día de esperanza sobre todo "para todos los católicos, para los cristianos y para todos los sirios, desde hace tanto tiempo sedientos de paz y de una vida digna de un ser humano, una vida hecha de amor, de trabajo, de educación, de acceso a la salud, de serenidad, en una palabra: de dignidad", dijo el prefecto, denunciando "las luchas políticas, internas y externas a su país" que "han creado muerte y huida, destrucción y miseria". Son "un insulto a su dignidad".

"Malditas sean las armas"

"Ustedes -prosiguió Gugerotti, dirigiéndose idealmente a los habitantes de la martirizada Siria- son un pueblo manso y generoso, desde hace mucho tiempo han aprendido a vivir juntos, como hijos de la paz; aunque el pueblo sirio pertenezca a religiones diferentes, esta convivencia ha sido el secreto de su serenidad y nosotros les hemos admirado por ello. Esta herencia humana ha sido desfigurada por las armas, por la división de las familias, por la "matanza de tantos, incluso en nombre de Dios", por la sofferencia de los niños y por "tanta soledad". Y recientemente también por el terremoto, que, dijo el futuro cardenal, "añadió ruinas a las ruinas".

"Malditas sean las armas, exclamó, instrumentos construidos sólo para la muerte". En estos tiempos que llamamos modernos, seguimos usando las armas no para defendernos de los peligros naturales, sino para golpear a otros hombres, hermanos, amados por Dios, llamados a construir la 'casa de la paz'".


Casa de la paz

La misma expresión, esta última, que el padre Hanna dijo a quienes entraron violentamente en su casa de Knaye: 'Esta es una casa de paz y aquí no se entra con las armas en la mano'. Gugerotti recordó la anécdota para expresar un sincero deseo al nuevo obispo: "Hoy el Espíritu de guía te consagrará padre de este pueblo y guardián de esa casa de paz que es la Iglesia, donde no se entra con las armas en la mano, sino con el arma desarmada de la fe".

"Ay de los que intentan violar esta casa", prosiguió el Prefecto de las Iglesias Orientales, "que se arrepientan todos los que pretenden imponer la paz con la violencia. También los que en el mundo se creen misioneros de la paz y obligan a los pobres a vivir entre mil dificultades, sin luz, a veces sin agua, sin combustible y sobre todo sin desarrollo, aislando a un pueblo, vuestro pueblo". Esto -observó monseñor Gugerotti- no afecta a los poderosos del mundo, sino a los pobres, cada vez más numerosos, privándoles de los intercambios que les permiten llevar al menos una vida normal y digna".

Un padre tierno pero fuerte

Es por estos rostros concretos por los que el padre Jallouf es ordenado obispo. Personas ante las que ya se ha mostrado "un buen padre, tierno, pero también fuerte si es necesario". "Has sido llamado, dijo Gugerotti, a ser el hijo de San Francisco y, por tanto, el más pequeño, el menor entre los hombres. Recuerda esa tau, esa señal de la cruz que encontraste dibujada en la pared de la cárcel donde estabas recluido. Es el signo de tu identidad".

Una "broma de Dios"

De ahí la petición de perdón por la "broma de Dios" de que estén presentes tres cardenales (dos, como se dijo, en el próximo Consistorio) en la celebración que el padre Hanna había pedido que fuera lo más sencilla posible y, de hecho, "sin cardenales". "Y en cambio uno, el nuncio apostólico, es cardenal desde hace tiempo, signo de su extraordinaria dedicación al pueblo sirio y del amor especial que Francisco, nuestro Papa, tiene por este país mártir. Y justo después de tu nombramiento episcopal, el Papa nos llamó también a nosotros dos, al Patriarca latino de Jerusalén y antiguo superior tuyo, y a mí, para ser cardenales dentro de quince días'.

"Tu y tu pueblo, concluyó el jefe del Dicasterio, "reciban esta sonrisa del Señor como una invitación a mantener la sonrisa a pesar de todo... Los mejores deseos, padre Hanna, los mejores deseos queridos católicos de Siria. La Iglesia está con ustedes y con todo su pueblo".

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Entrevista publicada por la Custodia de Tierra Santa:


-¿Cómo describiría la situación de la Iglesia en Siria? ¿Cuáles son las cifras actuales de la presencia cristiana en este país?

-Antes de la guerra, los cristianos eran casi el 17 por ciento de la población siria. Hoy, después de 11 años, muchos han emigrado. En la provincia de Idlib éramos 10.000 fieles cristianos; hoy hay alrededor de 700 familias, ni siquiera el 8 por ciento de la población. Quizá quedamos el 3 o 4 por ciento de la población cristiana en Siria.

-¿Cuáles son los retos que la Iglesia está llamada a afrontar en Siria?

-Este es el primer desafío: infundir coraje a nuestros “hijos” porque la guerra casi ha logrado que incluso los cristianos pierdan el sentido de la vida. Actualmente, Siria está dividida en dos partes: una bajo el gobierno oficial y la otra bajo los rebeldes, donde yo me encontraba, en la provincia de Idlib. Quizá el Señor me ha elegido porque soy uno de los pocos que es respetado por ambas partes. Quizá puedo ayudar a pacificar a las dos partes. No es una misión exclusivamente mía, sino una misión franciscana. En el último encuentro que tuve con el líder de los rebeldes le hablé del encuentro entre San Francisco y el sultán Malek el-Kamil en Egipto, hace 800 años. El resultado es que desde entonces los franciscanos han cuidado tanto de los Santos Lugares como de las personas que los visitan y que viven allí. Y le pedí que garantizara a los cristianos sus derechos y una convivencia pacífica.

El otro reto tiene que ver con la propia Iglesia. Lo primero que haré será visitar todas las parroquias y las congregaciones que trabajan en el territorio, para conocer sus necesidades. Quiero que nuestros religiosos y sacerdotes no olviden que su responsabilidad no es solo de tipo social, sino sobre todo espiritual.

-Usted ha vivido durante muchos años en el norte de Siria, en el Valle de Orontes, conocido por trágicos acontecimientos ligados a la guerra y todavía controlado por grupos yihadistas. ¿Cuál es la situación de los cristianos en el norte de Siria? ¿Y la relación con los rebeldes?

-Cuando supieron de mi nombramiento se sintieron orgullosos. Nadie esperaba que alguien de una zona tan remota pudiera ser nombrado obispo de toda Siria. Los rebeldes me mandaron una delegación para felicitarme por el nombramiento. Nuestros cristianos, por una parte se alegraron, pero por otra sintieron algo de miedo y tristeza porque debo dejar todo y para ellos soy un punto de seguridad y coraje. Muchas personas que querrían venir a Alepo para mi ordenación no podrán porque las vías de comunicación están interrumpidas entre el norte de Siria y el resto del país.

-Dentro de unos días se celebrará el décimo aniversario del asesinato del padre François Mourad, que estaba refugiado en la parroquia latina de Ghassanieh, confiada a los franciscanos. ¿La sangre de los mártires es realmente semilla de nuevos cristianos?

-Cuando hay alguna revuelta, al principio hay muchos mártires, muchos muertos, mucha sangre. También en Siria, al comienzo el comienzo de la revuelta fue muy sangriento, los cristianos fueron golpeados duramente; muchos de nuestros cristianos fueron asesinados. Pero nuestro testimonio como cristianos cambió todo. El Señor dijo: “Amad a vuestros enemigos”. Cuando estos grupos rebeldes vieron que no blandimos armas contra ellos, que les amamos a pesar de todo lo que han hecho, que somos leales, entonces su comportamiento también cambió. En 2013 mataron al padre François Mourad; en 2014 fue raptado y encarcelado. Y hoy me envían una delegación para felicitarme por mi nombramiento…

Nombrado Vicario apostólico latino de Alepo, Jallouf es un referente a la hora de mantener encendida la fe y la esperanza que la guerra ha puesto a prueba. -¿Cómo conoció y abrazó la vida franciscana?

- Aquí en Siria todas las parroquias están confiadas a los franciscanos. Fui bautizado por los franciscanos y crecí con ellos. En secundaria conocí al padre Ibrahim Younes, también originario de Knayeh. Empecé a ver lo que hacía, fui con él a visitar a los enfermos y vi con cuánto amor, con cuánto coraje y con cuánta ternura distribuía la ayuda humanitaria. Entonces me dije: ¿por qué no me hago yo también franciscano? A los 14 años entré en el seminario menor de Alepo y tras el bachillerato me fui a Roma donde realicé los primeros estudios. Luego estudié teología en Beirut pero con el estallido de la guerra del Líbano (1975) continué mis estudios en Asís. Allí seguí bebiendo de la fuente del franciscanismo, la vida espiritual de San Francisco. Fui ordenado en 1979 en Damasco.

-¿Cuál cree que es el aspecto más actual del carisma franciscano para Siria y para su nueva misión como pastor?

-San Francisco siempre tuvo presente la dimensión del trabajo y la de la oración. Son dos vías que deben ir juntas. Este es el camino adecuado para salvar a Siria y dar testimonio al mundo de nuestra vida franciscana.

-¿Hay vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa?

- Siempre hay un poco de oro en el barro. Incluso en la guerra, el Señor manda vocaciones. En este momento, solo en Knayeh tenemos cinco jóvenes preparándose para el sacerdocio para nosotros los franciscanos. Damos gracias al Señor porque incluso en guerra, con todos sus males, sigue haciendo que florezcan las vocaciones.



- Muchos cristianos conocen Siria solo por la “Ruta de Damasco”. ¿Qué tesoros guarda Siria para los cristianos?

- Los fieles son llamados por primera vez cristianos en Siria, en Antioquía. Siria ha dado muchos santos a la Iglesia – el más conocido es San Juan Damasceno, pero también Santa Tecla – y también ocho papas. ¡Es una tierra fértil para el cristianismo! Tenemos el primer santuario en honor de la Virgen en Saidnaya. Tenemos la casa de San Ananías. La conversión de San Pablo tuvo lugar aquí, en Damasco. La historia de Job está ambientada en el sur de Siria, mientras que en el norte nació el monaquismo, en concreto en la experiencia de los estilitas. ¡San Marón es también un sirio que se refugió en el Líbano! Siria es una tierra santa, santificada por el Señor y por sus fieles.

-¿Hay alguna oración que suela repetir en estos días previos a su ordenación?

- La oración que rezo cada día es un canto de los grecolatinos que dice:


“Oh, Señor de misericordia, que estás con nosotros en nuestras tribulaciones, te rogamos que nos salves”.



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